Ella se casa por contrato con un empresario frío (CEO). Él la ignora, la traiciona y la desprecia.
Un día, decide irse sin decir una sola palabra.
Cuando él descubre que ella era la mente detrás de todo lo que hacía crecer la empresa… ya es demasiado tarde.
Su regreso será rápido, triunfal y absolutamente satisfactorio.
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Capítulo 6
El desayuno en la mansión Montenegro fue silencioso.
Lívia bajó las escaleras con pasos contenidos, observando cada detalle de aquel lugar que ahora llamaba hogar, aunque no sintiera pertenencia alguna. La mesa era grande, impecablemente puesta, pero fría. Todo allí parecía demasiado organizado, demasiado impersonal.
Henrique ya estaba sentado, leyendo algunos mensajes en el celular, como si nada hubiera sucedido aquella mañana. Al percibir la presencia de Lívia, apenas levantó la mirada por unos segundos y volvió su atención a la pantalla.
Ella se sentó a la mesa, manteniendo la postura erguida. Ninguno de los dos dijo nada por algunos minutos. El silencio era pesado, casi sofocante.
—Hoy tendremos un almuerzo con algunos socios — dijo Henrique, finalmente, sin mirarla. — Tú vas conmigo.
Lívia alzó los ojos.
— ¿Necesito saber algo específico? — preguntó, en tono calmo.
Henrique soltó el celular y la encaró.
— Solo sé educada. Sonríe. Nada más que eso.
Ella asintió, pero por dentro sintió el peso de aquellas palabras. Una vez más, sería solo parte del escenario.
Después del café, Henrique salió apresurado para el trabajo. Lívia se quedó sola en la mansión, observando a los empleados seguir sus rutinas. Nadie la trataba mal, pero tampoco nadie se acercaba. Era como si su presencia fuera incierta, provisoria.
Decidió caminar por el jardín para organizar los pensamientos. Se sentó en un banco y, por primera vez desde el matrimonio, se permitió respirar hondo. No lloró. No quería llorar. Ya había hecho eso demasiado en su vida.
Ella necesitaba ser fuerte.
Horas después, estaba lista para el almuerzo. Se vistió con elegancia discreta, algo que combinaba con su personalidad. No quería llamar la atención, pero tampoco aceptaría parecer inferior.
En el restaurante sofisticado, Henrique saludaba a todos con firmeza y seguridad. Lívia caminaba a su lado, manteniendo la postura impecable. Algunas personas la observaban con curiosidad, otras con interés. Comentarios surgían en voz baja.
— ¿Ella es la nueva esposa?
— Tan joven…
— Discreta, diferente de lo que esperaba.
Lívia oía, pero no reaccionaba.
Durante el almuerzo, Henrique hablaba de negocios, estrategias y números. Lívia permanecía en silencio, observando, aprendiendo. En determinado momento, uno de los empresarios se dirigió a ella.
— Y tú, Lívia, ¿qué haces?
Henrique iba a responder por ella, pero Lívia fue más rápida.
— Estoy retomando mis estudios — dijo, con educación. — Siempre me gustó el área administrativa.
Henrique la miró de lado, sorprendido.
— Interesante — comentó el hombre. — La inteligencia siempre es bienvenida.
Henrique no dijo nada, pero aquella respuesta quedó resonando en su mente.
De vuelta a la mansión, el clima continuaba distante. Cada uno siguió para un lado. Al final de la tarde, Lívia decidió organizar sus pocas cosas en el cuarto. Al abrir una de las maletas, encontró algunos libros antiguos, anotaciones y documentos que había guardado a lo largo de los años.
Allí estaban sueños que nunca tuvo permiso para vivir.
Cuando Henrique entró en el cuarto más tarde, la encontró sentada en la cama, leyendo.
— No sabía que te gustaba eso — comentó, seco.
— Hay muchas cosas que no sabes sobre mí — respondió ella, sin levantar los ojos.
Henrique sintió una leve incomodidad. Aquella mujer comenzaba a parecerle diferente de lo que imaginaba.
— Solo no te olvides de nuestro acuerdo — dijo él.
Lívia cerró el libro y lo encaró.
— Yo no olvidé. Pero tampoco olvidé el respeto.
Henrique no respondió. Apenas salió del cuarto.
Sola nuevamente, Lívia se acostó y encaró el techo. Aquella casa aún era fría, aquel matrimonio aún era vacío. Pero, por primera vez, ella sentía que no estaba completamente perdida.
Ella no tenía amor.
Aún no tenía libertad.
Pero tenía algo que nadie más le quitaría: conciencia del propio valor.
Y aquello era solo el comienzo.