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Las Enseñanzas Del Bambú

Las Enseñanzas Del Bambú

Status: Terminada
Genre:Época / Completas
Popularitas:537
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.

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Capítulo 1: El viajero de lodo

La lluvia sobre la campiña de Kent no caía como un rocío victoriano educado; caía con la furia desordenada de un cielo que ha decidido despejar sus pulmones sin pedir permiso a nadie. En medio de aquel barrizal que amenazaba con tragarse hasta las piedras del camino, Lordian Augustus Vance, noveno duque de Blackwood —aunque en ese preciso instante desprovisto de todo su séquito, de su carruaje de gala y de su impecable pulcritud habitual—, contemplaba la rueda trasera de su berlina enterrada hasta el eje en una mezcla pestilente de arcilla y agua estancada.

​—Es una cuestión de física elemental, Thomas —dijo Lordian, ajustándose la solapa de su abrigo de viaje, el cual ya lucía varias salpicaduras desafortunadas en el bajo—. Si la fuerza ejercida por los caballos no supera la resistencia de la masa cenagosa, la palanca improvisada que has colocado debajo de la madera solo servirá para partir el fresno en dos.

​El anciano cochero, que llevaba sirviendo a la casa Blackwood desde antes de que Lordian aprendiera a recitar los clásicos en latín, se secó el sudor helado de la frente con la manga de la chaqueta.

​—Con el debido respeto, Excelencia... quiero decir, señor Vance —corrigió el hombre a toda prisa, recordando las estrictas órdenes de discreción que su amo había impuesto antes de salir de Londres—, si no sacamos el carruaje antes de que caiga la noche, el aire del río nos dejará tísicos a los dos. Y la posada de El Cisne Blanco todavía está a dos millas.

​Lordian suspiró. Un suspiro metódico, dividido en dos tiempos de inhalación y dos de exhalación, tal como prescribía el manual de templanza que intentaba seguir cada día de su ordenada existencia. A sus treinta y dos años, el duque era considerado por los salones de Mayfair como la mente más matemática, fría e inexpresiva de toda la nobleza británica. No bailaba valses acelerados, no asistía a carreras de caballos para apostar dinero que no fuera fríamente calculado y jamás, bajo ninguna circunstancia, se permitía una emoción que no pudiera ser desglosada en una tabla de pros y contras.

​Había decidido viajar de incógnito a sus propiedades del sur bajo el simple nombre de "Señor Vance" para inspeccionar los libros de contabilidad de sus arrendatarios sin la interferencia del servilismo habitual. La eficiencia, según él, requería anonimato.

​Sin embargo, la naturaleza no parecía tener en cuenta sus tablas dinámicas.

​—Vaya a pie hasta la posada, Thomas —ordenó Lordian con voz pausada, recta como una regla de madera de boj—. Busque ayuda, un par de bueyes o dos hombres fuertes con palas. Yo me quedaré a resguardo bajo la arboleda para no saturar de humedad la lana del abrigo.

​—¿Dejarlo solo aquí, señor? Si se entera su señoría la duquesa viuda...

​—Mi madre no está aquí, Thomas. Y el camino es bastante seguro. Camine.

​El cochero asintió de mala gana, se caló el sombrero hasta las orejas y echó a andar a trompicones por la orilla del camino.

​Lordian, por su parte, echó un vistazo al paisaje desolado. A un lado del camino se alzaba un bosquecillo antiguo, coronado por robles centenarios cuyos brazos retorcidos se extendían sobre el lecho de hierba alta. Buscando cobijo del chubasco, caminó con pasos medidos, levantando exageradamente los pies para no mancillar las suelas de cuero con el lodo.

​Se colocó justo bajo la copa de un roble monumental. La estructura del árbol era fascinante desde un punto de vista arquitectónico; la distribución de las ramas principales seguía un ángulo casi perfecto para desviar la mayor parte del agua hacia los costados. Apoyó la espalda contra el tronco, sacó un pañuelo de seda blanca perfectamente doblado en cuatro partes del bolsillo de su chaleco y procedió a limpiar una mancha microscópica de agua que había caído sobre el puño de su camisa.

​—Si sigues apretando ese pedazo de tela con tanta furia, vas a sacarle fuego a la seda, hombre tieso.

​La voz resonó justo encima de su cabeza.

​Lordian se congeló. Su cuerpo, acostumbrado al control absoluto de cada músculo, tardó exactamente dos segundos en reaccionar. Levantó la vista despacio, manteniendo la barbilla alta y la columna rígida como una barra de hierro.

​En una de las ramas más altas del roble, a unos cuatro metros del suelo y tambaleándose sobre la madera húmeda con una soltura propia de un simio de las Indias, había una joven.

