Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Su decisión
Mattheo
La pregunta me deja inmóvil.
Cloe.
¿Me ama?
No tengo idea.
Nunca tuvimos esa conversación. Nunca nos permitimos llegar hasta ahí.
—No lo sé.
Y por primera vez desde que comenzó esta pelea, me siento completamente perdido.
—Nunca hablamos de eso.
Fabiano me mira como si fuéramos los dos mayores idiotas de Italia.
—¿Años acostándose y nunca hablaron?
—Ya te dije cómo era.
—Una estupidez.
—Sí.
—¿Y ahora?
Mis ojos regresan a la puerta.
—Ahora no me importa si nunca me ama.
Fabiano vuelve a mirarme.
—¿Qué?
Bajo la voz.
No quiero que Cloe escuche esto. No quiero ponerle nada encima.
—No necesito nada de ella. No necesito que me toque. No necesito que me bese. No necesito que vuelva a mirarme como antes. —Mi mandíbula tiembla—. Solo necesito que vuelva a estar bien.
Fabiano permanece en silencio.
Su rabia no desaparece. Pero algo cambia.
Lo veo.
—Está embarazada —dice.
Cierro los ojos.
—Lo sé.
—De Lucio.
Todo mi cuerpo se tensa.
—Lo sé.
—Y va a quedarse con el bebé.
Abro los ojos.
—¿Está segura de eso?
—Sí.
Miro la puerta.
Cloe va a tener ese bebé.
Un hijo de Lucio.
No siento rechazo.
Solo puedo pensar en lo aterrada que debe estar. En todo lo que significa para ella.
—Entonces la ayudaremos.
Fabiano me observa.
—¿La ayudaremos?
—Sí.
—¿También vas a decidir eso por ella?
La rabia vuelve a encenderse.
—No. Pero si me permite estar ahí, voy a estar.
—¿Aunque ese niño sea de Lucio?
Ni siquiera necesito pensar la respuesta.
—Es hijo de Cloe.
Me callo un segundo.
Mi cuerpo entero se tensa.
—Eso es suficiente —agrego.
Fabiano me mira.
Algo pasa por su rostro. Después camina hasta el ventanal al final del pasillo.
Lo sigo.
—Lucio va a venir por ella.
—Que venga.
—No seas imbécil.
—No tengo miedo de él.
—No estoy hablando de ti. —Mira hacia la puerta—. Cloe no puede vivir aquí rodeada de guardias el resto de su vida.
No respondo. Tiene razón.
Odio que tenga razón.
—Necesito sacarla del alcance de Lucio.
—Entonces sácala de Italia.
Fabiano gira hacia mí.
—¿Adónde?
La respuesta sale antes de que pueda detenerla.
—Conmigo.
Su cuerpo vuelve a tensarse.
—Ni lo sueñes.
—Fabiano.
—Acabo de enterarme de que llevas años acostándote con mi hermana y ahora quieres llevártela.
—Quiero protegerla.
—Yo puedo protegerla.
—Aquí no. —Sé que le duele. Pero es la verdad—. La Corona es el primer lugar donde Lucio va a buscar.
Fabiano aprieta los dientes.
Tengo una opción. Una que llevo meses rechazando… Por ella.
—Podemos vivir en Nueva York. Papá lleva meses queriendo que me encargue de la sucursal de Lusso en Nueva York, pero yo…—Bajo la mirada—. No podía alejarme de Cloe.
—¿Podemos? —pregunta molesto.
Suspiro.
—Ella y yo, si ella quiere.
Fabiano permanece en silencio.
Sé exactamente lo que está pensando. No puede simplemente entregármela… Y no se lo estoy pidiendo.
—No puedo simplemente mandarla contigo.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces ¿qué propones?
Me callo.
No tengo una solución perfecta. Solo sé que aquí no puede quedarse eternamente.
Fabiano también parece estar pensando.
—Si Cloe se va contigo —dice lentamente—, Lucio seguirá buscándola.
—Sí.
—A menos que crea que ya no puede reclamarla.
Lo miro.
Sé exactamente dónde está llegando.
No.
—Fabiano...
—No.
Frunzo el ceño.
—Alessia cree que hay una manera de hacerlo.
—¿Cuál?
Me mira.
—Que Cloe pase a formar parte de otra familia.
No me muevo.
No.
No puede estar diciendo...
—¿Estás hablando de...?
—Matrimonio.
La palabra cae entre nosotros como una granada.
—No.
Fabiano parece sorprendido.
—¿No?
—No así.
