Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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El eco de la bestia
El escándalo sacudió los cimientos de Mayfair con la fuerza de un terremoto. La detención de Lord Lucian Prescott por intento de chantaje, agresión e intriga criminal fue la noticia que acaparó cada salón de té, club de caballeros y columna de cotilleos. Sin embargo, la narrativa había cambiado radicalmente: Lucian era ahora un repudiado social, un parásito expuesto ante los tribunales y la aristocracia, mientras que el Duque de Ravenscroft era aclamado como el imponente héroe victoriano que había defendido la virtud de su prometida con la fuerza implacable del honor victorioso.
En la tranquilidad de sus aposentos en la residencia Ashford, tres días antes de la boda, Lysandra permanecía junto al gran ventanal contemplando la lluvia suave que acariciaba los cristales.
Martha, su doncella, acababa de retirarse tras dejar sobre la mesa un frasco de sales y té de manzanilla, asumiendo que su señora aún se encontraba convaleciente o traumatizada por el violento altercado en el pabellón de la Condesa de Morley.
Sin embargo, la realidad de Lysandra distaba mucho del temor o la fragilidad.
Sola en la penumbra entornada de su habitación, vestida con una bata de seda marfil que apenas se ceñía a su cintura, Lysandra cerró los ojos. En lugar de pesadillas, su mente no dejaba de recrear, una y otra vez, con una nitidez casi febril, el momento exacto en que las puertas de hierro del pabellón volaron en pedazos bajo el impacto de Gideon.
Recordaba la visión del Duque irrumpiendo como un titán desatado. Recordaba la oscuridad tormentosa de sus ojos grises, la musculatura henchida bajo su traje, la vena latiendo con fuerza salvaje en su cuello y el rugido gutural con el que embestió a Lucian. Pero, sobre todo, la memoria se detenía en la exhibición brutal de poder físico: cómo Gideon había levantado al miserable con una sola mano de hierro, arrojándolo contra la piedra, y cómo sus puños habían demolido la arrogancia de Lucian en una paliza devastadora, precisa y aplastante.
Un estremecimiento involuntario le recorrió la espina dorsal, no de espanto, sino de una descarga eléctrica, cálida e intensamente sensual.
Lysandra sintió un calor repentino y sofocante encenderle el vientre. La imagen de Gideon convertido en una bestia colosal, un depredador implacable guiado únicamente por el instinto primario de protegerla y reclamarla, despertaba en ella una excitación oscura, profunda y abrumadora. Saber que esa fuerza sobrehumana, capaz de destrozar a un hombre con las manos desnudas, se sometía con mansedumbre venerativa únicamente ante sus besos, le provocaba una oleada de deseo tan líquido y voraz que le acortaba la respiración.
Se pasó la mano por el cuello, descendiendo los dedos por la curva de su pecho agitado. Recordar el crujido de la fuerza de Gideon, la superioridad física aplastante de su prometido sobre el cobarde de Lucian, encendía en su sangre un fuego posesivo. Deseaba sentir la dureza de esas mismas manos masculinas recorriendo su propia piel desnuda, aprisionándola con esa misma posesión salvaje en la intimidad de su lecho.
Lysandra soltó un suspiro entrecortado, apoyando la frente contra el cristal frío mientras sus mejillas ardían en la penumbra. Ya no era solo amor romántico o gratitud lo que sentía por el Duque; era una fascinación instintiva y carnal por la bestia indomable que él llevaba dentro, una fiera que solo ella tenía el poder de desatar o amansar con una sola palabra de sus labios.