Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
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Capítulo 12
Capítulo 12 — Lo que no podemos ignorar
La pregunta de Alexander continuó en la cabeza de Mateo durante toda la noche.
“¿Qué soy para ti?”
Mateo había respondido que era alguien importante.
Y era verdad.
El problema era que aquella respuesta ya no parecía suficiente para explicar lo que sentía.
Desde que había conocido a Alexander, las cosas habían cambiado poco a poco. Al principio había sido simplemente un compañero de clase. Después se habían convertido en amigos. Luego comenzaron a buscarse constantemente, a enviarse mensajes, a pasar tiempo juntos fuera de la universidad.
Y ahora Mateo empezaba a notar algo que no quería reconocer.
Le importaba demasiado lo que Alexander pensara de él.
Le afectaba cuando alguien se acercaba demasiado a Alexander.
Y cuando Alexander sonreía al verlo, Mateo sentía algo que no sentía con ninguna otra persona.
Mateo tomó su teléfono.
Abrió la conversación con Alexander.
Escribió:
¿Estás despierto?
Lo borró.
Volvió a escribir:
Buenas noches.
También lo borró.
Finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.
—Esto es ridículo —murmuró.
Se acostó.
Pero tardó mucho en quedarse dormido.
⸻
A la mañana siguiente, Alexander llegó temprano a la universidad.
Había dormido poco.
La conversación con Mateo tampoco había salido de su cabeza.
Se había atrevido a preguntarle qué significaba para él.
Y aunque la respuesta había sido sencilla, Alexander había sentido algo diferente al escucharla.
“Alguien importante.”
Sonrió.
—¿Qué te causa tanta gracia?
Alexander levantó la mirada.
Era Emma.
—Nada.
Emma se sentó a su lado.
—Te conozco. Algo pasa.
—No pasa nada.
—Estás sonriendo solo.
Alexander intentó ponerse serio.
—No estaba sonriendo.
Emma soltó una risa.
—Claro.
Ryan apareció unos segundos después.
—¿De qué hablan?
—De nada —respondió Alexander.
Ryan miró a Emma.
—Está pensando en Mateo.
Alexander lo miró.
—¿Por qué todo el mundo dice eso?
Emma sonrió.
—Porque probablemente sea verdad.
Alexander negó con la cabeza.
—Son mis amigos.
Ryan se sentó.
—Nadie dijo que no.
Alexander guardó silencio.
Emma lo observó.
—¿Tú sabes lo que sientes por él?
Alexander levantó la mirada.
La pregunta lo tomó desprevenido.
—No.
Emma asintió lentamente.
—Entonces no tengas prisa.
—¿Por qué?
—Porque si realmente te importa, lo peor que puedes hacer es intentar ponerle un nombre antes de entenderlo.
Alexander se quedó pensando.
—Eso tiene sentido.
Ryan sonrió.
—Por una vez, Emma dice algo inteligente.
Emma le dio un golpe en el brazo.
—Cállate.
Alexander comenzó a reír.
⸻
Mateo llegó unos minutos después.
Cuando vio a Alexander, sonrió.
Alexander también.
Se acercaron.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien? —preguntó Alexander.
Mateo dudó.
—Más o menos.
—Yo tampoco.
—¿Por qué?
Alexander lo miró.
—Por pensar demasiado.
Mateo sonrió.
—Yo también.
Los dos se quedaron mirándose.
Ryan y Emma intercambiaron una mirada.
—Nosotros nos vamos —dijo Ryan.
Alexander lo miró.
—¿Por qué?
—Porque parece que necesitan hablar.
Emma sonrió.
—Nos vemos después.
Ambos se alejaron.
Mateo los observó.
—¿Crees que sospechan algo?
Alexander levantó una ceja.
—¿Algo de qué?
Mateo se quedó callado.
Alexander sonrió.
—Exactamente.
⸻
Durante la mañana, las clases pasaron rápidamente.
Al mediodía, los cinco se reunieron en la cafetería.
Daniel y Sophie ya estaban ahí.
—¿Qué hacen este fin de semana? —preguntó Sophie.
Daniel se encogió de hombros.
