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Los Sellos Que Cruzan Universos

Los Sellos Que Cruzan Universos

Status: Terminada
Genre:Fantasía LGBT / Aventura / Superpoder / Completas
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.

Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es

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CAPÍTULO 6: El visitante que venía de entre mundos

La cueva olía a pino quemado y a pan recalentado esa noche. Los rebeldes hablaban en grupos pequeños, las voces bajas, cruzadas de miedo y de rabia. Algunos decían que entrar al palacio era una locura, que el Sucesor los mataría a todos en cuanto cruzaran la puerta. Otros decían que no tenían otra opción, que si no iban, él quemaría los barrios de todos modos. Nadie se ponía de acuerdo. Nadie tenía una respuesta segura.

Min‑jun estaba sentado en una piedra apartada, mirando cómo el otro Seo golpeaba el suelo con el extremo de su arco, sin decir nada, escuchando a los suyos sin interrumpir. Sabía que esa era la peor parte de mandar: tener que elegir cuando ninguna opción salía bien.

—Si vamos, moriremos —dijo un hombre mayor, con la voz rota de la emoción—. Mi nieta vive en uno de esos barrios. Si no vamos…

—Si vamos, morimos igual —lo cortó otro, más joven, con una cicatriz que le cruzaba la frente—. Él lo tiene todo preparado. Es una trampa.

El otro Seo levantó la vista, y todos se callaron al instante.

—No tenemos opción —dijo, despacio, como si cada palabra le costara sacarla de dentro—. Si no vamos, quema los barrios. Si vamos… al menos tenemos una oportunidad de pararlo de una vez. No digo que sea fácil. No digo que todos volvamos. Pero es lo único que nos queda.

Nadie respondió. Todos sabían que tenía razón. Y eso era lo peor.

En ese momento, el aire en el centro de la cueva se enfrió de golpe. No como el frío de la noche. Como el frío de las grietas entre mundos. Una figura apareció de la nada, envuelta en su capa gris, la máscara de plata reflejando la luz de las hogueras.

Rin.

Varios rebeldes levantaron las armas de inmediato. El otro Seo tensó el arco y lo apuntó al pecho del recién llegado.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó, con la voz cargada de desconfianza.

Rin levantó una mano en señal de paz. No hizo ningún movimiento rápido. Se notaba cansado. Sus hombros estaban caídos, como si cargar con los límites de los mundos le pesara más cada día.

—No vengo a luchar —dijo, y su voz sonó más ronca que la otra vez—. Vengo a advertiros. Y a ayudaros, si queréis.

—¿Ayudarnos? —escupió el otro Seo—. Tú fuiste quien nos trajo aquí. Tú fuiste quien nos metió en esto.

—Sí —asintió Rin, sin negarlo—. Quería que vierais lo que los Sellos hacen. Quería que entendierais que el sistema es injusto. Pero no quería que murieras por ello. El Sucesor… no es lo que parece. O no es solo lo que parece.

Min se puso de pie despacio, acercándose un poco, sin soltar la mano de su Seo.

—¿Qué quieres decir?

Rin lo miró a los ojos, y Min notó que detrás de la máscara, sus ojos estaban tristes. Muy tristes.

—El palacio no es solo una fortaleza. Está construido sobre el lugar donde este Min y este Seo se conocieron. Un antiguo instituto, derribado hace años para levantar allí el poder. Allí es donde el Sucesor guarda lo que le queda de sí mismo. No son armas. No son trampas. Son recuerdos. Pedazos de su antigua vida que no ha podido borrar del todo, aunque lo ha intentado.

Hizo una pausa, y su voz bajó un poco, como si hablara de algo que no debía contar.

—Si queréis llegar hasta él, no entréis por la puerta principal. Allí os matarán antes de dar tres pasos. Hay un pasaje secreto, por los sótanos. Llevaba a los almacenes del antiguo instituto. Si lo encontráis, podréis subir por dentro sin que os detecten de inmediato. Pero tened cuidado. Cuanto más cerca estéis de lo que él fue, más inestable se volverá. No sabrá cómo reaccionar.

—¿Y por qué nos ayudas? —preguntó el otro Seo, sin bajar el arco—. ¿Qué ganas tú?

Rin miró hacia la entrada de la cueva, como si pudiera ver el palacio a lo lejos.

