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Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.

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Capítulo 3: Empapada, humillada y expuesta ante el campus

El choque fue leve, pero suficiente para hacerme trastabillar. Una mano firme, grande y cálida se posó en mi brazo y me sostuvo antes de que perdiera el equilibrio. Levanté la vista entre el velo de lágrimas y agua que me nublaba los ojos, y lo vi por primera vez de verdad.

Era un hombre alto, imponente, con una postura tan recta que parecía esculpida en granito. Vestía ropa deportiva oscura de corte militar, ajustada a un cuerpo que rezaba fuerza y disciplina en cada línea. Su rostro era serio, rasgos marcados por una cicatriz fina que bajaba desde la sien derecha hasta la mandíbula, y unos ojos de un color gris acero que… que parecían verme a mí. De verdad verme. No mi talla, no mi ropa empapada, no el ridículo que acababa de protagonizar, sino a la chica que había detrás de todo eso.

—Ten cuidado —dijo, y su voz era profunda, grave, pero sin dureza—. Vas por el mundo como si el suelo te quisiera tragar.

Quise hablar, explicarme, pedir perdón… pero las palabras se atascaron en la garganta. Solo solté un sollozo entrecortado y bajé la mirada, avergonzada de que alguien así me viera hecha un desastre.

—No bajes la cabeza —ordenó suavemente, y su dedo índice, calloso y firme, me alzó la barbilla con suavidad—. Quien baja la cabeza no solo oculta el rostro: también pierde de vista hacia dónde va. ¿Te hiciste daño?

Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra. Sentía cómo el agua goteaba de mi cabello hasta caer sobre su muñeca, y aun así no me soltó.

—Te vi allá atrás —continuó, sin rodeos, sin esa piedad fingida que duele tanto—. Escuché lo que dijeron. Y vi lo que hicieron.

El calor me subió de golpe a las mejillas, abrasador. ¡También él lo había visto! Otro espectador más de mi fracaso público. Me zafé de su agarre con un movimiento brusco.

—¿Y qué? ¿Viene a burlarse también? ¿A decirme cuán ridícula soy? ¡Ya todos lo hicieron, ya cumplieron todos su parte! ¡Déjeme en paz!

Mi voz se quebró en la última frase, y me abracé a mí misma intentando detener el temblor que me sacudía entera. Esperaba su risa, su desprecio, su rechazo… pero en su lugar escuché algo distinto. Silencio. Un silencio pesado, sereno, sin juicio.

—Vengo a decirte que llorar está bien —respondió con calma—. Pero solo mientras te dure la rabia. Cuando se te acaben las lágrimas, que te quede fuego. Eso es lo que importa.

Me quedé helada. Nadie me había hablado así jamás. Ni con esa autoridad tranquila, ni con esa mirada que no se apartaba de la mía.

—¿Quién es usted? —logré preguntar, limpiándome la nariz con la manga, sin importarme lo poco elegante que pareciera.

—Cristóbal Valentino —dijo, y una chispa cruzó sus ojos al pronunciar su nombre—. Soy el nuevo instructor de preparación física y defensa personal de la universidad. Empezaré la próxima semana.

El nuevo profesor. Exactamente lo que me faltaba: que uno de mis futuros maestros presenciara mi peor momento. La vergüenza se transformó en una punzada de desesperanza.

—Perfecto —murmuré con amargura—. Así ya sabrá quién soy desde el primer día: la chica ridícula que se enamoró del chico equivocado y terminó empapada en el patio. Qué presentación tan memorable, ¿verdad?

—Memorable, sí —convino él, sin apartar la vista—. Pero no por eso que dices. Por la forma en que te quedaste allí de pie, sin huir pese a que cada palabra era un golpe. Porque recogiste lo que te rompieron. Eso no lo hace cualquiera, Elisa.

Mis ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Sabe mi nombre?

—Lo escuché cuando él lo gritó para que todos supieran a quién destruir —respondió con frialdad, y por primera vez vi un destello de desagrado en su mirada—. Lo usó como arma. Pero un nombre no es un insulto. Es el primer paso para saber quién eres realmente. ¿Sabes tú quién eres? ¿Más allá de lo que dicen ellos?

La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Quién era yo? La verdad… no lo sabía. Era lo que los demás veían: gorda, tímida, invisible hasta que estorbaba. ¿Había algo más dentro de mí? ¿Algo que valiera la pena rescatar?

—No lo sé —confesé, con la voz apenas un hilo, y las lágrimas volvieron a brotar con más fuerza que antes—. Hoy sentí que… que me perdí por completo.

Cristóbal Valentino dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia entre ambos, y su voz bajó hasta volverse casi un susurro, directo al centro de mi pecho, donde dolía más.

—Entonces escúchame bien, porque solo te lo diré una vez: lo que te hicieron hoy no te define. El dolor no te define. Lo que hagas con él, sí. Puedes irte a casa, encerrarte y dejar que ganen. O puedes usar cada lágrima como combustible para cambiar todo. Tu cuerpo. Tu vida. Tu lugar en este mundo. Todo.

—¿Cambiar todo? —repetí con escepticismo, mirando mi figura—. Míreme. ¿De verdad cree que es posible? He sido así toda mi vida…

—Toda tu vida has sido quien dejaste que fueran —interrumpió él con firmeza—. Pero el día de hoy termina esa historia. Mañana empieza la tuya de verdad. Si quieres. Nadie te obliga. Será duro. Más duro de lo que imaginas. Pero si decides hacerlo, estaré allí.

El aire se detuvo entre nosotros. Sus palabras resonaban en mi interior como un eco que no se apagaba. ¿Sería esto real? ¿Una oportunidad? ¿O solo era un momento de compasión pasajera que olvidaría al día siguiente?

—¿Por qué? —pregunté, acercándome un poco más, desafiándolo con la mirada—. ¿Por qué me ofrece esto? No me conoce.

Cristóbal guardó silencio un instante, como sopesando si decirme algo más. Luego, con una media sonrisa que apenas curvó sus labios, respondió:

—Porque vi algo en ti que ni tú misma sabías que tenías. Una llama que no se apagó aunque intentaron ahogarla. Solo necesita viento adecuado. ¿Quieres que avive esa llama o la dejas morir?

Miré hacia el patio, ya vacío de gente, donde minutos antes mi corazón había quedado hecho pedazos. Luego miré hacia adelante, hacia un camino que no conocía pero que de pronto se veía posible. Respiré hondo, el aire entrando en mis pulmones llenándome de algo distinto al llanto. Determinación.

Extendí la mano, con firmeza nueva.

—Enséñeme.

Él estrechó mi mano con un apretón fuerte, seguro, sellando un pacto que cambiaría todo.

—Bienvenida al principio, Elisa. Elisa Raven. Ahora empieza el trabajo real.

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Sylvia Farias
deja una hermosa enseñanza para las personas que tenemos unos cuantos kilos demás
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Gracias de todo corazón! Me hace inmensamente feliz saber que la historia te dejó una enseñanza tan bonita — esa era exactamente mi intención: que nos sintamos orgullosas y valiosas siempre. Gracias por tu apoyo y por tu corazón tan grande 🤗
total 1 replies
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