Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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LA RISA DEL DIOS. ¿QUIÉN ERES?
Apenas salí del despacho, la puerta se abrió de golpe detrás de mí. Javier salió disparado, me agarró del brazo con fuerza bruta y me empujó contra la pared del pasillo, lejos de las miradas de los demás. Su cara estaba desencajada, los ojos inyectados en rabia, bajando la voz solo para que nadie más oyera, pero con un veneno que quemaba al salir.
—Escúchame bien, muchacho —siseó, apretándome con tanta fuerza que cualquier otro habría gritado—. Ese video… si de verdad existe, más te vale que desaparezca. Y ahora mismo. Porque si lo muestras, si nos manchas el nombre, te arrepentirás de haber vuelto a abrir la boca. No tienes nada. No eres nadie. Nosotros te dimos un techo, y podemos quitártelo cuando queramos. Podemos hacer que nadie te crea nunca. Que nadie te contrate. Que no tengas adónde ir. Bórralo. Olvídalo. O te haremos pagar cada palabra.
Elena apareció tras él, fría, los labios apretados en una mueca de asco, como si yo fuera algo sucio que había pisado. No gritó. Su voz fue baja, cortante, como un cuchillo afilado.
—Estás jugando con fuego, Cástor. Nosotros decidimos quién eres y qué eres aquí. Si sigues por este camino, lo perderás todo. Nadie va a creer por encima de nosotros. Piensa bien lo que haces antes de que sea demasiado tarde. Retíralo. O te destruimos.
Me soltaron al mismo tiempo, como si tocarme les diera asco. Se giraron y volvieron unos pasos, esperando que temblara. Esperando que bajara la mirada. Esperando que tuviera miedo.
Yo solo los observé.
Y sonreí.
No era una sonrisa humana. Era la sonrisa de alguien que acababa de escuchar a dos hormigas amenazarlo con aplastarlo. Serena, antigua, sin una pizca de inquietud.
—¿Destruirme? —dije, con voz tan tranquila que parecía que hablaba del tiempo.
Di un paso hacia ellos.
Javier retrocedió. No lo hizo porque quisiera. Su cuerpo simplemente entendió algo que su orgullo todavía no podía aceptar. Yo no tenía miedo de ellos. Ellos empezaban a tener miedo de mí.
—Cástor quizá habría bajado la cabeza —murmuré—. Quizá habría pedido perdón. Quizá incluso habría pensado que ustedes tenían razón. Pero Cástor no está aquí.
Mis ojos brillaron con una luz dorada, tenue pero inconfundible.
—Estoy yo.
El silencio cayó sobre el pasillo como una losa. Elena tragó saliva, pálida de golpe, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para respirar. Me miró de arriba abajo, temblando sin saber por qué, y preguntó con un hilo de voz que apenas se oyó:
—… ¿Quién… quién eres?
Sonreí de nuevo, inclinando ligeramente la cabeza, con esa calma helada que no pertenece a ningún mortal.
—¿Yo? —una pausa, breve, suficiente para que el pánico echara raíces—. No soy Cástor… Soy VUESTRO CASTIGO.
Me quedé allí un instante más, dejando que esas palabras se asentaran en sus mentes, que comprendieran que no era una amenaza vacía, sino un hecho inevitable. El aire a mi alrededor pareció espesarse, como si el propio espacio se inclinara ante algo superior. No hubo gritos, no hubo violencia: solo la certeza fría de que su tiempo de impunidad se había agotado para siempre. Di media vuelta sin prisa, caminando por el pasillo desierto, mientras ellos dos permanecían clavados en el sitio, sin poder moverse, sabiendo que acababan de despertar algo que jamás podrían volver a dormir. Y mientras me alejaba, supe que cada paso que daba era el principio de su fin.