—Ganar que esta historia no termine como la mía —dijo bajito—. Que alguien consiga salvar a quien yo no pude.

Antes de que nadie pudiera responder, el aire volvió a enfriarse. Rin empezó a desvanecerse, como si el tejido de este mundo no le permitiera quedarse mucho más tiempo.

—El pasaje —dijo, mientras su figura se hacía transparente—. Está detrás de la estatua rota del guardián, en la muralla norte. No os olvidéis: no luchéis contra él. Recordadle quién era. Esa es la única arma que tenéis.

Y desapareció. Solo quedó un rastro de aire frío que se disipó en pocos segundos.

Los rebeldes se miraron entre sí, confundidos. Nadie sabía si creerle. Nadie sabía si aquello era otra trampa más.

—Es un riesgo —dijo el otro Seo, bajando el arco por fin, pensativo—. Pero es el único plan que tenemos.

Min asintió. Lo que Rin había dicho le daba vueltas en la cabeza. Recuerdos guardados en el palacio. Pedazos de la antigua vida del Sucesor que no había podido borrar. Si había algo de aquel chico que sonreía y se caía por las escaleras… estaría allí. Arriba, en lo más alto, junto a la versión fría y vacía de sí mismo.

—Tenemos que buscar esos recuerdos —dijo, convencido—. Si logramos que los vea, que los recuerde… quizás podamos traerlo de vuelta.

Su Seo le apretó el hombro.

—Lo haremos juntos —dijo—. Paso a paso.

Pasaron el resto de la noche preparando lo poco que tenían: pociones para calmar el dolor, cuerdas resistentes, linternas pequeñas que no brillaran demasiado. Nadie hablaba mucho. Cada uno tenía sus propios miedos. Cada uno pensaba en la gente que dejaba en casa si no volvía.

Min se quedó un rato solo en la entrada de la cueva, mirando el palacio que brillaba en la colina. Pensó en lo que le había dicho Rin: que el lugar donde se conocieron era el único punto débil del Sucesor. Pensó en su propio universo, en la primera vez que Seo se puso delante de él para defenderlo de unos chicos mayores, sin saber nada de quién era. Aquel momento había sido el principio de todo para ellos. Quizás en este mundo también lo era. Quizás aquel recuerdo fuera lo único capaz de romper la capa de hielo que rodeaba al Sucesor.

Muy lejos, en lo alto del palacio, el Sucesor caminaba por un pasillo largo y oscuro que nadie más usaba. Llegó hasta una puerta cerrada con candados de energía verde, que nadie había tocado en años. Se quedó allí parado, mirándola. No sabía por qué había venido. No sabía qué había detrás. Solo sabía que cada vez que se acercaba, sentía un cosquilleo raro en el pecho, como si algo le llamara desde adentro.

Casi levantó la mano para abrirla. Casi.

Pero luego negó con la cabeza, confundido, y se dio la vuelta. No tenía tiempo para cosas sin sentido. Mañana vendrían los rebeldes. Mañana los eliminaría. Y todo volvería a estar en orden.

O eso se dijo a sí mismo, mientras se alejaba. Mientras, detrás de la puerta cerrada, un recuerdo antiguo esperaba, callado, a que alguien volviera a abrirlo.

Rin apareció hoy. No para atacarnos. Para ayudarnos.

Me ha dicho que el palacio está construido sobre el lugar donde este Min y este Seo se conocieron. Que dentro hay recuerdos que el Sucesor no ha podido borrar. Que esa es nuestra única arma: no el poder, sino recordarle quién fue.

Tiene sentido. Cuando nuestras luces chocaron en la plaza, sentí algo. Como si él todavía estuviera ahí, adentro, esperando que alguien le ayude a salir.

Mañana entraremos por un pasaje secreto en los sótanos. No sé qué nos encontraremos. No sé si volveremos todos. Pero sé que no puedo darme por vencido. No con él. No con ninguna versión de mí mismo que se haya perdido.

Seo está durmiendo a mi lado. Se negó a alejarse ni un paso. Dice que me cuidará. Que siempre lo hará. Le creo.

Espero que mañana sea suficiente. Espero que el recuerdo de lo que fueron sea más fuerte que el poder que lo ha convertido en piedra.

Buenas noches.

Min‑jun.

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