La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 7 — Las Llamas de la Injusticia
La noticia sobre la tradicional hoguera de la Luna Llena se esparció por toda la manada.
Todos participaban de aquella celebración.
Música.
Comida.
Historias antiguas.
Una noche creada para fortalecer los lazos entre los miembros de la manada.
Para Ayla, sin embargo, aquello parecía apenas una oportunidad más de ser observada y juzgada.
Casi rechazó la invitación.
Pero Magnus insistió.
—No puedes esconderte para siempre.
Entonces fue.
Al llegar al gran campo, encontró decenas de lobos reunidos alrededor de la enorme hoguera.
Los cinco herederos estaban allí.
Selena también.
Como siempre.
La joven llevaba un vestido blanco sencillo y recibía toda la atención que deseaba.
Ayla decidió mantenerse a distancia.
Cuanto menos contacto tuviera con Selena, mejor.
O al menos era lo que imaginaba.
Horas después, la celebración seguía animada.
Algunos jóvenes bailaban.
Otros contaban historias.
Ayla estaba cerca de la hoguera conversando con una curandera anciana cuando oyó a alguien llamar su nombre.
—¡Ayla!
Era Selena.
La protagonista cerró los ojos por un segundo.
Ya sabía que aquello no terminaría bien.
—¿Qué pasa?
Selena se acercó sonriendo.
—¿Podemos hablar?
—Aquí mismo.
La sonrisa de la otra vaciló.
—Solo quería hacer las paces.
—Ya lo intentaste antes.
—Y tú no me creíste.
Ayla se cruzó de brazos.
—Porque era mentira.
Por un instante, el rostro de Selena se endureció.
Pero la máscara volvió rápidamente.
—Me odias de verdad.
—No te odio.
—¿Entonces por qué siempre me estás acusando?
Ayla soltó una risa sin humor.
—Porque siempre estás tramando algo.
Los ojos de Selena brillaron.
Como si estuviera esperando exactamente esa respuesta.
Al instante siguiente, todo pasó muy rápido.
Selena dio un paso atrás.
Otro.
Y otro más.
Hasta tropezar cerca de la hoguera.
Entonces soltó un grito.
Su vestido rozó una brasa.
Las llamas subieron rápidamente por el borde de la tela.
—¡Socorro!
El pánico se esparció por el campo.
Varios lobos corrieron.
Darius fue el primero en alcanzarla.
Kael arrancó su abrigo y apagó el fuego.
Lucien le examinó las piernas.
Selena lloraba desesperadamente.
—Me estoy quemando...
—Está todo bien —dijo Lucien.
—¡No está todo bien!
Señaló a Ayla.
—¡Ella hizo esto!
El silencio cayó sobre el campo.
Ayla sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué?
—¡Tú me empujaste!
—No te empujé.
—Yo solo quería hablar...
Las lágrimas resbalaban por el rostro de Selena.
—¿Por qué me haces esto?
Finn lanzó una mirada furiosa a Ayla.
—Basta.
—¡Yo no hice nada!
—Las vimos discutiendo.
—¡Discutir no significa empujar a alguien al fuego!
Kael se acercó.
Su expresión estaba más fría que nunca.
—¿Cuántas veces va a pasar esto?
—¡Porque ustedes siguen creyéndole a ella!
Empezaron los murmullos.
Miembros de la manada observaban la escena.
Una vez más.
Siempre la misma historia.
Siempre Selena llorando.
Siempre Ayla acusada.
—Tienes que aprender una lección —dijo Darius.
Ayla abrió mucho los ojos.
—¿Qué significa eso?
Ninguno de ellos respondió de inmediato.
Lo que la asustó aún más.
Entonces Finn tomó una antorcha.
—Si te parece tan divertido lastimar a los demás...
—¡Finn, no!
Ayla retrocedió.
Pero era tarde.
El heredero acercó la llama al borde de su vestido.
La tela se prendió fuego.
Los gritos resonaron por el campo.
—¡Paren!
Ayla trató de apagar las llamas.
Pero subieron rápidamente.
El calor alcanzó su piel.
El dolor vino enseguida.
Intenso.
Brutal.
Desesperante.
—¡Ayla! —rugió Magnus.
El Alfa surgió entre la multitud.
Su aura estalló por el campo.
Varios lobos retrocedieron de inmediato.
Arrancó su propio abrigo y sofocó las llamas.
Pero el daño ya estaba hecho.
Ayla cayó de rodillas.
Su cuerpo temblaba.
La respiración le salía en pequeños sollozos.
Magnus palideció al ver las quemaduras.
—¡Llamen a los curanderos!
¡Ahora!
Lucien se acercó.
El rostro había perdido todo el color.
—Yo...
—¡No la toques!
El rugido de Magnus hizo que el heredero se congelara.
Todos se quedaron inmóviles.
Hasta los cinco herederos parecían conmocionados.
Como si solo en ese instante hubieran percibido la gravedad de lo que habían hecho.
Ayla apenas lograba mantener los ojos abiertos.
El dolor lo consumía todo.
El mundo parecía distante.
Borroso.
Confuso.
Entonces oyó la voz de Luna.
Su loba.
Débil.
Pero presente.
—Aguanta firme.
—Estoy cansada...
—Lo sé.
Magnus la tomó en brazos.
Con extremo cuidado.
Como si ella pudiera romperse.
—Hospital de la manada —ordenó.
—De inmediato.
Los guerreros abrieron paso.
La multitud se apartó.
Y mientras la llevaban lejos de la hoguera, Ayla reunió sus últimas fuerzas para mirar atrás.
Kael.
Darius.
Rowan.
Lucien.
Finn.
Los cinco permanecían inmóviles.
Observando su partida.
Sin percibir que acababan de destruir un pedazo más de la confianza que aún quedaba entre ellos.
Y esta vez...
Tal vez no había vuelta atrás.