​No llevaba sombrero. Su cabello, de un castaño cálido con destellos dorados por la escasa luz de la tarde, caía en una maraña libre y rebelde, llena de pequeñas hojas secas y briznas de hierba. Vestía un vestido de talle alto de muselina verde bastante arrugado, cuyo bajo había sido ridículamente recogido y atado a la cintura con un cordón para dejar a la vista unos tobillos completamente descalzos y manchados de barro fresco.

​En la mano izquierda sostenía con delicadeza un pequeño nido de paja; en la derecha, un pollo de tordo asustado que paba con desesperación.

​Lordian parpadeó. Una sola vez.

​—Señorita —dijo él, usando su tono más glaciar y parlamentario—, ignoro si es consciente de que la propiedad privada abarca hasta las ramas superiores de este predio, pero la conducta que exhibe es extraordinariamente improcedente para una dama. Sin mencionar que la decencia social dicta que los tobillos no deben ser expuestos al aire libre, y mucho menos en presencia de un desconocido.

​La muchacha soltó una carcajada. Fue un sonido limpio, estruendoso y completamente carente de la risita sofocada que las damas de la corte practicaban frente a los abanicos. Una risa que resonó en el bosque como una campanilla de plata.

​—¡Vaya! —exclamó ella, acomodando al pajarillo dentro del nido con una ternura infinita antes de encajar la estructura de paja en la horquilla segura de dos ramas—. No sabía que el aire del bosque perteneciera a un caballero con cara de haber tragado un palo de escoba. Y respecto a mis tobillos, le aseguro que están bastante más limpios que sus modales, señor del Pañuelo.

​—Soy el señor Vance —corrigió él, manteniendo la compostura a duras penas mientras sentía cómo una punzada de incredulidad le recorría la nuca—. Y le sugiero que descienda inmediatamente antes de que la gravedad, que es una ley bastante menos indulgente que yo, le haga pagar su imprudencia.

​—¿La gravedad? —Genevieve sonrió, inclinándose sobre la rama para mirarlo mejor. Sus ojos, de un verde avellana brillante, chispeaban con una picardía casi peligrosa—. La gravedad solo te tira hacia abajo si luchas contra ella, señor Vance. Si sabes dónde poner los pies, el árbol te sostiene como si fuera un hermano.

​—El árbol es madera inanimada, no posee lazos consanguíneos —respondió él, ajustándose la corbata con rabia contenida—. Haga el favor de bajar. Su presencia interrumpe mi proceso de pensamiento.

​—Oh, qué tragedia. El señor de la corbata tiesa necesita pensar —dijo ella en un tono burlón mientras empezaba a deslizarse por el tronco con una agilidad pasmosa.

​No usó las ramas como escalones formales; simplemente se dejó caer de una a otra con la fluidez del agua. Sin embargo, en el último tramo, a metro y medio del suelo, el pie descalzo de Genevieve resbaló en una zona de corteza mojada.

​Un pequeño grito de sorpresa se le escapó de la garganta.

​Lordian, impulsado por un instinto caballeresco que desafiaba a su habitual cálculo de riesgos, dio un paso al frente para amortiguar la caída o, al menos, evitar que se rompiera la afamada columna vertebral que ella tanto parecía despreciar.

​El impacto no fue elegante.

​Genevieve no cayó en sus brazos como una heroína de novela sentimental. Cayó de lleno sobre el torso de Lordian. El impacto de los dos cuerpos quebró el equilibrio impecable del duque. Lordian dio dos pasos hacia atrás tratando de sostenerse, pero la suela lisa de sus botas de cuero noble no encontró agarre en la arcilla blanda.

​Con un golpe seco y un sonido sofocado, ambos rodaron por el banco de hierba húmeda hasta terminar en el centro mismo del charco más profundo de la zona.

​El silencio que siguió solo fue interrumpido por el goteo constante de la lluvia sobre las hojas.

​Lordian yacía de espaldas en el barro. Sentía la humedad fría filtrándose a través de su carísimo abrigo de lana importada, envolviendo sus pantalones de montar y empapando la parte trasera de su chaleco. Sobre su pecho, apoyada con los brazos extendidos y el rostro a escasos centímetros del suyo, estaba ella.

​El rostro de la muchacha estaba salpicado de diminutas motas de lodo, pero sus ojos estaban muy abiertos, fijos en los de él. Lordian sintió un sofoco repentino que no tenía nada que ver con el frío del ambiente. Por primera vez en sus treinta y dos años, tuvo a una mujer tan cerca que podía oler la fragancia de su piel: una mezcla silvestre de lluvia, pino y hierba aplastada, libre de cualquier perfume o polvo de arroz de la ciudad.

​Podía sentir el calor de su cuerpo atravesando las capas de ropa, la curva de sus caderas presionando la suyas y el aliento tibio de la joven acariciándole los labios.

