Eimy jamás imaginó que una simple conversación por chat cambiaría su vida. Todo comenzó cuando conoció a un hombre que pertenecía al Ejército. Al principio solo eran mensajes, pero con el paso de los días nació una conexión especial que poco a poco se convirtió en amor. Después de muchas conversaciones, Eimy decidió darle una oportunidad a sus sentimientos y aceptar estar con él. Sin embargo, cuando pensaba que por fin había encontrado al hombre indicado, descubrió una verdad que jamás esperaba: él tenía esposa. Ahora Eimy deberá decidir si luchar por ese amor o alejarse antes de terminar con el corazón roto.
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Capítulo 8 — Probando la comida costeña
Después de pasar un buen rato en la playa, caminando por la orilla, hablando y riéndonos de cualquier bobada, sentí que ya era hora de buscar algo para comer.
—Oíme, Amy —le dije—, ¿tenés hambre?
Ella me miró y soltó una risita.
—La verdad sí. Con este calor me dio hambre hace rato.
—Entonces vamos a comer algo, pues.
—¿A dónde?
—No sé todavía. Pero algo conseguimos.
Amy se acomodó las gafas y sonrió.
—Pero te advierto una cosa.
—¿Qué cosa?
—Si estás en Santa Marta, tienes que probar comida costeña de verdad.
—¿Ah, sí? —pregunté divertido—. ¿Y qué me vas a hacer probar?
—Eso déjamelo a mí.
—Bueno pues, yo confío en vos.
Comenzamos a caminar por una zona llena de restaurantes y lugares donde vendían comida típica. Había bastante movimiento, gente caminando, familias sentadas comiendo y música sonando desde algunos locales.
Amy iba mirando los lugares hasta que señaló uno.
—Ese.
—¿Ahí?
—Sí. Ahí venden rico.
—Bueno, pues. Vos mandás.
Entramos y buscamos una mesa.
Una señora se acercó para tomar nuestro pedido.
—Buenas tardes, ¿qué les voy ofreciendo?
Amy me miró.
—¿Qué vas a pedir?
—Yo no sé. Vos sos la experta.
Ella se rio.
—Bueno, entonces te voy a recomendar algo bien costeño.
—Dale, pues.
Amy comenzó a explicarme varias opciones.
—Podemos pedir pescado, arroz con coco, patacones y una ensalada.
—Eso sí suena bueno.
—¿Ves? Yo te dije que tenías que probar la comida de acá.
—Listo, pues. Pedí eso.
Cuando llegó la comida, miré el plato con curiosidad.
—Ve, esto tiene buena pinta.
Amy sonrió orgullosa.
—Te dije.
Probé un poco y asentí.
—Uy, no. Está muy bueno.
—¿Viste?
—Sí, pues. Tenías razón.
—Obviamente tenía razón.
—Tampoco te agrandés.
Amy soltó una carcajada.
—Ay, Leandro, tú sí eres tremendo.
—¿Tremendo por qué?
—Porque todo lo conviertes en una competencia.
—No es competencia. Solo estoy diciendo la verdad.
Seguimos comiendo mientras conversábamos.
Yo le conté algunas historias de Medellín y ella me habló de Santa Marta, de los lugares que le gustaban y de algunas comidas que acostumbraba a comer.
—La próxima vez te voy a llevar a un lugar que sí o sí tienes que conocer —me dijo.
—¿Ah, sí? ¿Ya estás planeando la próxima salida?
Amy se quedó callada por un segundo.
—Bueno... si quieres.
Sonreí.
—Claro que quiero.
Ella bajó la mirada y comenzó a jugar con el tenedor.
—Entonces queda pendiente.
—Queda pendiente, pues.
Terminamos de comer y salimos nuevamente.
El sol ya no estaba tan fuerte y la brisa del mar se sentía bastante agradable.
—Bueno —dije—, tengo que admitir algo.
—¿Qué?
—La comida costeña sí está buena.
Amy sonrió.
—¿Solo la comida?
La miré sorprendido y ella comenzó a reírse.
—¡Era molestando!
—Ah, bueno pues. Ya iba a pensar cualquier cosa.
—Tú eres el que piensa mal.
—Yo no he dicho nada.
Seguimos caminando.
Por un momento hubo silencio, pero no era incómodo. Simplemente disfrutábamos del paseo.
Después de unos minutos, Amy me miró.
—Me gustó conocerte.
Sonreí.
—A mí también. La verdad pensé que iba a ser raro porque nunca nos habíamos visto.
—Yo también.
—Pero estuvo bacano.
—Sí, estuvo chévere.
—Entonces valió la pena venir hasta Santa Marta.
Ella sonrió.
—¿Por la misión?
La miré y respondí con una sonrisa.
—La misión también.
Amy soltó una pequeña risa.
—Ay, paisa...
Seguimos caminando juntos por la playa mientras el día comenzaba a caer.
Yo había llegado a Santa Marta por trabajo, pero ese día había descubierto que también podía llevarme un buen recuerdo.
Y, sobre todo, que conocer a Amy en persona había sido mucho mejor de lo que había imaginado.