¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 7: La pregunta de Elena
Elena comenzó a observarlo con más atención.
No porque Adrián hubiera dejado de ser cariñoso. Al contrario, sus cuidados se volvieron más constantes. La acompañaba al baño, revisaba sus medicamentos y le acomodaba las almohadas antes de dormir.
Pero había algo diferente en él.
Llegaba al hospital con la mirada perdida y, algunas veces, parecía estar esperando que el teléfono sonara. Otras, se quedaba inmóvil frente a la ventana, como si su cuerpo estuviera allí, pero sus pensamientos en otra parte.
Una tarde, mientras Adrián le peinaba el cabello, Elena vio una marca tenue en el cuello de su camisa.
—¿Qué es eso?
Adrián levantó la mirada hacia el espejo.
—¿Qué cosa?
—La mancha.
Él miró el cuello de la camisa. Era una pequeña marca de labial, casi imperceptible.
—Debió ser del café.
Elena sostuvo su mirada a través del reflejo.
—El café no suele ser rojo.
Adrián dejó el peine sobre la mesa.
—Elena…
—No te estoy acusando.
—Parece que sí.
—No. Si quisiera acusarte, te preguntaría directamente.
Adrián se volvió hacia ella.
Elena tenía el rostro pálido, pero sus ojos continuaban siendo firmes. Siempre había sido difícil mentirle. La conocía demasiado bien.
—¿Hay alguien más? —preguntó.
La habitación quedó en silencio.
Adrián sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—No es lo que piensas.
—Entonces sí hay alguien.
—No sé qué decir.
—La verdad sería un buen comienzo.
Él apartó la mirada.
—Es complicado.
Elena sonrió con tristeza.
—Todo lo importante lo es.
Adrián se sentó frente a ella.
—No quería que ocurriera.
—Eso no responde mi pregunta.
—La conocí por casualidad.
—¿En el hospital?
—No.
Elena bajó los ojos hacia sus manos.
—¿La amas?
Adrián sintió que no podía respirar.
—No lo sé.
—Pero la deseas.
Él permaneció callado.
La respuesta estaba en su silencio.
Elena cerró los ojos durante un instante. Parecía cansada, no furiosa. Eso hizo que Adrián se sintiera aún peor.
—¿Es una buena mujer?
—Sí.
—¿La conoces realmente?
—Estoy intentando hacerlo.
—¿Y ella sabe de mí?
—Sí.
—¿Sabe que vienes aquí después de estar con ella?
Adrián no pudo responder.
Elena giró el rostro hacia la ventana.
—Entonces también está viviendo dentro de una mentira.
—No quiero hacerte daño.
—Ya me lo hiciste.
La frase fue suave, pero lo atravesó.
Adrián se acercó a la cama.
—Perdóname.
—No sé si quiero hacerlo.
—Te amo.
—Lo sé. Pero eso no borra lo demás.
Él tomó su mano.
Elena no la retiró, aunque tampoco correspondió al gesto.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
Adrián bajó la cabeza.
—Valeria.
Elena repitió el nombre en silencio, como si intentara imaginarla.
—¿Es más joven que tú?
—Sí.
—¿Es hermosa?
Adrián pensó en sus ojos verdes, en sus labios rojos y en el cabello color miel que escondía bajo la peluca.
—Sí.
Elena dejó escapar una respiración temblorosa.
—¿Y te hace sentir vivo?
Adrián levantó la mirada.
—Sí.
Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas, pero ninguna cayó.
—Entonces no me digas que no significa nada.
Adrián sintió que se quedaba sin palabras.
—No sé qué hacer.
—No me pidas que decida por ti.
—Nunca haría eso.
—Ya lo estás haciendo. Si te digo que la abandones, seré la esposa egoísta. Si te digo que sigas adelante, parecerá que no me amas. Me has dejado una decisión que te corresponde tomar.
Adrián le besó la mano.
—No quiero perderte.
—Vas a perderme de todas formas.
Aquella verdad quedó entre ellos, desnuda e inevitable.
Esa noche, Adrián no fue a buscar a Valeria.
Se quedó en el hospital hasta que Elena se durmió. Después salió al pasillo y llamó a sus hijos.
Mateo contestó primero.
—¿Está bien mamá?
—Está descansando.
—¿Y tú?
Adrián cerró los ojos.
—Necesito hablar con ustedes.
—¿Pasó algo?
—Sí.
—¿Qué cosa?
Adrián miró la puerta de la habitación de Elena.
—Su madre está más enferma de lo que les hemos dicho.
Al otro lado de la línea, Mateo guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Se va a morir?
Adrián apoyó la espalda contra la pared.
—Sí.
La palabra le destrozó la voz.
Durante varios segundos, ninguno habló.
Entonces escuchó a Nicolás al fondo, preguntando qué ocurría.
Adrián se cubrió el rostro con una mano.
Había esperado demasiado para decir la verdad.
Y ahora tendría que enfrentarlo todo al mismo tiempo: la enfermedad de Elena, el dolor de sus hijos y los sentimientos que Valeria despertaba en él.
Cuando salió del hospital, encontró un mensaje en su teléfono.
Valeria: ¿Vienes esta noche?
Adrián observó la pantalla durante largo rato.
Sabía que debía alejarse.
Sabía que Elena tenía razón.
Pero también sabía que, si conducía hasta aquella calle, Valeria lo recibiría bajo el farol, con sus labios rojos y sus ojos verdes.
Finalmente, guardó el teléfono.
Y echó a andar hacia el automóvil.