Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 10
Facundo había actuado por una orden de Bruno.
Luz miró a Bruno.
Él seguía con la cara fría, como si nada de eso tuviera que ver con él.
Ese hombre era imposible de leer.
Un momento la miraba como si fuera una oportunista. Al siguiente, frenaba la mano que iba a golpearla.
—Bruno, es una estafadora —dijo Lara, roja de bronca—. No podemos dejar que nos engañe.
Sissi recién entonces miró bien a Bruno.
Había oído su nombre, claro. Pero verlo de cerca era otra cosa. El traje oscuro, la cara dura, esa manera de ocupar la habitación sin levantar la voz.
Se le quedó mirando más de la cuenta.
Bruno ni la registró.
—No sé si es estafadora —dijo—. Pero Don César está mejor. Eso es un hecho. Y Don César necesita descansar. Quien lo altere ahora va a tratar conmigo.
Su mirada pasó por Lara y por Sissi apenas un segundo.
Alcanzó.
Lara apretó los dientes.
Santiago vio la expresión de Bruno y cortó a Lara.
—Basta. Mi padre acaba de mejorar. No voy a permitir gritos ni gente ajena alterándolo.
Miró a Sissi sin disimular el disgusto.
Para él, el origen de Luz no importaba. Su padre respiraba mejor. Eso era lo único real.
—Ynua no puede ser Luz Acosta —dijo Santiago, todavía incómodo—. Llevate a tu amiga.
—Sissi dijo la verdad —intervino Luz—. Soy Luz Acosta.
Santiago no supo qué responder.
Luz sonrió apenas.
—Ser Luz no me impide ser Ynua. Sissi, no nos vemos hace seis años. Además, en esa casa viví apenas un año. ¿Cuánto creés que sabés de mí?
Sissi abrió la boca, pero no encontró nada.
No había esperado que Luz lo admitiera tan tranquila.
Luz dio un paso hacia ella.
—Me llamás hermana mientras me ensuciás delante de desconocidos. Qué desgracia tener una hermana así.
Sissi bajó la voz de inmediato.
—No quise... Me asusté. Pensé que estabas engañando a todos.
La dulzura le salió perfecta, pero las manos le temblaban.
Luz le tocó apenas el hombro y se inclinó a su oído.
—¿Qué creés que va a hacer la familia Acosta cuando sepa que soy Ynua?
La cara de Sissi cambió.
Luz pasó a su lado y salió.
Lara quiso insistir, pero Sissi le tiró del brazo.
—Vamos.
Lara se zafó.
—Bruno, tío Santiago, no se dejen engañar. Luz salió del Pasaje. Su vida privada siempre fue un desastre. A los veinte quedó embarazada de cualquier tipo. Una mujer así jamás pudo formarse con el Dr. León.
Seis años atrás.
La frase volvió a hacer eco en la memoria de Bruno.
Una espalda.
Una rosa.
Una noche rota en su memoria.
Santiago vio la cara de Bruno y volvió a cortar.
—Lara.
Lara salió hecha una furia.
Sissi corrió detrás.
Santiago se volvió hacia Bruno.
—Señor Ferrer...
—Don César necesita tranquilidad —lo interrumpió Bruno—. No quiero que personas irrelevantes afecten su recuperación.
—Sí. Voy a ocuparme.
Bruno salió.
Facundo lo siguió hasta el auto.
—Jefe, no esperaba que Ynua fuera Luz Acosta.
El escándalo de las hijas cambiadas en la familia Acosta había circulado años atrás. Después Luz desapareció y el círculo social encontró otros temas.
Bruno no respondió.
—¿Y la mujer? —preguntó.
Facundo supo de inmediato de quién hablaba.
—Todavía nada. Las cámaras del hotel de aquella noche fueron destruidas. También parece que borraron parte de los registros de ingreso. Revisamos a todas las huéspedes de ese día y no apareció ninguna mujer con una marca de nacimiento en forma de rosa en la espalda.
—Seis años, Facundo. Te doy un mes. Si no la encontrás, no vuelvas a aparecer delante de mí.
Facundo sintió frío en la nuca.
En la mansión Acosta, Sissi entró y Osvaldo la agarró del brazo.
—¿La viste? ¿Hablaste con Ynua?
—No —respondió ella, bajando la cabeza.
No podía permitir que Osvaldo supiera la verdad.
Si se enteraba de que Luz era Ynua, iba a traerla de vuelta, aunque fuera por conveniencia. Y Sissi no iba a volver a ser la hija falsa.
—Hoy no fue a la mansión de los César —mintió—. Pero hablé con Lara. Apenas aparezca, me avisa.
Osvaldo aflojó la mano.
—Con tu relación con Lara, seguro puede presentártela. La esperanza de tu hermano está en vos.
Sissi apoyó la cabeza en el hombro de su padre.
—No te preocupes. Nunca voy a olvidar lo que esta familia hizo por mí.
Sus ojos, sin embargo, estaban fríos.
Luz, ¿pensás que por llamarte Ynua vas a volver a ocupar mi lugar?
No te lo voy a permitir.
Luz volvió al departamento.
Tina estaba en el sillón con la tablet. Ciro dibujaba a su lado.
—Ya llegué.
Los dos corrieron a abrazarla.
Luz los apretó contra el pecho.
—Mami, volviste temprano —dijo Tina—. ¿Terminaste?
—Por ahora, sí. Después los llevo a pasear.
—¿Podemos ir al súper a comprar cosas ricas?
La cara de Tina reveló sin vergüenza su alma de glotona.
Luz sonrió.
—Vamos.
En el supermercado, Tina no agarró golosinas como siempre. Eligió carne, pollo, verduras, cosas para cocinar.
—¿Desde cuándo comprás comida de verdad? —preguntó Luz, divertida.
Tina le mostró una sonrisa dulce.
—Mami, como hoy estás libre, podrías hacernos una cena enorme. Hace mucho no comemos algo hecho por vos.
La culpa le picó a Luz detrás de los ojos.
Desde que habían vuelto, los chicos comían lo que ella podía resolver entre hospitales, mudanza e investigaciones.
—Sí. Compramos más y esta noche cocino bien.
—¡Gracias, mami!
Tina le hizo una seña triunfal a Ciro.
Luz no la vio.
Compraron durante dos horas. Al llegar al complejo, Tina miró su reloj.
—Mami, subí vos. Ciro y yo queremos jugar un rato abajo.
—No salgan del complejo. Juegan un poco y suben.
—Sí, mami. No vamos a correr ni a perdernos.
Ciro asintió.
Luz aceptó.
Que Ciro quisiera quedarse afuera era bueno para él.
Apenas el ascensor se cerró, Tina tomó a Ciro de la mano.
—Vamos.
Fueron directo a la zona de casas.
Llegaron justo cuando Facundo estacionaba.
—Jefe, son los hijos de Luz.
Bruno bajó del auto con el ceño fruncido.
—Bruno —saludó Tina, radiante.
—Hm.
—Ciro y yo vinimos a invitarte a comer a nuestra casa. Te lastimaste por salvarlo, así que mamá cocinó un montón para agradecerte. Tenés que venir.
Bruno la miró.
¿Qué juego estaba armando ahora Luz?
Tina vio que no contestaba y decidió que el silencio era un sí.
—Perfecto. Lo esperamos.
No le dio tiempo a negarse. Agarró a Ciro y salió corriendo.
Facundo miró a los chicos alejarse.
—Jefe, ¿cancelo la cena con Martín Roca?
—¿Cuándo dije que iba a ir?
Bruno entró a la casa sin otra palabra.