Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 13
# Capítulo 13: Tres leches
El cumpleaños de Alegra cayó en jueves, y ella no tenía intención de que nadie se enterara.
No porque no le gustaran los cumpleaños. Le gustaban. Le gustaban los pasteles y las velitas y esa canción que en México dura tres veces más que en cualquier otro país del mundo. Lo que no le gustaba era la atención. La atención era una puerta que, una vez abierta, dejaba entrar preguntas: ¿qué vas a hacer? ¿con quién lo celebras? ¿tu familia te va a festejar?
Y las respuestas a esas preguntas eran, respectivamente: nada, con nadie, y no.
Así que el jueves de su sexta semana como asistente ejecutiva, Alegra llegó a las 8:12 como siempre, dejó el café de Alejandro a las 8:15 como siempre, y se sentó en su escritorio dispuesta a tener un día absolutamente normal.
A las diez de la mañana, Sofía Valenzuela subió del piso de abajo con un paquete de galletas y una sonrisa que Alegra reconoció inmediatamente como peligrosa.
—¡Feliz cumpleaños!
Alegra cerró los ojos. —¿Cómo supiste?
—Recursos Humanos. Tengo una amiga en Recursos Humanos. Bueno, no es mi amiga, es la prima de mi vecina, pero me debe un favor desde la posada. —Sofía dejó las galletas en su escritorio—. ¿Ya te festejaron?
—Sofía, por favor no...
—¡CARLOS! —gritó Sofía hacia el pasillo—. ¡TRAE EL PASTEL!
No. No, no, no.
Tres minutos después, la antesala de la dirección general se llenó de gente. Carlos del archivo con un pastel de tres leches. La coordinadora de proyectos con un manojo de globos que había sacado de quién sabe dónde. Dos analistas con vasos de plástico. Sofía, dirigiendo la operación como si fuera un desembarco militar.
—¡Las Mañanitas! ¡Todos! ¡Desde el principio!
Alegra quiso que la tierra se la tragara. Quiso hacerse invisible. Quiso teletransportarse a cualquier lugar que no fuera una antesala de oficina con seis personas cantándole a destiempo mientras un pastel de tres leches la miraba desde el escritorio con veinticuatro velitas que alguien había clavado con más entusiasmo que precisión.
Pero entonces empezaron a cantar. Y cantaron mal, como siempre se canta Las Mañanitas en una oficina: demasiado fuerte, demasiado desafinado, con el segundo verso que nadie se sabe y que todos inventan.
Y algo dentro de Alegra —algo apretado, algo viejo, algo que cargaba desde que tenía trece años y su madre le dijo que los cumpleaños eran "una pérdida de tiempo y de dinero"— se aflojó.
Se le llenaron los ojos.
—Ay, no llores —dijo Sofía, que lloraba más que ella—. ¡Pide un deseo y sopla!
Alegra se limpió los ojos con el dorso de la mano. Miró las velitas. Veinticuatro llamas pequeñas temblando en un pastel que probablemente venía de la panadería de la esquina y que era lo más bonito que había visto en meses.
Un deseo. ¿Qué deseo?
Su mirada se desvió un segundo hacia la oficina de cristal.
Alejandro estaba de pie junto a su escritorio, con el teléfono en la mano, como si hubiera interrumpido una llamada. La miraba. No con la expresión de siempre. No con la neutralidad de un director general observando una actividad social en su antesala. La miraba con algo que se parecía —si Alegra hubiera tenido la valentía de nombrarlo— a ternura.
Duró un segundo. Tal vez menos.
Ella cerró los ojos. Pidió un deseo. Sopló.
Las velitas se apagaron. Todos aplaudieron. Sofía cortó el pastel con un cuchillo de plástico que se rompió a la primera rebanada. Carlos fue por otro cuchillo. Los analistas se pelearon por la esquina con más crema.
Alegra comió su rebanada de tres leches con los dedos, porque el pastel estaba demasiado húmedo para el tenedor de plástico y porque a estas alturas ya le daba igual que la vieran comer con las manos. El betún le manchó la nariz. Sofía le tomó una foto. Alegra se rio con la boca llena, con la crema en los dedos, con los ojos todavía brillantes.
A través del cristal, Alejandro la observó reírse. Luego bajó la vista a su teléfono, como quien recuerda que tiene una llamada pendiente. Pero no marcó ningún número.
A las once y media, cuando todos se habían ido y la antesala olía a pastel y a café frío, Alegra limpió su escritorio. Tiró los vasos de plástico, apiló los platos, guardó las galletas de Sofía en su cajón.
Debajo de un plato, encontró algo que no estaba ahí antes.
Un sobre blanco. Sin nombre. Sin dirección. Sin remitente.
Lo abrió.
Dentro había una hoja de papel con el membrete de Montero Capital. Una línea impresa:
Bono por desempeño excepcional: Departamento de Dirección General.