—Nada.
—Podríamos hacer algo todos.
Mateo miró a Alexander.
Alexander lo miró también.
—Podemos.
Daniel sonrió.
—¿Qué hacemos?
—Película —propuso Sophie.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tú eliges películas aburridas.
Sophie frunció el ceño.
—La última película que elegí era buena.
—Era de tres horas.
—Era una película histórica.
—Era una tortura.
Mateo comenzó a reír.
Alexander también.
Sophie miró a ambos.
—Ustedes no ayudan.
—Yo voto por la película —dijo Mateo.
—Gracias.
Daniel negó con la cabeza.
—Traidores.
⸻
Después de comer, Sophie se quedó unos minutos con Mateo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Qué pasa entre tú y Alexander?
Mateo suspiró.
—No sé.
—Eso no responde.
—Porque realmente no sé.
Sophie lo observó.
—¿Te gusta?
Mateo se quedó quieto.
No esperaba una pregunta tan directa.
—No lo sé.
—¿Te importa?
—Sí.
—¿Te pone nervioso cuando está cerca?
Mateo tardó en responder.
—A veces.
Sophie sonrió.
—Entonces quizá ya sabes más de lo que crees.
Mateo bajó la mirada.
—Tengo miedo de arruinarlo.
—¿Qué cosa?
—Lo que tenemos.
Sophie habló con suavidad.
—Entonces no hagas nada que no quieras hacer. No tienes que apresurarte.
Mateo asintió.
—Gracias.
—Para eso están los amigos.
Mateo sonrió.
—Sí.
⸻
Por la tarde, Alexander recibió una llamada.
Su padre.
—Hola.
—Necesito que vengas a la oficina.
Alexander miró el reloj.
—¿Ahora?
—Sí.
—Tengo clases.
—Ya terminaron.
Alexander respiró profundamente.
—Está bien.
⸻
La oficina de Richard Whitmore estaba en uno de los edificios más importantes del centro.
Cuando Alexander llegó, su hermano Ethan estaba ahí.
—¿Qué pasa? —preguntó Alexander.
Richard señaló una silla.
—Siéntate.
Alexander lo hizo.
Richard colocó unos documentos frente a él.
—Quiero que empieces a trabajar aquí algunas horas a la semana.
Alexander levantó la mirada.
—Papá…
—No es una petición.
Alexander se quedó callado.
Ethan intervino.
—No tiene que ser para siempre.
Alexander lo miró.
—Tú siempre dices eso.
Ethan sonrió.
—Porque es verdad.
Richard continuó.
—Tienes que aprender cómo funciona la empresa.
—¿Y si no quiero dedicarme a esto?
Richard se quedó callado.
Alexander sintió que había tocado un punto sensible.
—Quiero que tengas opciones —dijo Richard finalmente.
—Entonces déjame elegir.
—Todavía no sabes elegir.
Alexander se levantó.
—Tengo veinte años.
—Precisamente.
—No soy un niño.
Richard lo miró fijamente.
—Entonces demuéstralo.
Alexander tomó los documentos.
—Está bien.
Salió de la oficina.
Pero esta vez estaba más enojado que nunca.
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Al salir del edificio, Alexander llamó a Mateo.
Mateo contestó rápidamente.
—Hola.
—Hola.
—¿Todo bien?
Alexander se quedó en silencio.
—No mucho.
—¿Qué pasó?
—Mi padre quiere que empiece a trabajar en la empresa.
Mateo suspiró.
—¿Aceptaste?
—Sí.
—¿Quieres hacerlo?
—No.
Mateo guardó silencio.
—Entonces ¿por qué aceptaste?
—Porque estoy cansado de pelear.
—Entiendo.
—No quiero que mi familia se convierta en una guerra constante.
Mateo respondió con calma.
—No tienes que resolverlo todo hoy.
Alexander sonrió ligeramente.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre quieres resolver todo hoy.
Alexander soltó una pequeña risa.
—Es verdad.
—¿Dónde estás?
—En el centro.
—¿Quieres que vaya?
Alexander se quedó sorprendido.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿No tienes trabajo?
—Puedo terminarlo después.
