Morí una vez intentando salvar una vida. No pienso morir una segunda vez por culpa de unos traidores.
Cuando Saray Lagranh reencarna como Kaileris Enthal, la villana destinada a ser ejecutada en una novela que había leído, descubre que la verdadera culpable era su mejor amiga y que su prometido jamás estuvo de su lado.
Conociendo su trágico final, decide cambiar su destino de la forma más escandalosa posible.
"¿Mi ex prometido y mi ex mejor amiga me convirtieron en la villana? Perfecto. Entonces voy a convertirme en la mujer más influyente de este imperio. Y si para lograrlo termino casándome con el padre de mi ex prometido, mejor aún."
Entre intrigas nobles, planes de venganza, animales rescatados y una protagonista tan inteligente como sarcástica, Kaileris está decidida a demostrar que la mejor venganza no es destruir a tus enemigos...
Es convertirte en la persona que jamás podrán superar.
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Ay, por favor. ¿"Mendigando la atención"?
—Ay, por favor. ¿"Mendigando la atención"? Señoras, anoche casi fui cenada arriba de la mesa de roble de su jefe supremo mientras él me sostenía las caderas. Si esto es mendigar, no quieren saber lo que es tener presupuesto completo —solté con una naturalidad pasmosa, rompiendo el aire acondicionado del invernadero de cristal.
Ladeé la cabeza, ensanchando una sonrisa completamente sarcástica y provocadora al ver las caras de piedra de todas las presentes, y me llevé una mano a la mejilla con fingida sorpresa:
—¡Ups! Perdón... ¿lo pensé o lo dije?
Detrás de mí, sentí la imponente presencia del Duque Carsont tensarse por un milisegundo antes de que una reaction completamente inesperada sacudiera el pomposo salón. Xilian no se contuvo. Una risa ronca, baja y cargada de una diversión genuina y salvaje brotó de su pecho, resonando con fuerza por encima del silencio sepulcral de la corte. Su mano, que seguía firme en mi cintura, me jaló un poco más hacia su cuerpo, mientras sus ojos rojos brillaban con un orgullo descarado. Al General de Sangre le importaba un bledo la etiqueta imperial; ver a su prometida escandalizar a toda la aristocracia con semejante nivel de desparpajo moderno era el mejor espectáculo que había presenciado en años.
Pero la verdadera joya de la corona fue la reacción en la mesa principal. La Emperatriz viuda, conocida por su severidad inquebrantable, no dijo una sola palabra. Sin embargo, tras la conmoción inicial, ocultó sutilmente la comisura de sus labios detrás de su abanico de marfil y sonrió por lo bajo. La anciana soberana, harta de la sumisión fingida y los aburridos halagos de las jóvenes de la corte, pareció encontrar deliciosamente refrescante mi absoluta falta de vergüenza aristocrática.
El silencio que siguió a mi confesión y a la risa de Xilian fue tan denso que casi se podía saborear el té de jazmín rancio de la hipocresía aristocrática. Sabell me miraba desde la mesa imperial como si le hubiera dado un ataque cardíaco en plena juventud, sosteniendo su taza con la punta del dedo meñique rígidamente levantada en el aire, completamente congelada y roja de la pura humillación.
Xilian dio un paso al frente, calmando su risa pero manteniendo esa mirada lobuna y peligrosa que hizo que la marquesa que había abierto la boca en primer lugar tragara saliva con tanta fuerza que casi se ahoga. El rostro del Duque volvió a ser una máscara de absoluta indiferencia criminal; ni siquiera se dignó a mirar a la mujer que había hablado, tratándola como el insecto insignificante que era.
—Su Majestad Imperial —saludó Xilian, haciendo una inclinación de cabeza impecable y militar ante la Emperatriz viuda, ignorando por completo al resto del gallinero—. Presento ante usted a Lady Kaileris Enthal, mi prometida y futura Duquesa de Carsont. Espero que su reunión de té sea lo suficientemente... entretenida para ella.
La Emperatriz viuda entornó sus ojos gélidos, recuperando la compostura y recorriéndome con la mirada. Se detuvo exactamente tres segundos en el rubí de sangre que destellaba en mi cuello. Un mensaje silencioso pero directo: el lobo alfa me había entregado el tesoro de la corona familiar.
—Duque Carsont —respondió la anciana soberana con una voz que sonaba como cristales rompiéndose—. No esperábamos que su elección de esposa fuera tan... apresurada. Especialmente después de los recientes escándalos que involucraron a su propio heredero.
