Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
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LA MÁSCARA DE CRISTAL Y EL BANQUETE DE LAS SOMBRAS
La victoria de Amelia frente a Sebastián no fue solo una cuestión de estrategia corporativa; fue un ejercicio de control absoluto. Había logrado que el hombre que todos temían actuara como su guardaespaldas personal, movido por un sentido de protección que ella misma había cultivado con precisión quirúrgica. Sin embargo, en el mundo que Amelia habitaba, el descanso era un lujo prohibido. La eliminación de Carlos Vargas del tablero de juego de Sebastián solo había despejado la superficie; las raíces del problema, representadas por la ambición desmedida de Patricia Montero y la vieja guardia de los socios de Don Romano, seguían activas.
Esa noche, en un club privado que funcionaba como un búnker para la élite del bajo mundo, Amelia se reunió con Bruno Ríos y un informante de la red de puertos. No vestía el traje de CEO impecable, sino una chaqueta de cuero negra y un semblante que destilaba una frialdad absoluta. Aquí, no había "Tiburón" de negocios, solo "El Demonio".
—Los clanes del este están inquietos —informó Bruno, manteniendo su habitual guardia alta—. Han notado que estamos consolidando la influencia en el puerto bajo una fachada legal de refinerías. Creen que estás abandonando la organización para jugar solo con los peces gordos de la economía formal.
Amelia observó el mapa de rutas marítimas proyectado en una mesa de cristal.
—Es natural que duden. Llevo años diciéndoles que la verdadera riqueza no está en mover paquetes por la noche, sino en controlar quién autoriza el movimiento legal de esos paquetes durante el día. Si quieren una demostración de poder, se la daremos, pero no será con armas, será con números.
En ese momento, el teléfono de Amelia vibró con una notificación que la sacó de su trance gélido. Era un mensaje de Sebastián Ferrer. «He estado pensando en tu último comentario sobre las traiciones en mi propia casa. Necesito pruebas. Mañana en mi despacho. No es una petición, es una necesidad».
Amelia suspiró. Sebastián no solo era astuto; era implacable. Había comenzado a investigar por su cuenta, y pronto se daría cuenta de que las "pruebas" que ella le había dado para destruir a Carlos eran solo la punta del iceberg.
—Bruno, prepara la documentación falsa sobre el desvío de fondos de la sociedad de inversiones de Bárbara. Que las pistas apunten a la conexión real con Patricia Montero. Si Sebastián quiere pruebas, se las daremos. Pero él mismo tendrá que decidir si quiere ver la verdad que destruirá su matrimonio o si prefiere seguir viviendo en la mentira de su estatus social.
Al día siguiente, la reunión en la torre Ferrer fue cargada de una electricidad oscura. Sebastián lucía ojeras profundas, señal de que no había dormido analizando cada dato que ella le había proporcionado días atrás. Cuando Amelia entró, él no se levantó. Se limitó a señalar la silla frente a él con un gesto seco.
—Me has dado el control de un juego que no pedí jugar, Amelia —dijo él, sin rodeos—. He descubierto que mi esposa tiene deudas que no solo comprometen nuestra fortuna, sino la integridad de mi conglomerado. ¿Por qué me lo diste? ¿Por qué me ayudaste a ver lo que me negaba a aceptar?
—Porque un socio fuerte es más valioso que un aliado ciego, Sebastián —respondió ella, sentándose con una calma que desmentía el peligro en el que se encontraba—. No te ayudé por caridad. Te ayudé porque no puedo permitir que una mujer superficial y un oportunista como Carlos Vargas arruinen el contrato que tanto nos ha costado consolidar.
Sebastián la miró fijamente, buscando una fisura en su máscara.
—A veces me pregunto quién eres realmente. A veces creo que eres la persona más ética que he conocido y, al segundo siguiente, me pregunto si eres capaz de quemar este edificio conmigo adentro si eso te garantiza el control absoluto.
Amelia se permitió una sonrisa casi imperceptible.
—Esa es la pregunta que mantiene a la gente despierta por las noches, Sebastián. Pero no te engañes. Lo que ves es lo que hay: una mujer que sobrevive.
Sebastián se levantó, caminando lentamente hacia ella hasta quedar tan cerca que ella podía sentir el perfume amaderado y seco de su colonia.
—¿Y si te pusiera a prueba ahora mismo? ¿Y si te pidiera que me demuestres esa supuesta lealtad?
Amelia, sin inmutarse, soltó un suspiro dramático.
—Sebastián, por favor. Eres un hombre culto, de negocios, con un imperio en tus manos. ¿Por qué tienes que ponerte tan intenso? ¿Sabes cuál es el colmo de un jardinero?
Sebastián, cuya paciencia estaba llegando al límite, apretó los dientes.
—No me lo digas. Por lo que más quieras, Amelia, no me digas el colmo de un jardinero.
—Que su hija se llame Margarita y su hijo lo deje plantado —remató ella con una naturalidad pasmosa.
Sebastián cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz con una desesperación que, para cualquier otro, parecería cómica.
—Es el peor chiste que he escuchado en mi vida —rugió él, aunque, para su propia sorpresa, una carcajada ahogada se le escapó de la garganta—. ¿Cómo es posible que seas tan brillante en las finanzas y tan increíblemente nefasta contando bromas?
—Es mi forma de recordarte que, incluso en el infierno, siempre hay tiempo para reírse de las desgracias, Sebastián. La vida es demasiado corta para vivirla como una estatua.
La atmósfera se relajó, pero el peligro seguía ahí, latente. Sebastián Ferrer sabía que ella le estaba ocultando un abismo de secretos, pero, por primera vez, se dio cuenta de que no quería que se detuviera. Había encontrado en Amelia a la única persona en el mundo capaz de mirarlo a los ojos sin miedo. Mientras tanto, en los muelles, las piezas de la red de "El Demonio" se movían en silencio, preparando el golpe definitivo contra los clanes que, ignorando la advertencia, se atrevían a cuestionar su soberanía. La reina estaba lista, y su mejor arma no era su dinero, sino el caos que sabía gestionar con una precisión impecable.