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Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Romance / Fantasía LGBT
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: El señor del Inframundo

La niebla negra avanzaba lentamente entre los árboles.

No era una niebla común.

Donde pasaba, las flores se marchitaban, el canto de los pájaros desaparecía y el aire se volvía tan frío que costaba respirar.

Sara retrocedió un paso.

Su lámpara comenzó a parpadear.

—¿Qué... qué está pasando?

A su lado, Hades observaba la oscuridad con una expresión que Sara nunca le había visto.

Ya no parecía un simple viajero.

Su mirada era seria, autoritaria, como la de alguien acostumbrado a enfrentarse a peligros mucho mayores.

Desde el interior de la niebla comenzaron a escucharse voces.

—Sara...

La joven abrió los ojos con sorpresa.

Era la voz de su padre.

—Papá...

La voz volvió a sonar, ahora más cercana.

—¿Por qué no me salvaste?

Sara sintió un fuerte dolor en el pecho.

—No...

Sabía que aquello no tenía sentido.

Su padre había muerto muchos años atrás.

Pero escuchar su voz era suficiente para hacerla dudar.

Otra voz apareció.

—Todo esto es culpa tuya...

Era diferente.

Era la voz de una anciana que había fallecido el invierno anterior.

Después llegaron más.

Docenas.

Cientos.

Todas acusándola, culpándola, haciéndola sentir insuficiente.

Sara cayó de rodillas y se cubrió los oídos.

—¡Basta...!

Hades dio un paso al frente.

Su expresión cambió por completo.

—Mormo...

La niebla comenzó a tomar forma.

Dos ojos amarillos aparecieron entre la oscuridad.

Luego una enorme silueta cubierta por sombras.

No tenía un cuerpo definido.

Parecía hecha de humo.

Su voz era grave y áspera.

—Hace mucho tiempo que no nos veíamos...

Mi señor.

Sara levantó lentamente la cabeza.

—¿Mi... señor?

Hades cerró los ojos unos segundos.

Ya no tenía sentido seguir ocultándolo.

Con un suspiro, levantó la mano derecha.

Una energía azul oscura recorrió su cuerpo.

La sencilla ropa de viajero desapareció.

En su lugar apareció una elegante túnica negra con bordes plateados.

Una corona de ébano descansó sobre su cabeza.

En una de sus manos surgió un largo bidente de obsidiana.

El bosque entero pareció inclinarse ante su presencia.

Incluso la niebla retrocedió unos metros.

Sara quedó completamente inmóvil.

—No puede ser...

Hades la miró con serenidad.

—Perdóname.

No me llamo Adán.

Soy Hades, rey del Inframundo.

El silencio fue absoluto.

Sara tardó varios segundos en reaccionar.

Otra vez.

Otra persona en quien había confiado resultaba ser un dios.

Primero Ares.

Después Afrodita.

Y ahora...

Hades.

Bajó lentamente la mirada.

—¿Todos los dioses tienen la costumbre de ocultar quiénes son?

La pregunta dolió más de lo que Hades esperaba.

—No era mi intención burlarme de ti.

—Entonces... ¿por qué?

El dios guardó silencio.

¿Cómo podía explicarle que, si hubiera revelado su identidad desde el principio, nunca habría conocido a la verdadera Sara?

—Porque quería que me vieras como una persona... y no como un dios.

Sara respiró profundamente.

Aquella respuesta le recordó algo.

Era casi la misma razón que Ares y Afrodita le habían dado antes de desaparecer.

Por un instante, comprendió el miedo que debían sentir los dioses al no saber si alguien los apreciaría por quienes eran o por el poder que poseían.

Pero no tuvo tiempo de responder.

Mormo rugió con fuerza.

—¡Basta de conversaciones!

La criatura lanzó una enorme ola de oscuridad.

Hades giró su bidente.

Un muro de llamas azules apareció frente a ellos.

Las sombras chocaron contra el fuego y desaparecieron.

Sara observaba la escena sin poder creerlo.

Nunca había visto un combate entre seres sobrenaturales.

—Regresa al pueblo —ordenó Hades sin apartar la vista de Mormo.

—¡No!

—Sara.

Su voz sonó firme.

—Este enemigo no puede ser derrotado por un humano.

Ella dio un paso adelante.

—No pienso abandonarlo.

Hades la miró sorprendido.

—Acabas de descubrir que te mentí.

Y aun así...

Sara respiró hondo.

—Estoy molesta.

Muy molesta.

Pero no voy a dejar sola a una persona que intenta protegerme.