La cifra era generosa. No obscena, no exagerada, pero generosa. Lo suficiente para cubrir dos meses de renta. O tres meses de transporte. O un año entero de champú de fresa.
No había tarjeta. No había nota. No había "feliz cumpleaños." Solo el bono, impreso con la formalidad de un documento que podía haber sido emitido por cualquier departamento, firmado por cualquier directivo.
Pero Alegra sabía quién lo había dejado ahí. Lo sabía porque el sobre estaba exactamente en el lugar donde ella siempre ponía el café de las 8:15. Y porque solo una persona en toda la empresa conocía ese lugar con esa precisión.
Se quedó mirando el sobre un largo rato.
No hay tarjeta. No hay nota. No hay "feliz cumpleaños." Solo esto. Como el café sin leche. Como el "gracias" de una línea. Como todo lo que hace: lo mínimo necesario para que entiendas, y ni una palabra de más.
Guardó el sobre en su bolsa. Al lado del papel doblado con los trazos de hoyuelos que todavía no había descifrado. Al lado del pañuelo de Tía Carmen que todavía olía a seda italiana.
Su colección de cosas que Alejandro Montero no le había dado pero que de alguna manera eran suyas.
A las dos de la tarde, Héctor apareció con una bolsa de papel.
—Feliz cumpleaños, niña. Te traje churros.
—Héctor, ya me dieron pastel.
—Los churros no compiten con el pastel. Los churros son postre del postre. Es otra categoría. —Se sentó en la esquina de su escritorio—. ¿Qué te regalaron?
—Sofía me trajo galletas. Carlos trajo el pastel. Los analistas me cantaron Las Mañanitas.
—¿Y el jefe?
Alegra dudó. —Un bono. Por desempeño.
Héctor se quedó muy quieto. —¿Un bono?
—De la empresa. Por desempeño.
—Ajá. "De la empresa." —Héctor se comió un churro—. ¿Tenía tarjeta?
—No.
—¿Nota?
—No.
—¿Algo escrito a mano con esa caligrafía suya que parece de monje medieval?
—No. Solo el bono.
Héctor asintió lentamente. Miró hacia la oficina de cristal, donde Alejandro estaba en una llamada con la expresión de quien está negociando algo que involucra muchos ceros.
—¿Sabes lo que significa un bono sin tarjeta? —dijo Héctor en voz baja.
—¿Que es un bono corporativo estándar?
—No, niña. Significa que quería darte algo y no supo cómo. Significa que se pasó quién sabe cuánto tiempo pensando en qué regalarte y al final eligió lo único que podía justificar como profesional. Significa que un hombre que no sabe expresar lo que siente encontró la forma más Alejandro Montero posible de decir "feliz cumpleaños": con un documento firmado y un membrete corporativo.
Alegra lo miró. Luego miró la oficina de cristal. Alejandro seguía en su llamada. No la miraba.
—Eres un romántico incurable, Héctor.
—Soy un realista con información privilegiada. —Se levantó—. Come tus churros. Y guarda el sobre. Algún día, cuando todo esto se destape, vas a querer tener la evidencia del primer regalo que Alejandro Montero le hizo a alguien que no fuera un socio comercial.
Se fue. Alegra se comió los churros. Estaban tibios, crujientes, y espolvoreados con una cantidad criminal de azúcar y canela.
Esa noche, en su departamento de Iztapalapa —un estudio de treinta metros cuadrados con una cocina que era más bien una sugerencia y una ventana que daba a un muro de tabique—, Alegra se sentó en la cama con el teléfono en la mano.
Tenía tres mensajes de cumpleaños. Uno de Tía Carmen: "Feliz cumpleaños, mi niña hermosa. Te hice tamales. Pasa mañana." Uno de Lía: "¡¡¡FELIZ CUMPLE PRIMA!!! 🎂 Te debo tu regalo, ando pobre." Y uno de Héctor: "24 años. Eres una bebé. Disfrútalos, que a los 30 todo empieza a crujir."
Nada de sus padres.
No le sorprendió. No debería haberle dolido. Y sin embargo, en algún rincón que creía sellado, algo punzó.
Se levantó. Se lavó la cara. Se miró al espejo.
Veinticuatro años. Y la gente que más te quiere en el mundo es la que elige quedarse. Tía Carmen, su tía de sangre y su refugio por elección. Héctor, que no es su hermano. Don Felipe, que no es su abuelo pero que la lleva a casa como si lo fuera.
Y un hombre que te regaló un bono sin tarjeta porque no sabe decir "feliz cumpleaños" con palabras.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, un poco húmeda, pero real.
Se metió a la cama. Apagó la luz. Y antes de dormirse, sacó el sobre del bolso y lo puso debajo de la almohada, como quien guarda una carta de amor que todavía no ha sido escrita.