Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 22
Maximilian
Ver el brazo de Camila así me llenó de una ira fría, densa, peligrosa.
Las marcas rojizas no eran profundas, pero eran claras. Evidentes. Cada dedo marcado era una afrenta directa. Apreté la mandíbula mientras mi mente trazaba rutas, escenarios, consecuencias. Aquel maldito iba a pagar. No con gritos ni impulsos inútiles, sino con algo mucho más efectivo: pruebas, procedimientos, y tiempo. El tipo de castigo que no se borra.
No podía presionar abiertamente en la oficina para que el caso de Camila avanzara más rápido, ni para que las evaluaciones salieran antes de lo previsto. Eso levantaría sospechas. Así que hice lo que mejor sabía hacer: preguntar lo justo, en el momento correcto, con el tono adecuado. “¿Cómo va la revisión?”, “¿Ya recibieron todos los informes?”, “¿Falta algo para cerrar el análisis?”. Necesitaba las pruebas de varios, sí, pero especialmente la de Sebastián Arismendi. Con eso bastaría para arrastrarlo a la luz como la cucaracha que era.
Ese mismo día tenía una reunión importante en Manhattan. Llegué con diez minutos de antelación, como siempre. Me senté junto a la ventana del restaurante reservado para ejecutivos, revisando mentalmente los puntos clave del acuerdo. Fue entonces cuando la noté.
Una mujer rubia se acercó con una seguridad ensayada. Vestido ajustado, sonrisa calculada, perfume caro.
—¿Está ocupado? —preguntó, apoyando la mano en el respaldo de la silla frente a mí.
—Esperando —respondí sin levantar del todo la mirada.
—Podría acompañarlo mientras tanto —insinuó—. No todos los días se encuentra a un hombre tan… interesante solo.
La miré por fin. Era hermosa, sin duda. El tipo de belleza que llama la atención sin esfuerzo. Aun así, no sentí nada. Recordé el acuerdo que tenía con Camila Reinhart. Un acuerdo claro, sin promesas ni etiquetas. Y, aun así, no me molestaba en lo más mínimo. Ese pensamiento, precisamente, fue lo que me inquietó.
—No estoy interesado —dije con cortesía firme.
Ella sonrió, como si aquello fuera parte del juego.
—¿Está seguro? Podría cambiar de opinión.
—Lo estoy.
Mi cliente llegó en ese momento. Me levanté de inmediato.
—Disculpe —le dije a la mujer, ya dándole la espalda.
No me importó dejarla ahí. No era tan hermosa como Camila. El pensamiento me golpeó con una claridad incómoda. Me reprendi mentalmente. Camila era mi empleada. Aunque, siendo honesto conmigo mismo, también era mucho más que eso en la intimidad que compartíamos casi todos los días de la semana.
Me concentré en la reunión. Números, estrategias, proyecciones. Terreno conocido. Seguro.
Al llegar al apartamento, la encontré en pijama. El cabello suelto, el rostro relajado. Sin pensarlo dos veces, la besé. Ella respondió de inmediato. El mundo exterior quedó lejos. La llevé a su habitación y la hice mía con la urgencia de quien necesita anclarse a algo real. No hubo prisa, pero sí intensidad.
—Creo que no me voy a cansar jamás de esto —dijo después, acomodándose sobre mi pecho.
—Yo tampoco —respondí, sincero.
Jugaba distraídamente con mis dedos cuando preguntó:
—¿Cómo te fue en la reunión?
—Bien —dije—. Necesito que vayas conmigo la próxima vez.
Se incorporó un poco, mirándome.
—¿Por qué?
—Es importante. Sabes del tema, por tu área de trabajo. Es un evento de noche. Busca vestido… y puede que veas a gente de la oficina.
Frunció los labios, pensativa.
—¿No sería raro?
—No, si se justifica ante Talento Humano tu presencia. Te cubren gastos, horas adicionales, todo lo demás.
Sonrió con una emoción que no intentó ocultar.
—Ya sé qué vestido voy a llevar.
Se sentó sobre mí, dejando su pecho desnudo, y me miró con picardía.
—¿Tanto te emociona? —pregunté.
—Sí —dijo—. Mucho.
Me dio un beso tierno, corto, que me desarmó más de lo que debería. Sonreí como un idiota. Y otra vez me reprendi. Había demasiadas dicotomías en mi cabeza: jefe y empleada, acuerdo y costumbre, deseo y algo que empezaba a parecerse peligrosamente a otra cosa.
—¿En qué piensas? —preguntó, observándome con atención.
—En nada importante —mentí, mientras acariciaba sus piernas.
Me miró como si no me creyera.
—Te lo juro —añadí—. Solo que… nunca había estado tanto tiempo con una pareja sexual.
—¿Nunca? —preguntó, sorprendida.
—Nunca.
—Siempre hay una primera vez —dijo con suavidad.
—Siempre —respondí.
Por dentro, sin embargo, me preguntaba en qué momento exacto había cruzado esa línea. Y si, llegado el caso, sería capaz de retroceder.