Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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LA FINCA SAN ROMÁN Y EL PULSO PROHIBIDO
El atardecer sobre la finca San Román desplegaba un espectáculo de tonos carmesí y violeta que se extendían por los valles montañosos del sur. El complejo campestre, una propiedad histórica rodeada de viñedos privados, caballerizas de purasangre y murallas de piedra antigua, bullía en preparativos para el cumpleaños de Donato Comellas. Centenares de luces de bistró cruzaban los jardines principales, y las berlinas de lujo desfilaban una tras otra por el camino adoquinado, dejando escapar a la élite más exclusiva del país: banqueros, ministros, magnates del acero y miembros de la aristocracia empresarial más cerrada.
Dentro de una de las suites de invitados dispuestas para la familia, Verónica respiraba con una lentitud calculada, intentando mantener el ritmo cardíaco bajo control. Frente al espejo de cuerpo entero, su reflejo mostraba a una mujer impecable, enfundada en un vestido largo de alta costura en color esmeralda con una abertura lateral vertiginosa y escote cruzado. Nadie en esa inmensa fiesta sospecharía jamás el secreto que latía contra su piel.
El pequeño dispositivo inteligente, cuidadosamente ajustado en su interior, mantenía la diminuta antena flexible discretamente oculta bajo el grosor de la tela del vestido. Su teléfono celular yacía sobre el tocador, con la aplicación de control remoto abierta en segundo plano, enlazada de forma permanente a través de internet con el dispositivo móvil que Isaías llevaba en el bolsillo de su chaleco de esmoquin.
Una punzada de calor repentina la hizo estremecerse de golpe. El zumbido imperceptible del motor vibratorio se activó con una intensidad suave, un pulso rítmico de baja frecuencia que comenzó a recorrer sus terminaciones nerviosas con una precisión quirúrgica. Verónica se mordió el labio inferior con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlo, cerrando los ojos por un segundo para contener un suspiro que amenazaba con traicionar su compostura.
—Tranquila... respira Verónica —se repitió a sí misma en un susurro, obligándose a enderezar los hombros y asumir esa máscara de hielo y soberbia que tan bien sabía portar frente al mundo.
Al otro lado de la habitación, la puerta se abrió con elegancia y por ella entró Isaías. Vestía un esmoquin negro hecho a la medida, con la pajarita perfectamente ajustada y una expresión de absoluta suficiencia en el rostro. Sus ojos oscuros recorrieron la figura de su esposa de arriba a abajo, deteniéndose en el ligero temblor de sus manos y en el rubor disimulado que teñía sus pómulos.
—Veo que te queda a la perfección esposa mía —dijo Isaías con una voz barítono, ronca y cargada de una burla sutil que hizo que la temperatura en la habitación pareciera subir diez grados—. La tecnología moderna tiene maravillas insospechadas, ¿verdad? Un par de clics en la pantalla desde cualquier lugar del salón, y puedo saber exactamente cuán receptiva estás a mis castigos.
Verónica se giró lentamente, fulminándolo con una mirada cargada de un veneno tan puro que habría matado a cualquier otro hombre en el acto.
—Eres un maldito sádico, San Román —siseó ella entre dientes, acercándose a pasos firmes y controlados, sintiendo cómo el aparato volvía a zumbar con un patrón más insistente con cada paso que daba—. ¿Creer que puedes manipularme como a un juguete electrónico frente a nuestras propia familia y a los invitados de honor es tu idea de una gran victoria?
Isaías dio un paso al frente, acortando el espacio hasta acorralarla contra el borde del tocador de mármol. Su mirada brillaba con una negrura febril, una mezcla de deseo abrasador y triunfo masculino indiscutible. Con una lentitud exasperante, sacó su propio teléfono del bolsillo, lo desbloqueó con el pulgar y deslizó el dedo por la pantalla táctil.
En el instante exacto en que Isaías aumentó la intensidad del patrón a nivel medio, Verónica sintió que las piernas le fallaban. Un calambre de puro placer prohibido le recorrió el vientre, obligándola a aferrarse con ambas manos de los bordes del mueble para no desplomarse sobre la alfombra. Un gemido ahogado, desesperado y humillante escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo.
—Guarda tus fuerzas para la fiesta Verónica —murmuró Isaías contra su oído, con la respiración caliente y pesada rozando su piel—. Vas a sonreír, vas a brindar con mi padre, vas a actuar como la perfecta y fría señora San Román ante todo el país... y cada segundo que pases fingiendo, vas a sentir mis dedos controlando el ritmo exacto de tu pulso. Esa es la ley del alfa.
Con un movimiento rápido, Isaías detuvo el motor desde la aplicación, dejando a Verónica con la piel ardiendo, el pecho agitado y los ojos llenos de una furia indomable. Antes de que ella pudiera replicarle una sola ofensa, Isaías le ofreció el brazo con impecable cortesía pública.
—Es hora de bajar al jardín. Los invitados nos esperan —dijo él con una sonrisa perfecta.
Verónica respiró hondo tres veces, recompuso su postura con una elegancia sobrehumana, tomó del brazo a su esposo y cruzó el umbral de la puerta dispuesta a ganar esa partida, cuéstale lo que le cueste.