Antes de que Xilian pudiera responder con su habitual frialdad militar, me adelanté sutilmente, dando un paso al frente con una gracia felina y desplegando mi abanico de plumas negras con un golpe seco. Decidí aplicar una de mis técnicas de toda la vida para desarmar idiotas: la sonrisa pasivo-asistencial de atención al cliente.
—La verdadera eficiencia siempre parece apresurada ante los ojos de quienes caminan despacio, Su Majestad —dije, arrastrando las palabras con un tono dulce y peligrosamente sarcástico—. En cuanto a los escándalos... los jóvenes cachorros suelen cometer errores cuando no tienen una mano firme que los guíe. Por suerte para la casa Carsont, el Duque ha decidido buscar una presencia madura e inteligente para poner orden en el hogar.
Sabell se puso rígida en su asiento, el color rosa de sus mejillas combinando perfectamente con su vestido chillón de una forma nada favorecedora.
—¡Lady Kaileris! —interrumpió Sabell, perdiendo un poco los papeles ante la mirada de las demás nobles—. ¿Te atreves a hablar de orden cuando fuiste tú quien causó una escena en el festival? Selius simplemente se dio cuenta a tiempo de qué clase de mujer eras y prefirió buscar la pureza. El ducado no necesita a una intrusa jugando a ser madre.
Solté una carcajada suave, un sonido melodioso y burlón que resonó por todo el invernadero de cristal, ganándome las miradas horrorizadas de la corte, que no estaba acostumbrada a que alguien se riera en sus estúpidas caras.
—¿Pureza, Lady Sabell? —pregunté, ladeando la cabeza y mirándola de arriba abajo con absoluta diversión—. Oh, claro. Si por pureza te refieres a recolectar las sobras que yo misma deseché en el basurero de mi pasado, entonces te felicito. Haces una excelente labor de caridad reciclando lo que a mí ya no me sirve.
Varias de las jóvenes damas de compañía de la Emperatriz soltaron jadeos ahogados, cubriéndose la boca con sus abanicos. Sabell abrió la boca como un pez fuera del agua, idéntica a Selius la noche anterior. El parecido en su falta de capacidad argumentativa era casi tierno.
—¡Tú...! ¡Eres una desvergonzada! —siseó Sabell, levantándose a medias de su silla, perdiendo toda la etiqueta real.
—Señoritas, por favor —intervine, dando un paso más hacia la mesa principal, usando mi mejor tono de superioridad—. Mantengan la compostura. Estamos en presencia de la Emperatriz viuda. No querrán que Su Majestad piense que el nivel de la joven nobleza ha caído tan bajo como para armar un berrinche de mercado por un simple comentario de té.
La Emperatriz viuda soltó un pequeño carraspeo, y aunque su rostro volvió a mostrarse severo, un destello de genuina curiosidad brilló en sus ojos. Miró a Sabell con dureza, obligándola a sentarse de inmediato con el rostro encendido de rabia.
—Lady Kaileris tiene razón en algo, Lady Sabell —sentenció la Emperatriz, tomando un sorbo de su taza—. El autocontrol es la primera regla de una dama. Si no puedes soportar una réplica en una conversación de té, entonces no estás lista para los salones imperiales.
Miré a Sabell y le dediqué una guiñada de ojo sutil, acompañada de una sonrisa letal que terminó de sacarla de sus casillas.
Sentí la presencia pesada y cálida de Xilian justo detrás de mí. Su mano se posó firmemente en la curva de mi cintura, un gesto posesivo que no pasó desapercibido para nadie en el salón. Me pegué sutilmente a su costado, disfrutando del poder que emanábamos juntos.
—Si me disculpa, Su Majestad —habló Xilian, su voz profunda acariciando mi nuca mientras se dirigía a la soberana—. Mi prometida aún debe probar los bocadillos del ala norte. No me gustaría que el veneno de este salón le arruine el apetito.
—Vayan —concedió la Emperatriz con un sutil movimiento de mano—. La tarde apenas comienza, Duque.
Xilian me guió de espaldas a la mesa, pero antes de alejarnos por completo, me incliné hacia atrás, lo miré hacia arriba y murmuré con total sarcasmo:
—Vaya, General... creo que su cachorro y su nueva mascota van a necesitar que les recojan los pedazos del orgullo después de esto. ¿Le cobro el favor por adelantado?
Xilian volvió a soltar una risa ronca y baja que me vibró en la cintura, apretándome más contra su cuerpo mientras caminábamos hacia los jardines privados.
—Cobra lo que quieras, Kaileris. El presupuesto del ducado es todo tuyo si sigues destrozando a los que quieran intervenir con esa hermosa y venenosa boca.
la belleza cuesta y es doloroso /CoolGuy/