Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14
La habitación estaba bañada por la luz tenue de las lámparas, y el silencio se sentía cálido, como si el mundo entero se hubiera detenido a las puertas de aquella casa. Lidia seguía sentada a su lado en el amplio sofá, con las manos entrelazadas en el regazo, hablando en voz baja de lo que había sentido cuando Adrián la había bloqueado en la calle.
—Pensé que me quedaría helada —le dijo, levantando la vista hacia él con los ojos todavía brillantes—. Que el miedo me dejará sin palabras. Pero cuando llegaste tú… todo se transformó. De repente ya no tenía miedo. Tenía certeza.
Damián la miraba con una intensidad que la envolvía entera, sin apartar la vista ni un instante.
—Porque no tienes que enfrentarte sola a nada —respondió él con voz grave y suave a la vez—. No importa lo que pase. Estoy aquí. Siempre.
Al decir esto, extendió la mano hacia ella, despacio, como dándole tiempo de apartarse si quería. Sus dedos rozaron el dorso de la mano de Lidia, un roce leve, casi imperceptible, pero suficiente para que una corriente eléctrica recorriera a ambos. Lidia contuvo el aliento y no se apartó. Al contrario, giró la mano para que su palma tocara la suya, y en ese instante, toda la tensión acumulada durante días —las miradas que se alargaban, las palabras contenidas, el deseo que crecía en silencio— estalló de golpe.
Damián entrelazó sus dedos con los de ella, apretando con firmeza, y se inclinó hacia ella lentamente, como si estuviera acercándose a algo sagrado.
—Lidia —susurró su nombre, como si fuera la única palabra que importaba—. No puedo seguir esperando. No puedo seguir fingiendo que no te quiero cerca, más cerca de lo que me permite ser solo tu jefe. ¿Me dejas besarte?
Ella lo miró a los ojos, y en ellos vio todo lo que había estado sintiendo y temiendo a la vez: sinceridad, fuerza, un sentimiento tan grande que daba miedo… y sin embargo, era lo que más deseaba en ese momento. No pensó en el pasado, ni en el miedo a equivocarse, ni en las heridas que todavía sanaban. Solo pensó en él, en la seguridad que le daba, en lo mucho que lo había estado esperando sin saberlo.
—Sí —respondió ella en un susurro, apenas audible pero clara—. Sí, Damián. Bésame.
Él no dudó más. Le tomó el rostro entre las manos con una delicadeza infinita y unió sus labios a los de ella con una intensidad que le quitó el aliento. No era un beso apresurado ni exigente: era profundo, lento, lleno de todo lo que habían callado durante semanas. Lidia cerró los ojos y se entregó por completo, sintiendo cómo sus brazos la rodeaban y la atraían hacia sí con firmeza, como si quisiera asegurarle que no la dejaría ir. En ese beso no había dudas, ni miedos, ni recuerdos dolorosos. Solo había ellos dos, y esa conexión que los había unido desde la primera mirada bajo la lluvia.
Cuando se separaron un instante, con la respiración entrecortada y las frentes todavía juntas, Damián acarició su mejilla con el pulgar y le habló con voz llena de emoción:
—Eres lo más hermoso que me ha pasado. Y este beso… no es un error. No es algo de lo que tengas que arrepentirte. Es real. Somos reales.
Lidia abrió los ojos y lo miró con una sonrisa que mezclaba lágrimas y felicidad, sintiéndose ligera, libre, como si ese beso hubiera llevado consigo una parte del peso que llevaba en el alma.
—Lo sé —dijo ella, posando su mano sobre su pecho, sintiendo el latido de su corazón—. Por primera vez en mucho tiempo, sé que algo es real. Y no tengo miedo. No contigo.
Él la atrajo de nuevo hacia sí y la besó otra vez, con la misma ternura y la misma intensidad, y Lidia se dejó llevar, olvidando por unos instantes todo el dolor, todas las mentiras y todo el pasado. Porque en los brazos de Damián, supo que al fin había llegado a casa.
Se quedaron así, muy cerca, con las frentes aún unidas y la respiración entrecortada. Damián le acariciaba suavemente el rostro con las yemas de los dedos, como si quisiera memorizar cada detalle.
—¿Sabes? —le dijo en un susurro—. Soñé con este momento desde aquella tarde bajo la lluvia. Pero ahora que te tengo aquí… es mil veces mejor de lo que imaginé.
Lidia sonrió, rozando apenas sus labios con los suyos, y apoyó una mano sobre su pecho sintiendo su calor.
—Yo creí que tendría miedo —confesó ella—. Que me detendría, que huiría. Pero cuando me besaste… todo lo demás desapareció. Solo quedamos tú y yo.
—Y así será siempre —prometió él, besándole la frente con ternura—. No hay prisa, no hay presión. Solo nosotros. Y el tiempo que haga falta.
—Me gusta eso —susurró ella abrazándolo con fuerza—. Contigo todo se siente exactamente como debe ser.