Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 2
Capítulo 2: Trámites de divorcio
"De viaje, muy lejos."
La mentira le duró toda la noche pegada al techo. Dulce se había dormido abrazada al conejo de peluche, con el audífono ya guardado en su cajita junto a la cama, y Valentina se quedó mirando la grieta del techo de su departamento en la colonia Obrera hasta que el cielo se puso gris. Al día siguiente libraba. Era el único día de la semana que tenía para arreglar lo que llevaba años posponiendo.
A las diez de la mañana entró al bufete Tamez y Asociados con la carpeta bajo el brazo y el mejor de sus dos sacos.
El licenciado Nicolás Tamez resultó más joven de lo que esperaba, de saco bien cortado y reloj caro para un abogado de divorcios. Le ofreció café, escuchó sin interrumpir y tomó notas con una letra rápida.
—A ver si entendí, señora. —Dejó la pluma—. Usted quiere el divorcio. No pide pensión, no pide bienes, no pide nada. Solo quiere la custodia de la niña.
—La guarda y custodia de Dulce. Nada más. —Valentina entrelazó los dedos sobre la mesa para que no se le notara el temblor—. Él se queda con todo. Lo que sea, con tal de que firme.
Nico la observó un momento más de lo necesario.
—El divorcio en sí es sencillo. Aquí basta con que una de las partes lo solicite; ya no hay que probar culpa de nadie. —Volvió a tomar la pluma, pero no escribió—. La custodia es otra cosa. Si el señor Salazar decide pelearla, esto se puede alargar meses. Y en el acta de nacimiento, él figura como el padre. Eso, legalmente, le da derechos.
Padre. La palabra cayó sobre la mesa como una moneda falsa.
—Lo sé —dijo Valentina, y no agregó nada más.
No le iba a explicar a este desconocido de reloj caro que Bruno Salazar no era el padre de su hija. No le iba a explicar que había un nombre que llevaba cinco años sin pronunciar y que ese nombre acababa de encender un cigarro afuera de su trabajo. Algunas verdades una se las traga enteras, aunque le rasguñen la garganta al bajar.
Salió del bufete con una cita para la semana siguiente y la sensación de haber empujado una puerta muy pesada apenas un dedo.
En la banqueta, esperando el microbús, la cabeza se le fue cinco años atrás sin pedirle permiso. El año en que todo se cayó. Grupo Argüello se fue a la quiebra de un día para otro, los acreedores entraron a la casa como buitres, y don Rodrigo, el padre de Maximiliano, apareció una mañana colgado en su despacho. Maximiliano se quedó sin apellido, sin empresa y sin padre en una sola semana. Y ella, en lugar de quedarse a su lado, lo había citado a la orilla de aquel lago donde se dieron el primer beso, para decirle que se separaban. No le dio razones. No habría podido decirle las razones sin destruirlo más. Tres meses después se casaba con Bruno Salazar, porque su madre, ya enferma, se lo pidió con la última voz firme que le quedaba: "Cásate con alguien que te dé techo, hija. Yo ya no voy a estar para cuidarte." Lo que ni su madre ni nadie supo entonces fue que Valentina ya llevaba dentro un secreto del tamaño de una semilla.
El microbús pasó de largo, lleno. Valentina parpadeó y volvió a la banqueta, al ruido, al hoy.
Lo que no supo fue que, en cuanto la puerta del despacho se cerró, Nico marcó un número que se sabía de memoria.
—Ya vino —dijo—. Quiere el divorcio. No pide ni un peso. Solo a la niña. —Una pausa, mientras del otro lado alguien escuchaba—. Hay algo más, Max. Andan diciendo en el hospital que la cojera no es de nacimiento. Que hace cuatro años se aventó del segundo piso de la casa de los Salazar. Que por eso quedó así.
Del otro lado de la línea hubo un silencio largo.
En el piso treinta de la torre de Grupo Argüello, Maximiliano Argüello estaba de pie frente al ventanal con la ciudad entera a sus pies, y por un segundo no fue capaz de sostener el teléfono. Se aventó. Del segundo piso. La imagen le entró por el pecho como un clavo frío. La vio a ella anoche, en aquel pasillo, con el uniforme deslavado y la pierna que no enderezaba, llamándolo "señor Argüello" con una calma que ahora entendía de otro modo.
—¿Quién te dijo eso? —Su voz salió ronca.
—Una enfermera del turno. Chisme de pasillo, capaz y no es cierto.
—Averígualo. —Colgó.
Se quedó mirando el cristal mucho rato. En el reflejo no se reconoció.
Esa tarde, Valentina hizo lo que llevaba semana y media evitando: fue a buscar a Bruno en persona.
Sabía dónde encontrarlo. Los martes, Bruno y sus amigos cerraban el Club Pegaso como si fuera la sala de su casa: copas caras, risas demasiado fuertes, el dinero de la inmobiliaria de su madre quemándose en una mesa. La cadenera la dejó pasar a regañadientes, midiéndole el saco barato de arriba abajo.
Bruno la vio cruzar el salón y, en lugar de incomodarse, se le iluminó la cara. Esa era la peor parte. Que siempre se le iluminaba la cara.
—¡Pero miren quién vino! —Abrió los brazos para que todos lo oyeran—. Mi esposa. La mujer de mi vida. —Se llevó una mano al pecho con una mueca de telenovela—. Vengan, vengan, no sean malos, hagan espacio. ¿Verdad que la quiero? La quiero con todo y su patita chueca.
Las risas estallaron alrededor de la mesa. Una mujer escupió el trago. Valentina sintió las miradas pegársele a la pierna como moscas.
—Bruno. Firma el divorcio. —Se quedó de pie, sin sentarse, con la voz baja y pareja—. Quédate con la casa, con el coche, con lo que quieras. Yo me llevo a Dulce y no vuelves a saber de mí.
La sonrisa de Bruno no se movió, pero algo se le endureció en los ojos.
—¿Llevarte a Dulce? —Le dio un trago a su copa, despacio, disfrutándolo—. Mi hija. La que tiene mi apellido en el acta. —Se inclinó hacia ella, y bajó la voz para que solo ella lo oyera, mientras por fuera seguía sonriendo para la galería—. Tú no te llevas nada, mi amor. Una coja no se lleva nada. Tú firmas lo que yo diga, cuando yo diga, o no vuelves a ver a esa niña. ¿Me entendiste?
Por dentro, Valentina sintió que el piso se inclinaba. Por fuera, no parpadeó.
—Entendí que eres exactamente lo que siempre fuiste —dijo.
Y se dio la media vuelta antes de que él viera lo que la frase le había costado.
Caminó hacia la salida con la barbilla en alto y las risas todavía rebotando en las paredes, "la patita chueca, la patita chueca", y la garganta cerrada y los ojos ardiendo y la pierna gritándole con cada paso. Llegó al descanso de la gran escalera de mármol del Club Pegaso. Abajo la esperaba la puerta, la calle, el aire.
No alcanzó a verlo. El tacón se le torció en el filo del primer escalón, la pierna mala no respondió, y el mármol y las luces y el techo dorado giraron de golpe mientras el suelo desaparecía bajo sus pies.
Valentina cayó hacia el vacío de la escalera.
di la verdad de una y ya....