Aquellas palabras hicieron que Hades sonriera por primera vez en mucho tiempo.

—Ahora entiendo por qué ellos se enamoraron de ti.

Sara abrió mucho los ojos.

—¿Ellos?

—Ares y Afrodita.

El corazón de Sara comenzó a latir con fuerza.

No sabía qué responder.

Nunca había pensado seriamente en esa posibilidad.

Sí, sentía algo especial por ambos.

Pero...

¿Enamorarse?

Antes de que pudiera responder, Mormo volvió a atacar.

Esta vez las sombras tomaron forma de enormes manos que surgían del suelo.

Hades giró su arma con una precisión impresionante.

Cada movimiento destruía decenas de aquellas sombras.

Sin embargo...

Por cada una que desaparecía, aparecían dos más.

El dios frunció el ceño.

—Está alimentándose del miedo.

Sara recordó las voces.

Los lamentos.

Las acusaciones.

Comprendió que cuanto más miedo sintiera una persona, más fuerte se volvía aquel monstruo.

—Entonces...

No debemos tener miedo.

Hades negó lentamente.

—Es más difícil de lo que parece.

Mormo no crea el miedo.

Solo despierta el que ya existe dentro de cada corazón.

Sara bajó la cabeza.

Pensó en su padre.

Pensó en Ares.

En Afrodita.

En Hades.

Pensó en el miedo que sentía de volver a confiar en alguien y terminar siendo engañada otra vez.

Sí.

Tenía miedo.

Pero también recordó algo que su padre le decía cuando era niña.

"El valor no significa no sentir miedo."

"Significa seguir adelante a pesar de él."

Sara levantó la cabeza.

Miró directamente a Mormo.

—¡No voy a dejar que controles mi corazón!

La criatura rugió.

Las voces comenzaron a desaparecer poco a poco.

Hades la observó sorprendido.

El miedo seguía allí.

Pero Sara había decidido enfrentarlo.

Y eso debilitaba a Mormo.

El dios sonrió levemente.

—Así que esa es tu verdadera fuerza...

No era la fuerza física.

Ni la inteligencia.

Era la capacidad de levantarse incluso cuando todo parecía perdido.

Mormo lanzó un último ataque desesperado.

Una inmensa ola de oscuridad cubrió el bosque.

Hades clavó el extremo de su bidente contra el suelo.

Una gigantesca barrera azul envolvió a Sara.

El impacto sacudió toda la montaña.

Los árboles se inclinaron.

Las rocas se agrietaron.

Cuando el polvo comenzó a disiparse...

Mormo había desaparecido.

No estaba derrotado.

Simplemente había huido.

El bosque volvió a llenarse del sonido de los grillos.

La luna apareció nuevamente entre las nubes.

Hades respiró profundamente.

Había gastado más energía de la que esperaba.

Sara se acercó lentamente.

—¿Está... terminó?

—Por ahora.

Ella observó el bidente, la corona y la imponente túnica negra.

Después levantó la vista.

—Supongo que ya no puedo seguir llamándolo señor Adán.

Hades dejó escapar una pequeña risa.

Una risa auténtica.

Quizá la primera en siglos.

—No.

Supongo que no.

Sara sonrió.

—Entonces... mucho gusto, Hades.

El dios del Inframundo quedó completamente sorprendido.

No había miedo en su voz.

Ni odio.

Ni resentimiento.

Solo una sincera disposición a volver a empezar.

En ese instante comprendió algo.

Sara no juzgaba a las personas por el título que llevaban.

Las juzgaba por sus acciones.

Muy lejos de allí, en el Olimpo, Zeus observaba todo a través del Espejo del Mundo.

Atenea apareció a su lado.

—Padre... ¿lo viste?

Zeus asintió lentamente.

—Sí.

Su mirada permanecía fija en Sara.

Aquella joven acababa de aceptar la verdadera identidad del dios más temido del Olimpo... sin retroceder.

Por primera vez desde que comenzó la prueba, Zeus sintió una emoción que no esperaba experimentar.

Respeto.

Mientras tanto, oculta entre las sombras de un risco, Eris sonreía.

—Perfecto...

Ahora Hades también forma parte de la historia.

Y cuanto más grande sea el vínculo entre Sara y los dioses...

Más devastador será el momento en que todo se rompa.

La diosa de la discordia comenzó a reír mientras el viento arrastraba su voz por todo el bosque.

Pero, sin saberlo, había cometido un error.

Porque, en lugar de dividir a Sara de los dioses...

Cada obstáculo estaba haciendo que confiaran más unos en otros.

Fin del Capítulo 18.

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