Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Diferencia
Cloe
Nunca había escuchado mi nombre sonar así en su boca.
Nunca.
Abro los ojos.
Él también.
Nos miramos desde una distancia absurda.
Podría contar cada pestaña.
—No digas nada —susurro.
Porque si habla, esto se vuelve real.
Si hablamos tendremos que preguntarnos qué demonios estamos haciendo. Qué significa. Y por qué llevamos tres años evitando precisamente esto.
Mattheo acaricia mi mejilla con el pulgar.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
—Bien.
Ninguno se mueve.
—Farina...
—¿Sí?
—Bésame otra vez.
Algo cambia en sus ojos.
Su expresión se vuelve tan intensa que durante un segundo olvido cómo respirar.
—Ven aquí, princesa.
Su boca vuelve a la mía. Y esta vez no hay vuelta atrás.
No sé cuánto tiempo nos besamos.
Minutos.
Horas.
No importa.
Por primera vez desde que empezamos con esto, no estoy pensando en llegar a ninguna parte.
No estoy esperando placer.
No estoy intentando provocarlo.
No estoy pensando en qué hacer después.
Solo quiero su boca.
Sus manos recorren mi espalda lentamente. Tan lentamente que siento cada centímetro.
Yo hago lo mismo.
Paso mis dedos por su mandíbula. Su cuello. Sus hombros.
Lugares que he tocado cientos de veces. Pero ahora se sienten diferentes.
Él se siente diferente.
O quizá soy yo.
Mattheo me hace retroceder hasta que mi espalda choca con el colchón.
Me río contra su boca. Él también.
—Esto está mal —murmuro.
—Terriblemente.
Me besa otra vez.
—Estamos rompiendo nuestra regla.
—Siempre he odiado esa regla.
—Tú aceptaste esa regla.
—Era joven e idiota.
Suelto una carcajada.
—Fue hace tres años.
—Exactamente. Un niño.
—Pobre de ti.
—He sufrido mucho.
—Se nota.
Me besa para hacerme callar.
Sonrío contra sus labios.
Y entonces la sonrisa desaparece. Porque vuelve a mirarme de esa forma. Como si yo fuera algo más. Algo que no sé cómo ser.
Su mano recorre lentamente mi rostro. Me aparta un mechón de cabello.
—Eres hermosa.
Frunzo el ceño.
Mattheo me ha dicho cosas peores.
Más sucias.
Muchísimo más gráficas.
Pero nunca esto.
No así.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Ponerte raro.
Sonríe apenas.
—Estoy intentando decirte que eres hermosa.
—Ya sé que soy hermosa.
—Qué humilde.
—Una de mis mayores virtudes.
Se ríe.
Y Dios... Lo quiero.
El pensamiento aparece tan rápido que no consigo detenerlo.
Lo quiero.
No sé desde cuándo.
No sé de qué manera.
No sé cuánto.
Pero quiero a Mattheo Farina.
Muchísimo.
Y eso es aterrador.
Así que lo beso antes de que mi cerebro pueda seguir avanzando por ese camino.
Él responde inmediatamente. Pero algo ha cambiado.
No hay prisa. No esta vez.
Todo lo que hacemos esta vez parece una elección.
Cada beso.
Cada caricia.
Cada vez que nuestras miradas se encuentran.
No aparta los ojos de mí. Y yo tampoco de él.
Nunca había notado cuánto evitábamos mirarnos antes.
Durante el sexo siempre había ruido.
Provocaciones.
Órdenes.
Risas.
Gemidos.
Una competición absurda para ver quién hacía perder primero el control al otro.
Ahora apenas hablamos.
No lo necesitamos.
Su frente toca la mía. Sus dedos se entrelazan con los míos.
Y cuando volvemos a encontrarnos, lo entiendo.
Esta vez no es sexo.
La certeza me golpea con tanta fuerza que tengo que cerrar los ojos.
Mierda.
Mattheo besa mi mejilla.
Después mi mandíbula.
Regresa a mi boca.
—Mírame —susurra.
Niego.
—Princesa.
—No.
—Cloe.
Abro los ojos.
Y ahí está. Mi mejor amigo.
El hombre con quien llevo tres años acostándome.
El hombre al que jamás debía besar.
Mirándome como si estuviera sintiendo exactamente el mismo miedo que yo.
Acaricio su rostro.
Mattheo gira ligeramente la cabeza y besa el centro de mi palma.
Mi garganta se cierra.
—No hagas eso tampoco.
—¿Ahora qué hice?
—Ser lindo.
—¿No puedo ser lindo?
—No conmigo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Perfecto.
Sonríe.
—Estás asustada.
—Cállate.
—Estás aterrada, princesa.
—Farina...
—¿Sí?
Lo atraigo hacia mí.
—Bésame.
Lo hace. Y esta vez dejo de pensar.
Dejo de preguntarme qué significa.
Dejo de recordar las reglas.
Dejo de imaginar qué diría Fabiano si supiera que estoy aquí.
Solo siento.
A Mattheo.
Sus labios.
Sus manos.
La forma en que pronuncia mi nombre contra mi piel como si fuera algo precioso.
Y por primera vez en tres años no hacemos lo que siempre hacemos.
No es rápido.
No es una provocación.
No es una competencia.
No hay distancia entre nosotros.
Nos besamos durante todo.
Nos miramos.
Nos reímos bajito cuando chocamos nuestras narices.
Nos aferramos el uno al otro como si separarnos fuera imposible.
Y cuando finalmente escondo mi rostro contra su cuello, con el corazón golpeándome tan fuerte que parece querer escapar de mi pecho, una certeza aterradora se instala dentro de mí.
Esta noche no tuvimos sexo.
Esta noche hicimos el amor.
Y sé que ninguno de los dos está preparado para afrontar esa diferencia.