Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 18
La noche envolvía la casa en un silencio suave, solo roto por el murmullo de sus respiraciones y el roce de sus pieles. Las velas ya se habían consumido casi por completo, y la luz de la luna se filtraba por las cortinas, bañando la habitación con un resplandor plateado y delicado. No había prisa, ni miedo, ni miradas que vigilaran. Solo estaban ellos dos, entregándose el uno al otro con una intensidad que los desbordaba, mucho más profunda y real de lo que ninguno se había atrevido a imaginar.
Lorenzo la sostenía entre sus brazos con una mezcla de ternura y pasión desbordada, besándola despacio, como si quisiera grabarse cada rincón de su cuerpo en la memoria. Y Ottavia se entregaba a él sin reservas, sintiendo cómo cada caricia, cada beso, cada suspiro los unía más allá de cualquier regla que hubieran podido poner al principio.
—Eres todo lo que quiero —le susurró él con la voz ronca de emoción, acercando sus labios a su oído—. No hay nadie más. Solo tú.
Ottavia lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo el corazón se le desbordaba, y respondió con sinceridad absoluta: —Y tú eres mi mundo ahora. No sabía que se podía sentir así… tan completa, tan viva, tan deseada.
Cuando se movieron juntos, fue con la respiración al mismo ritmo, como si sus cuerpos hubieran nacido para encajar el uno en el otro. La línea que habían trazado —sin sentimientos, sin promesas, sin futuro— se desdibujaba por momentos, tan tenue que casi no existía. Lo sentían ambos, en cada mirada larga, en cada roce más suave, en la forma en que se buscaban no solo con el cuerpo, sino con el alma. Pero ninguno se atrevía a decirlo en voz alta, como si pronunciarlo pudiera romper el hechizo, como si nombrarlo lo hiciera demasiado real y demasiado peligroso a la vez.
—Mírame —le pidió Lorenzo, y sus ojos oscuros la miraban con una devoción que la hacía temblar—. No te escondas. Déjame ver todo lo que sientes.
Ella lo miró y vio en él algo que iba mucho más allá del deseo: cariño, respeto, una conexión que no se puede fingir. —Te estoy viendo —respondió con voz temblorosa pero clara—. Y no me aparto. No quiero perderme ni un segundo de esto.
Se besaron entonces con una pasión que venía de mucho más abajo que el cuerpo, desde lo más profundo de sus seres, sellando con ese beso algo que ninguno había planeado pero que ambos sentían crecer sin control. Sabían que afuera el mundo seguía girando, que la realidad los esperaba con sus problemas, sus juicios y sus obligaciones. Pero allí, en esa noche que les pertenecía, decidieron dejar todo eso fuera. No había Nereo, ni negocios, ni secretos. Solo ellos dos, viviendo el momento como si fuera lo único que existiera.
—Quédate conmigo —le dijo él, acariciándole el rostro con infinita suavidad cuando por fin se detuvieron, abrazados y sin fuerzas para separarse—. Solo esta noche. No pienses en nada más. Solo en nosotros.
—Me quedo —respondió ella recostando la frente contra la suya—. No me iré a ninguna parte. No mientras me necesites. Y te necesito… más de lo que me atrevo a confesar.
Se quedaron así, entrelazados, compartiendo el calor de sus cuerpos y la paz que solo encontraban juntos. Ambos sabían que algo había cambiado, que las reglas ya no servían igual, que el corazón había tomado el mando sin pedir permiso. Pero en lugar de asustarse, se permitieron disfrutarlo. Porque sabían que al día siguiente, o al otro, la realidad volvería a llamar a su puerta. Y mientras tanto… mientras durara la noche, eran libres de amar.
—No preguntaré qué somos —susurró Lorenzo besándole la mano—. No te pediré respuestas que no podemos dar. Solo… déjame quererte mientras pueda.
Ottavia apretó los ojos y lo abrazó con todo lo que tenía: —Y déjame ser querida. Eso es todo lo que pido. Solo esto. Solo ahora.
Y bajo la luz de la luna, se quedaron dormidos juntos, sabiendo que la línea se había cruzado y que ya no había vuelta atrás. Pero por esa noche, no importaba. Solo importaba que estaban ahí, el uno para el otro, completos y sin arrepentimiento.
—¿Sabes? —le dijo Lorenzo muy bajito, abrazándola con toda su fuerza mientras sus respiraciones se iban calmando—. Las reglas que pusimos… cada vez me cuesta más recordarlas. Porque lo que siento por ti no cabe en ellas.
Ottavia le acarició el rostro con dulzura, sintiendo el corazón llenarse de algo que no podía nombrar pero que sentía con toda su alma. —A mí también. Pero no hablemos de eso ahora. No rompamos lo que tenemos con palabras. Solo vivamos. Mientras dure.
Él la besó en la frente y la apretó más contra sí. —Entonces no digamos nada. Solo querernos. Y que el tiempo se detenga aquí, entre tus brazos. Donde todo es perfecto.