Alexander sonrió.
—Está bien.
⸻
Veinte minutos después, Mateo llegó.
Encontró a Alexander sentado en una banca frente al edificio.
—Hola.
Alexander levantó la mirada.
—Hola.
Mateo se sentó a su lado.
Durante un momento ninguno habló.
—Gracias por venir.
—Te dije que podías contarme.
Alexander lo miró.
—¿Por qué siempre estás ahí?
Mateo sonrió.
—Porque quiero.
Alexander bajó la mirada.
—Eso es lo que me preocupa.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque cada vez quiero que estés más.
Mateo sintió un nudo en el estómago.
Ninguno habló.
Alexander respiró profundamente.
—No sé qué significa eso.
Mateo tampoco sabía qué responder.
—Yo tampoco.
Y por primera vez, ninguno intentó convertir aquella conversación en una broma.
⸻
Caminaron por el centro durante un rato.
Hablaron de cosas pequeñas para aliviar la tensión.
Entraron a una librería.
Mateo encontró un libro sobre arquitectura.
—Mira.
Alexander tomó el libro.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Entonces cómpralo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuesta demasiado.
Alexander miró el precio.
—No es tanto.
—Para ti.
Alexander entendió inmediatamente.
—Perdón.
Mateo sonrió.
—No pasa nada.
Alexander dejó el libro.
—A veces olvido que no todos vivimos igual.
Mateo lo miró.
—Y yo a veces olvido que tú tampoco elegiste dónde naciste.
Alexander sonrió.
—Supongo que ninguno de los dos eligió su mundo.
—Pero podemos elegir qué hacer con él.
Alexander lo observó.
—Eso me gusta.
⸻
Cuando salieron de la librería, el cielo comenzaba a oscurecer.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Alexander.
—Sí.
Entraron a un pequeño restaurante.
No era elegante.
No era caro.
Pero ambos se sintieron cómodos.
Se sentaron frente a frente.
Alexander sonrió.
—Me gusta más esto.
—¿Que qué?
—Esto.
Mateo miró alrededor.
—¿Un restaurante pequeño?
—No.
Alexander lo miró.
—Estar contigo sin tener que pensar en todo lo demás.
Mateo sonrió.
—A mí también.
⸻
Al terminar la cena, Alexander acompañó a Mateo hasta su casa.
Antes de que bajara del automóvil, Alexander dijo:
—Mateo.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo más?
—Claro.
—Lo que dijiste ayer…
Mateo lo miró.
—¿Qué cosa?
—Que soy alguien importante para ti.
Mateo asintió.
—Sí.
—¿Lo dijiste porque somos amigos?
Mateo sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—No sé.
Alexander lo miró.
—Está bien.
Mateo abrió la puerta.
Antes de bajar, se detuvo.
—Pero sí sé una cosa.
Alexander esperó.
—No quiero que esto cambie.
Alexander sonrió.
—Yo tampoco.
Mateo bajó.
Cerró la puerta.
Alexander esperó hasta verlo entrar.
Después arrancó.
⸻
Esa noche, Mateo recibió un mensaje.
Alexander: Gracias por hoy.
Mateo respondió:
Mateo: Siempre.
Alexander escribió:
Alexander: Buenas noches.
Mateo respondió:
Mateo: Buenas noches.
Los dos dejaron sus teléfonos.
Pero ninguno durmió inmediatamente.
Porque algo estaba ocurriendo.
Algo que todavía no tenía nombre.
Algo que cada día era más difícil ignorar.
Y mientras Mateo y Alexander intentaban descubrir qué significaba aquello, Richard Whitmore revisaba unos documentos en su despacho.
Entre ellos había información de Alexander.
Sus horarios.
Sus actividades.
Y algunos datos relacionados con las personas con las que pasaba más tiempo.
Richard se detuvo en un nombre.
Mateo Rivera.
Lo observó durante unos segundos.
Después cerró la carpeta.
La preocupación que había mostrado días atrás ya no era solamente una advertencia.
Ahora había comenzado a investigar.
Y Mateo todavía no sabía que su nombre había entrado oficialmente en el mundo de los Whitmore.