—¿Qué significa eso?
—Que no voy a casarme con Cloe porque tú necesitas mover una pieza en un tablero.
Frunce el ceño.
—Hace diez segundos querías llevártela contigo.
—Porque quiero mantenerla viva.
—¿Y casarte con ella no?
—No si ella no quiere.
Eso lo calla.
Doy un paso hacia él.
—Ya le quitaron demasiado, Fabiano. —Bajo la voz—. No voy a ser otro hombre diciéndole qué tiene que hacer con su vida. —No responde—. Pero si ella acepta... —Miro la puerta—. Si Cloe decide que quiere hacerlo... —Trago saliva—. Me casaría con ella mañana. —Su expresión cambia—. No porque sea una obligación. —Lo miro—. Ni porque esté embarazada.
—¿Entonces?
Una sonrisa triste amenaza con aparecer.
—Porque llevo demasiado tiempo queriendo pedirle algo que nunca tuve los huevos de pedirle.
Fabiano no pregunta.
Mejor. Hoy no tengo ganas de explicarle todo.
—Si hacemos esto, el niño será mío.
Su cabeza gira.
—¿Qué?
—Para todo el mundo será mi hijo. Si nos casamos ahora, cuando nazca ese niño nadie tendrá motivos para pensar que es de otro hombre. Será un Farina.
Fabiano me observa.
—¿Estás dispuesto a reconocer como tuyo al hijo de ese hijo de puta?
Lo miro. ¿De verdad sigue sin entender?
—Ya te lo dije. Es hijo de Cloe. Eso me basta. Y si hacemos esto, nadie tiene por qué saber que es de otro hombre. Ni Lucio. Ni La Sagrada Familia. Ni mi familia.
—Nosotros lo sabremos.
—Sí.
—Cloe lo sabrá.
El dolor me atraviesa.
Porque sé que ella lo sabrá.
Y sé que eso puede destruirla.
—Voy a pasar el resto de mi vida asegurándome de que ese niño jamás pague por eso.
Fabiano mira hacia la habitación.
—Voy a hablar con ella.
Niego.
—No.
Su temperamento vuelve inmediatamente.
—Es mi hermana.
—Y es mi...
Me detengo.
Mierda.
Fabiano entrecierra los ojos.
—¿Tu qué?
Le sostengo la mirada.
Mi mujer.
Mi Cloe.
Mi princesa.
Las palabras están ahí. Pero ninguna me pertenece todavía.
—Nada.
Su expresión se endurece.
—Eso pensé.
—No. —Doy un paso—. No entendiste. No soy nada suyo hasta que Cloe decida que lo soy.
Fabiano me observa en silencio.
Durante varios segundos no sé qué está pensando. Pero algo cambia.
Su rabia ya no tiene exactamente la misma forma.
Mira la puerta.
—No voy a pedírselo yo —digo.
Vuelve a mirarme.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo aceptaría cualquier cosa con tal de sentirse segura. —Mi voz amenaza con romperse—. Y no pienso aprovecharme de eso.
Fabiano me observa durante un largo momento.
Por primera vez desde que salimos de la habitación ya no parece estar pensando en golpearme.
O al menos no tanto.
—Entonces hablaremos con ella juntos —dice.
Asiento.
—Y si dice que no... —empieza.
—Buscamos otra forma.
—¿Aunque eso signifique perderla?
La pregunta me atraviesa.
Miro hacia la puerta.
Cloe está ahí. A unos metros.
Viva.
Eso debería ser suficiente. Tiene que ser suficiente.
—Si decir que no es lo que necesita para recuperar su vida... —No aparto los ojos de la puerta—. Entonces apoyaré su decisión.
Fabiano se queda observándome.
No sé qué encuentra en mi rostro. No sé qué piensa. Pero su expresión vuelve a cambiar.
La hostilidad sigue ahí.
La traición también.
Probablemente todavía quiera romperme la cara por haberle ocultado durante tres años lo que ocurría con su hermana.
Pero ya no me mira exactamente igual.
Sus ojos van hacia la puerta de Cloe y después vuelven a mí.
Es la primera vez que no veo en su rostro únicamente al hermano que quiere matarme.
Veo a mi mejor amigo intentando decidir qué hacer conmigo.
Supongo que por ahora eso bastará.
la muerte de Lucio 🤔aunque aún debemos esperar el nacimiento de una niña muy bella 🎉🎉🎉
🥺superarás todo lo que te hizo ese animal
yo la más paranoia haciéndome conclusión 🤭🤭