Ella es una policía que trabaja en una cárcel. Después de morir, ella reencarna en una joven maga quien en sueños ve como muere, así que despierta decidida a cambiar su destino y a cobrar venganza.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oficina 1
Al entrar en la oficina, Adrian señaló uno de los asientos.
—Siéntese.
Circe obedeció.
El duque comenzó a mostrarle distintos documentos relacionados con la administración de sus territorios.
Informes.
Registros.
Propuestas.
Correspondencia comercial.
Circe escuchaba con atención y hacía preguntas de vez en cuando.
—¿Y este gasto?
—Una reparación de uno de los caminos del norte.
—¿Es frecuente?
—Durante el invierno, sí.
Circe asintió.
Cada respuesta le permitía comprender un poco mejor cómo funcionaba el ducado.
Pero también había otra cosa.
La cercanía entre ambos.
En un momento, sus manos se rozaron al tomar el mismo documento.
Ninguno de los dos las retiró inmediatamente.
Circe levantó la mirada.
Adrian también.
Un segundo.
Dos.
Finalmente, él tomó el documento.
Circe sonrió.
[Esto se está volviendo divertido.]
Adrian, por su parte, tuvo que contener una reacción cuando ella se inclinó sobre el escritorio para leer mejor.
[Es demasiado consciente de lo que hace.]
Pero Circe estaba concentrada en algo mucho más importante.
Una carpeta.
Entre los documentos había una sección dedicada a posibles socios comerciales.
Y allí estaba.
El apellido que llevaba días esperando encontrar.
Root.
Circe sintió que su corazón daba un pequeño salto.
[La encontré.]
Pero no podía demostrarlo.
Todavía no.
Se levantó tranquilamente.
—¿Puedo mirar los demás documentos?
—Por supuesto.
Circe comenzó a recorrer la oficina como si simplemente estuviera interesada en conocer el lugar.
Observó estanterías.
Libros.
Mapas.
Documentos.
Y poco a poco regresó hacia el escritorio.
Adrian la seguía con la mirada.
Circe se acercó.
Después apoyó suavemente una mano sobre su hombro.
—Es mucho trabajo.
Comenzó a acariciarlo ligeramente.
—Quizás debería hacerle un masaje.
Adrian sonrió.
—¿Ah, sí?
Circe no respondió.
Se acerco coqueta y se coloco detrás de él.
Simplemente comenzó a masajearle los hombros.
Adrian cerró los ojos por un instante.
—Debo admitir que me encanta.
Circe sonrió.
—Puedo hacer muchas cosas con mis manos.
Adrian abrió los ojos y la miró.
Intentó tomar una de sus manos.
Pero Circe la retiró suavemente.
Él sonrió.
No parecía molesto.
Más bien parecía entretenido.
Adrian se acercó un poco.
Circe permitió la cercanía.
Solo un poco.
[Así está bien.]
[No voy a ceder tan pronto.]
Ella tenía las riendas de aquel juego.
O, al menos, eso pensaba.
Adrian levantó una mano y acarició suavemente un mechón de su cabello.
Circe no se apartó.
Después dejó que su mano pasara ligeramente por su hombro.
Ella aprovechó aquel momento.
Su mirada cayó nuevamente sobre la carpeta.
[Perfecto.]
—¿Puedo leer esto?
Adrian estaba demasiado concentrado en acariciarle el cabello como para prestar demasiada atención.
—Claro.
Circe tomó la carpeta.
Ambos terminaron sentándose en el sofá.
Ella abrió los documentos.
Y mientras Adrian continuaba acariciando suavemente su cabello y, de vez en cuando, su hombro, Circe comenzó a leer.
Cada línea.
Cada nombre.
Cada cifra.
Cada detalle.
Intentaba memorizarlo todo.
Entonces encontró la información que buscaba.
Los Root querían establecer un acuerdo de transporte.
Sus carruajes debían atravesar los extensos territorios de Vanderbilt para ahorrar tiempo y dinero.
A cambio, ofrecían al duque un beneficio económico.
Circe mantuvo el rostro tranquilo.
Pero por dentro sonrió.
[Así que necesitan al duque.]
Eso era importante.
Muy importante.
Los Root dependían de aquella ruta.
Y si dependían de ella...
Dependían, en cierta medida, de Adrian.
Pero entonces encontró algo más.
Una anotación escrita por el propio duque.
Circe leyó.
Y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no sonreír.
Deudas.
Deudas relacionadas con juegos.
Y el nombre de Lord Root aparecía entre las observaciones.
Circe bajó ligeramente la mirada.
[¿En serio?]
[Así que mi querido padre no solamente abandonaba a mujeres y niños...]
[Además tiene problemas de juego.]
Tuvo que contener una pequeña risa.
[Esto mejora cada vez más.]
Adrian interpretó aquella sonrisa de una manera completamente diferente.
—Parece que le gustan mis caricias.
Circe levantó la mirada.
[Oh.]
Se dio cuenta de lo que él había pensado.
Y decidió no corregirlo.
En cambio, sonrió.
Su mano se deslizó ligeramente hasta su pecho.
—No debería acostumbrarme a esos cariños.
Adrian sonrió.
—¿Por qué?
Circe inclinó ligeramente la cabeza.
—Su nueva consejera podría distraerse.
Adrian soltó una pequeña risa.
—Quizás podríamos distraernos juntos.
Circe lo miró durante unos segundos.
Después sonrió.
—Quizás.
Y así continuó aquel extraño juego durante todo el día.
No hubo impulsos.
Ni promesas.
Ni nada que ninguno de los dos pudiera lamentar después.
Solo miradas.
Sonrisas.
Pequeños roces.
Alguna caricia.
Palabras cuidadosamente escogidas.
Insinuaciones disfrazadas de conversaciones inocentes.
Mientras Adrian intentaba descubrir cuánto podía acercarse...
Circe intentaba descubrir cuánto podía obtener sin revelar sus verdaderas intenciones.
Y, en medio de todo aquello, había conseguido algo mucho más importante.
Información.
Los Root necesitaban a Vanderbilt.
Lord Root tenía deudas de juego.
Y Adrian tenía razones para desconfiar de aquella familia.
Circe cerró finalmente la carpeta.
Sonrió.
[Qué día tan productivo.]
Adrian la observó.
—¿Está satisfecha con su primer día de trabajo?
Circe sostuvo su mirada.
—Mucho.
Aunque ninguno de los dos sabía todavía hasta qué punto aquella carpeta terminaría cambiando las cosas.
Porque Circe acababa de encontrar una debilidad.
Y ella nunca había sido buena ignorando una oportunidad.