Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 7
Capítulo 7: El lobo bajo la piel
El lobo miró a Milena desde los ojos de Dante.
La sala se quedó sin aire.
Vargas bajó la cabeza de golpe.
—Alpha, no fuerce el cambio.
Dante no respondió.
Tenía las manos clavadas en el borde de la tina. Los nudillos blancos. La espalda rígida. Bajo la piel de sus hombros, el lobo empujaba.
Milena dio un paso hacia él.
Vargas la agarró del brazo.
—No.
Milena lo miró.
—Suélteme.
—Si pierde el control, la partirá en dos.
Dante gruñó.
La palabra no había salido para él, pero el lobo la entendió.
Vargas soltó a Milena.
—Bien —dijo ella—. Todos muy valientes hasta que respira.
El sanador tragó saliva.
Dante cerró los ojos. La plata de sus muñecas brilló bajo la piel. Una línea negra le subió por el antebrazo, como veneno buscando el corazón.
Milena olió el acónito abrirse.
—Lo está atacando por dentro.
—El sello responde al intento del cambio —dijo Vargas—. Si su lobo empuja, la plata lo castiga.
—¿Y su solución es mirar?
—Mi solución es sedarlo.
Milena vio la aguja en la mano del sanador.
Acónito.
Más acónito.
—No.
Vargas endureció la voz.
—No entiende lo que hay debajo de esa piel.
—Entiendo que llevan años enterrándolo.
Dante abrió los ojos.
La pupila ya no tenía forma redonda.
—Salgan —dijo.
La orden Alpha golpeó la sala.
Vargas cayó de rodillas. Jacobo, que acababa de entrar, se detuvo en seco y bajó la cabeza.
Milena sintió el peso en el cuello.
Sus rodillas temblaron.
No cayó.
El hilo del juramento ardió bajo su piel y parte de la orden se desvió hacia Dante. Él soltó un sonido de dolor.
Jacobo alzó la mirada.
—Alpha, el juramento...
—Fuera.
Vargas salió primero. Jacobo no quería, pero obedeció. La puerta se cerró.
Milena quedó sola con Dante.
Y con lo que se movía bajo su piel.
—Eso fue estúpido —dijo ella.
Dante apoyó una rodilla en el piso.
—Váyase.
—No.
—Milena.
Su nombre salió con dientes.
—Si de verdad quisiera irme, no habría cruzado media sala para meterme en la boca del lobo.
Dante soltó una risa rota que terminó en gruñido.
—No sabe nada de lobos.
—Sé que el suyo está furioso.
Él levantó la cabeza.
Milena se agachó frente a él, a distancia de un brazo. No lo tocó.
—Y sé que no quiere matarme.
—Mi lobo no la conoce.
La voz de Dante cambió en la última palabra. Más baja. Más áspera.
Desde dentro de él llegó otro sonido.
*Sí.*
Milena se quedó inmóvil.
No oyó la palabra con los oídos.
La sintió contra las costillas.
Dante también se tensó.
—¿Qué fue eso?
—No lo sé —dijo Milena.
Mentira.
No sabía el nombre. Pero sabía de dónde venía.
El lobo bajo la piel de Dante había hablado.
Dante apretó los dientes. Su hombro derecho se sacudió. El hueso crujió una vez, seco. La piel se tensó. Una sombra negra le subió por el cuello.
Milena avanzó.
—Míreme.
—No.
—Dante.
Sus ojos la cortaron.
—No use mi nombre si quiere vivir.
—Entonces míreme, Alpha.
El título funcionó.
No por sumisión.
Por reto.
Dante la miró.
Milena levantó las manos, despacio.
—No voy a tocarlo si me dice que no.
Él respiraba por la boca. Cada inhalación olía a acónito, sangre y cedro quemado.
—Va a doler —dijo.
—Ya duele.
El hilo del juramento ardió otra vez. Esta vez en los dos. Milena lo vio en el gesto de Dante.
—Su sangre me arrastra —dijo él.
—La suya también.
Dante cerró los ojos. Un temblor le bajó por la espalda.
Milena tocó su muñeca, justo antes de la marca de plata.
El lobo golpeó.
No contra ella.
Contra el sello.
Dante arqueó el cuerpo. Los dedos se le curvaron sobre el piso. Las uñas crecieron apenas, negras, antes de romperse y volver a ser humanas.
Cambio parcial.
Abuela Clara le había dicho una vez que no había dolor más sucio que un cambio detenido a la mitad.
Ahora lo veía.
Ahora lo olía.
Piel quemada. Plata. Rabia.
—Respire —dijo Milena.
Dante gruñó.
—No puedo.
—Sí puede. Conmigo.
No supo por qué dijo eso.
Pero el lobo lo oyó.
*Con ella.*
La voz fue corta. Hambrienta. Segura.
Milena puso la otra mano en el pecho de Dante.
El calor explotó.
Un golpe de electricidad le subió por los brazos y le cerró la garganta. Dante inhaló al mismo tiempo. Sus frentes casi chocaron.
El olor de Milena llenó la sala.
Miel.
Lluvia.
Laurel.
El lobo bajo la piel de Dante dejó de empujar contra la plata.
Empujó hacia ella.
—No —dijo Dante.
Milena sostuvo la presión sobre su pecho.
—No voy a correr.
—Debería.
—Ya me lo dijeron.
Él abrió los ojos.
Negros. Dorados. Perdidos.
—Mi luna.
Las palabras salieron en un hilo de voz.
Milena no entendió el golpe que le dieron hasta que el pecho le dolió.
Mi luna.
En una manada, aquello no era un apodo.
Antes de que pudiera responder, Dante se desplomó contra ella.
Milena cayó sentada con su peso encima. Apenas logró sostenerle la cabeza antes de que golpeara el piso.
La puerta se abrió de golpe.
Jacobo entró con dos guerreros y Vargas detrás.
Todos se detuvieron.
Dante Navarro, heredero de Luna de Hierro, estaba inconsciente en los brazos de la falsa novia.
Milena levantó la vista.
—Si alguien vuelve a meterle acónito sin decirme cuánto, lo muerdo yo primero.
Jacobo miró a Dante.
Luego a ella.
—Dijo mi luna.
Milena sintió la cara arder.
—Deliraba.
Vargas no parecía convencido.
Jacobo tampoco.
En los brazos de Milena, Dante respiró una vez, más tranquilo.
Y aunque sus ojos estaban cerrados, sus dedos buscaron la tela de su túnica y no la soltaron.