Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Una casa propia
Aproveché el puente de las fiestas patrias para volver a Valle Verde, a ver a mi papá ya recuperado.
Mi pueblo cafetalero de montaña me recibió con su olor de siempre: café tostándose, leña, tierra mojada. La casa de adobe, el cafetal atrás, mi mamá en la puerta con el delantal, mi papá —más flaco, más lento, pero vivo, gracias a Dios, vivo— sentado en su silla de siempre.
Comimos sencillo y caliente, los cuatro, con Aarón haciendo bromas. Y en la mesa se dio la vieja pelea cariñosa: había un solo muslo de pollo, y nos lo pasamos de mano en mano, cada quien empujándoselo al otro. "Cómetelo tú, mija, que vienes cansada". "No, ándele usté, papá, que se está reponiendo". "Que Aarón, que está en la edad". El único muslo dando vueltas por el plato del amor, el amor pobre, el rojo, el que me formó.
Se me apretó la garganta. Me acordé de cuando cargué yo sola con el hospital, con las deudas, con el miedo, hasta que Damián me ayudó. Y agradecí en silencio, mirando esa mesa humilde, el calor de mi casa.
Y entonces, del otro lado del muro de adobe, estalló un pleito a gritos.
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—¡Lárgate! ¡Aquí ya no tienes lugar! —gritaba una voz de hombre—. ¡Mantenida! ¡Vergüenza de la familia!
Salí corriendo. En el patio de los vecinos, los Serrano, una mujer embarazadísima, de unos ocho meses, se tapaba la cara mientras su hermano —Wílmer Serrano— la empujaba, y la cuñada, Yenni, la corría a gritos y a empujones. Y los papás, ahí, sentados, mirando de lado, sin mover un dedo por ella.
La empujaron tan fuerte que la mujer trastabilló hacia atrás, y yo alcancé a meterme y a sostenerla justo antes de que cayera de espaldas sobre el vientre.
La cargué. Y al mirarla de cerca, la reconocí.
—¿Sandra? ¿Sandra Serrano?
—¿Sofi? —Se le llenaron los ojos—. Sofi Nieto…
Fuimos amigas de niñas. Correteábamos entre los cafetales, nos escondíamos en las matas, compartíamos los mangos verdes con sal. Y ahora la tenía en los brazos, embarazada de ocho meses, golpeada, corrida de la casa donde nació.
—Ya. Ya, Sandra. Vente conmigo. —Y me la llevé a mi casa, sin hacerle caso a los murmullos de los vecinos que ya andaban en el "y esa qué se mete".
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En mi casa, con una taza de manzanilla entre las manos, ya más calmada, Sandra me contó todo.
—Desde chica, Sofi. —Miraba la taza—. Siempre fue el varón. A Wílmer todo, a mí nada. A mí me negaron el estudio pa' pagarle a él la escuela. Y luego un negocio. Hasta los diez mil que sus papás aportaron cuando me casé se fueron enteritos a la casa. Mi sueldo de años en la ciudad, todo lo mandé, todo se lo quedaron ellos. —Se le quebró la voz—. Y ahora que estoy así, panzona, resulta que ni mi marido ni sus papás me quieren, y vengo a la casa de los míos y tampoco. Ni con los que me parieron ni con los que me casaron. No tengo lugar en ninguna parte, Sofi. En ninguna.
Me tomó las manos. Y me dijo algo que se me quedó grabado como con hierro, algo que me iba a mover el resto de la vida:
—Óyeme bien, mija. Una mujer tiene que pensar en sí misma a tiempo. Ten algo que sea tuyo. Aunque sea un cuarto. Aunque sea una camita. Pero tuyo, a tu nombre, ganado por ti. Para que nunca, nunca, te puedan correr de tu propia vida. Como a mí.
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La hospedé esa noche. Al día siguiente la acompañé a la central de autobuses, porque quería regresarse a la ciudad, a buscarse la vida sola antes de que naciera el niño.
Le apreté en la mano dos mil pesos, todo lo que traía.
—Para el camión y para lo que se ofrezca. Ándale, tómalos.
Sandra los miró. Y con una dignidad que me partió el alma, sacó doscientos, me devolvió el resto, y me cerró la mano con los mil ochocientos adentro.
—Doscientos me alcanzan pa'l pasaje, Sofi. —Me miró firme—. Lo tuyo es tuyo. No me lo quites tú también. Bastante me han quitado ya.
Se subió al camión, digna hasta en la miseria, con la panza por delante y la maleta remendada, y me dijo adiós por la ventana con una sonrisa que me rompió más que cualquier llanto. Porque era la sonrisa de alguien a quien ya le habían quitado todo y todavía no dejaba que le quitaran lo último: la vergüenza de no deber nada.
Y yo me quedé en la central llorando, con los mil ochocientos en el puño, entendiendo por fin quién quería ser yo. No Sandra, a merced de todos, corrida de la casa de los que la parieron y de la de los que la casaron. No mi mamá, que se había pasado la vida dependiendo de mi papá y no tenía ni una cuenta de banco a su nombre. Renata. Alondra, que a su manera rota también se había hecho independiente. Yo. Una mujer con algo suyo. Un piso propio debajo de los pies.
Ahí me cuajó la certeza. La que me iba a mover el resto de la vida: quería una casa. Mía. Ganada por mí. Para no quedar nunca, jamás, a merced de la voluntad de nadie. Ni de Damián.
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Regresé a Ciudad Aurora fría con Damián.
Esos tres días, entre Sandra y la familia, casi no le contesté los mensajes. Y él, que me recogió en la estación, me esperaba con la cara larga, celoso, imaginándose cosas —al Prieto, a Kevin, quién sabe qué.
—Tres días sin contestar —gruñó, cargándome la maleta de mal modo—. ¿Con quién andabas?
—Con una amiga de la infancia, gruñón. Que la estaban corriendo de su casa embarazada. —Le pellizqué el brazo—. Y tú, celoso hasta de una panzona. Ya, ven.
Se le empezó a bajar el enojo en el auto. Y en la casa se le bajó del todo.
—Tres días —murmuró, ya en la recámara, desabrochándome despacio, con el enojo vuelto ternura—. Tres días sin ti. No me vuelvas a hacer eso.
—Fueron tres días, exagerado.
—Tres días son mucho. —Me besó el hombro, el cuello—. Ya me malacostumbraste, nena. Ya no sé estar sin ti.
Y me lo demostró despacio, toda la noche, con una entrega distinta, más honda, la de quien de verdad extrañó. Yo lo abracé fuerte, agradecida de tenerlo, de que él sí diera la cara, de que él sí me cuidara. Pero por dentro —y esto no se lo dije— traía clavada la voz de Sandra. Ten algo que sea tuyo. Para que nunca te corran de tu propia vida.
Porque yo lo quería. Con todo. Pero había aprendido, viendo a Sandra, viendo a mi mamá, que el amor de un hombre no es un techo. El amor se acaba, o cambia, o se enfría. Y una mujer necesita un piso propio debajo de los pies.
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Al día siguiente, en el camión rumbo al trabajo, con la cabeza recargada en la ventana empañada y Damián creyendo que iba pensando en él, saqué el teléfono a escondidas.
Miré un segundo hacia la calle. Y tecleé, bajito, en el buscador, las palabras que iban a empezar mi propio camino:
departamentos en venta, Ciudad Aurora.