​—¿Se encuentra bien... señor del barro? —musitó ella, y por un segundo, la picardía de su voz tembló con algo parecido a la sorpresa.

​Lordian intentó tragar saliva, pero sintió la garganta seca. Sus manos, que habían terminado sujetando la cintura de la chica de forma instintiva para detener la caída, podían sentir la suavidad del talle sin la rigidez de un corsé victoriano. Era un cuerpo vivo, flexible, alarmantemente femenino.

​—Usted... —logró articular él, intentando mantener la severidad en la voz, aunque el tono le salió más grave y rasposo de lo que hubiera deseado—... es una calamidad pública.

​Genevieve pestañeó, miró la cara del caballero —ahora decorada con una mancha de arcilla en la mejilla izquierda y el peinado perfecto totalmente arruinado— y la contención se le rompió en el pecho.

​Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada tan limpia y sonora que provocó que dos mirlos echaran a volar desde el roble.

​—¡Debería ver su cara! —dijo ella, riendo hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas—. ¡El gran señor Vance parece un pastel de carne que se ha caído del carruaje!

​—¡Esto no tiene ninguna gracia! —exclamó Lordian, intentando incorporarse mientras la sujetaba por los hombros para apartarla, pero el movimiento torpe solo logró que ella volviera a perder el equilibrio y se apoyara con más fuerza contra su torso, haciendo que las manos de él resbalaran por su espalda hasta la curva de su cadera.

​El contacto eléctrico hizo que ambos se detuvieran un segundo. Genevieve dejó de reír gradualmente. Sus miradas se cruzaron de nuevo, esta vez sin la burla, atrapadas en un hilo de tensión inesperada que hizo que a la muchacha se le acelerara el pulso contra el pecho de él.

​Lordian observó los labios húmedos de la chica, ligeramente entreabiertos por la risa reciente, y sintió un impulso absurdo, irracional y completamente ajeno a su naturaleza: el deseo imperioso de reducir la distancia de dos pulgadas que los separaba y comprobar si la boca de aquella salvaje sabía tan dulce como el bosque después de la tormenta.

​—Señorita... —murmuró él, con la voz atrapada en un hilo de aire.

​—Genevieve —dijo ella casi en un susurro, mirándole fijamente la boca antes de recuperar repentinamente la compostura con una sonrisa traviesa—. Mi nombre es Genevieve. Y creo, señor Vance, que su corbata ya no necesita que la desate nadie. Se ha deshecho sola con el barro.

​Antes de que él pudiera responder, Genevieve se apoyó en sus hombros con la agilidad de una gata, se puso de pie de un brinco y se sacudió las faldas llenas de lodo sin mostrar el más mínimo signo de vergüenza.

​Lordian se incorporó despacio, contemplando con absoluto desolación el estado catastrófico de su atuendo. Su pañuelo blanco yacía flotando en la charca como una bandera de rendición.

​—Es usted insoportable —dijo él, poniéndose en pie con toda la dignidad que un hombre empapado de arcilla podía convocar.

​—Y usted es demasiado rígido, señor Vance —replicó ella, dándole la espalda y echando a andar descalza sobre la hierba mojada hacia el camino—. Como decía el tío Tobías en sus diarios de Oriente: El árbol que no sabe doblarse con el viento es el primero que se quiebra con la tormenta.

​Lordian se congeló al oír la cita.

​—¿Qué sabe usted de la filosofía de los sabios de Oriente? —preguntó, dando dos pasos rápidos tras ella.

​Genevieve se detuvo, se giró sobre sus talones descalzos y le dedicó una reverencia exageradamente cómica, recogiendo los extremos de su vestido embarrado.

​—Sé lo suficiente para reconocer a un hombre que necesita aprender a respirar antes de que la vida se le pase de largo contando números. Nos veremos en la posada, señor Vance. Si es que logra caminar sin romperse un hueso con esa postura de estatua.

​Sin añadir una palabra más, la muchacha echó a correr por el prado, riendo entre dientes mientras sus pies descalzos dejaban huellas sobre la tierra húmeda.

​Lordian Augustus Vance se quedó solo bajo la lluvia. Se miró las manos manchadas de barro, sintió el fantasma del calor de aquella cintura entre sus dedos y, por primera vez en toda su vida, descubrió que su corazón latía a un ritmo desordenado que jamás conseguiría plasmar en una tabla de contabilidad.

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Isabel Sandoval
Eso se cuenta? /Slight//NosePick//Grin/
Isabel Sandoval
Ya está en la bolsa
Isabel Sandoval
jajaja
Isabel Sandoval
Hago eso y me rompo un hueso /Facepalm//Scare/
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja k chistosa y ya se enamoró ❤️
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