Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo VII El pacto del diablo
La casa de seguridad era una estructura de concreto frío, oculta tras una cortina de árboles espesos. Dentro, el ambiente era estéril y silencioso, iluminado solo por una lámpara de luz blanca que Andrés había colocado sobre una mesa metálica.
Daniela no perdió tiempo. Con el rostro aún manchado por la lluvia y los ojos enrojecidos, se lavó las manos con frenesí y preparó el equipo de sutura.
Leonardo estaba sentado en el borde de una cama improvisada, con el torso desnudo y la piel pálida, observando cada movimiento de la mujer que, hace apenas unas horas, lo veía como una carga y ahora era su única ancla a la realidad.
—Esto va a doler. No tengo anestesia local aquí, solo un sedante ligero que no quiero usar porque necesito que estés alerta —advirtió Daniela, con la voz más firme de lo que se sentía.
—Hazlo. He sentido dolores peores que una aguja, doctora —respondió Leonardo, sin apartar la vista de ella.
Daniela comenzó a limpiar la herida. Sus dedos rozaban su piel con una delicadeza que contrastaba con la violencia de la situación. Cada vez que él soltaba un gruñido ahogado o sus músculos se tensaban, ella se detenía un segundo, buscaba su mirada y continuaba. El silencio se volvió denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con la medicina.
—Eres increíble —susurró él de repente.
—Estoy tratando de que no te mueras, Leonardo. No es el momento para tus halagos.
—No es un halago. Es una observación. Te acaban de romper el corazón en mil pedazos y aquí estás, salvando al hombre que te metió en este lío. ¿De qué estás hecha, Daniela?
Ella se detuvo con la aguja en el aire.
Sus labios temblaron y, por un instante, la máscara de profesionalismo se agrietó. Una sola lágrima rodó por su mejilla. Leonardo, aprovechando la cercanía, levantó su mano sana y atrapó esa gota con el pulgar.
La tensión estalló. Daniela se quedó congelada, atrapada en el magnetismo de esos ojos que prometían tanto peligro como refugio. Ella iba a protestar, pero Leonardo fue más rápido. Con un movimiento fluido que ignoraba el dolor de sus puntos recién hechos, la tomó por la nuca y la atrajo hacia él. No fue un beso suave. Fue un beso con sabor a sal, a hierro y a una posesividad desesperada.
Daniela soltó un suspiro de sorpresa contra sus labios. Por un segundo, su mente gritó que aquello estaba mal, pero su cuerpo, desgarrado por la traición, respondió con una fuerza que la asustó. Se aferró a los hombros de Leonardo como quien encuentra una tabla de salvación en medio del naufragio.
Cuando finalmente se separaron, sus respiraciones se mezclaban en el aire frío.
—Te lo dije... —susurró Leonardo contra su boca—. Ahora eres parte de mi mundo. Y en mi mundo, yo siempre obtengo lo que quiero.
Daniela retrocedió un paso, con el corazón galopando y los labios encendidos.
—Terminaré de vendarte —dijo ella con la voz ronca—, y después... después hablaremos de las reglas de tu "mundo", Sterling.
Leonardo soltó una carcajada breve que le provocó una mueca de dolor, pero no dejó de sonreír. Sabía que esa noche Daniela Santos había dejado de ser la víctima para convertirse en su compañera de batalla.
—Cásate conmigo —soltó Leonardo de pronto.
Daniela lo miró, totalmente confundida.
—¿Estás bromeando? —preguntó con asombro.
—No es broma. Es la mejor manera de darles su merecido a esa familia ingrata y a ese novio traidor.
Daniela guardó silencio, procesando la propuesta. La idea de que él fuera un criminal y el hecho de que apenas lo conocía la hacían dudar.
—Entiendo tu punto, pero no nos conocemos. Sería un error garrafal hacer algo así.
Sin darle una respuesta definitiva, ella se retiró a la otra habitación. Una vez solo, Leonardo abrió el cajón de un escritorio metálico y sacó una carpeta. Al abrirla, la imagen de Daniela en una foto de gala de su graduación resaltaba sobre el papel.
—Lo siento, Daniela, pero ahora que tengo esta información, no te dejaré ir —susurró para sí mismo.
El documento detallaba su verdadera identidad: su salvadora era la hija de Benjamín Talavera, el hombre que le arrebató a sus padres. No era algo que él hubiera planeado inicialmente, pero era una pieza que utilizaría para aniquilar a sus enemigos.
Andrés entró en la oficina con el rostro endurecido.
—Está todo listo para salir a la luz —anunció—. Solo falta que consigas casarte con la hija de Talavera para ejecutar la venganza.
Andrés compartía el mismo odio; sus padres también habían muerto en aquel atentado. Ahora, el único pariente vivo que le quedaba a Leonardo era su abuelo, el patriarca de los Sterling, quien esperaba resultados desde las sombras.
—Ya di el primer paso —sentenció Leonardo—. Ahora solo debemos montar la escena necesaria para que la doctora termine aceptando.
—Me da pena por ella —admitió Andrés—. Se ve que es buena persona.
—Su sangre es su condena —respondió Leonardo. Aunque sentía algo por ella, el juramento ante la tumba de sus padres pesaba más que cualquier deseo.