Ella es una policía que trabaja en una cárcel. Después de morir, ella reencarna en una joven maga quien en sueños ve como muere, así que despierta decidida a cambiar su destino y a cobrar venganza.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Vanderbilt 2
Cuando Circe llegó a la habitación acompañada por una doncella, no pudo evitar detenerse unos segundos.
Era hermosa.
Elegante.
Amplia.
Y mucho más lujosa que cualquier habitación que hubiera ocupado en el templo.
Había muebles cuidadosamente trabajados, cortinas de excelente calidad y pequeños detalles decorativos que demostraban que aquella mansión no reparaba precisamente en gastos.
Pero lo que más llamó su atención fue el enorme ventanal.
Desde allí podía contemplarse parte del jardín, iluminado todavía por algunas lámparas que permanecían encendidas durante la noche.
Circe miró todo aquello.
[Definitivamente este hombre sabe vivir.]
La doncella dejó sus pertenencias ordenadas y luego hizo una pequeña reverencia.
—Si necesita algo, solo tiene que llamar.
—Gracias.
Cuando la puerta finalmente se cerró, Circe quedó sola.
Miró nuevamente la habitación.
Luego miró la cama.
Y sin pensarlo demasiado...
Se lanzó sobre ella.
—Ah...
Se quedó boca arriba, hundida entre las sábanas.
—Quizás podría acostumbrarme a esta vida.
Miró el techo.
Era una cama enorme.
Las sábanas eran suaves.
Demasiado suaves.
Circe tomó una esquina entre los dedos.
[Esto debe costar una fortuna.]
Entonces recordó el templo.
Recordó su habitación sencilla.
Los libros.
Los entrenamientos.
Las comidas compartidas.
Y a las personas que habían estado allí durante tanto tiempo.
La expresión de Circe se suavizó.
Recordó rostros amables.
Personas que la habían acompañado.
Magos que la habían visto crecer.
Y, especialmente, a Roun.
[El lujo está bien.]
[Pero no voy a olvidar de dónde vengo.]
Tampoco olvidaría su propósito.
Los Root.
Su mandíbula se tensó ligeramente.
[No puedo olvidarlos.]
Aquello no era simplemente una aventura.
No estaba allí únicamente para disfrutar de una mansión hermosa o de la compañía de un hombre atractivo.
Tenía un objetivo.
Y quería hacerse fuerte.
Mucho más fuerte.
Aun así, una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
[Pero eso no significa que no pueda aprovecharme un poquito de un guapo moreno.]
Soltó una pequeña risa.
—Un día de diversión no hará daño.
Después de un merecido baño, Circe regresó a la habitación.
Se metió en la cama y volvió a contemplar las sábanas.
[Con el precio de esto podría haber comprado probablemente todas las cosas que tuve durante años en el templo.]
Sonrió.
[Qué exageración.]
Cerró los ojos.
Y antes de quedarse dormida, volvió a pensar en el templo.
No los olvidaría.
Nunca.
Pero aquella noche durmió tranquila.
A la mañana siguiente, Circe tomó una decisión.
[Únicamente hoy.]
Ese día sería para descansar.
Después retomaría sus entrenamientos.
Porque, aunque Adrian fuera un duque poderoso...
[La fuerza que consiga tiene que ser mía.]
No quería convertirse en alguien que dependiera de otra persona.
Ni de un título.
Ni de un hombre.
Ni siquiera de sus propios recuerdos.
Quería crecer porque ella lo había decidido.
Cuando bajó a desayunar, encontró a Adrian esperándola.
El duque levantó la mirada.
Y sonrió.
—Buenos días, Lady Circe.
—Buenos días, duque Vanderbilt.
—Espero que haya descansado bien.
—Mucho.
Adrian hizo un gesto hacia la mesa.
—Me alegra.
Después de unos minutos, le hizo una propuesta.
—Me gustaría mostrarle mis territorios.
Circe levantó la mirada.
—¿Usted?
—Yo.
Ella fingió cierta sorpresa.
—Pero seguramente está muy ocupado.
—Lo estoy.
—Entonces podría pedirle a alguien que me acompañara.
Adrian negó.
—No es necesario.
Circe ocultó una sonrisa.
[Así que quiere hacerlo él mismo.]
—Como usted prefiera.
Tomó tranquilamente su taza.
—Entonces será un honor pasar el día con el duque Vanderbilt.
Adrian sonrió.
—Espero que sea un gran día.
Circe levantó ligeramente la taza.
—Eso dependerá de usted.
Él soltó una pequeña risa.
Y terminó siéndolo.
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El primer día de Circe en la mansión Vanderbilt transcurrió con una tranquilidad inesperada.
Adrian le mostró la residencia.
Los jardines.
La biblioteca.
Las zonas de trabajo.
Los espacios destinados a recibir visitas.
Los alrededores.
Y poco a poco comenzó a explicarle cómo funcionaba el ducado.
Además, la presentó ante algunos de sus subordinados como una invitada especialmente importante.
Circe observaba todo.
Escuchaba.
Memorizaba.
Analizaba.
Pero también se divertía.
Mucho.
Porque cada conversación con Adrian parecía convertirse en un pequeño juego.
—¿Siempre recibe así a sus invitados? —preguntó Circe.
—No.
—Qué alivio.
—¿Por qué?
—Pensé que todas las mujeres recibían este tratamiento.
Adrian sonrió.
—No todas.
—¿Entonces soy especial?
—Eso parece.
Circe bajó la mirada fingiendo timidez.
—Qué peligroso decirle eso a una mujer.
—¿Por qué?
Ella volvió a mirarlo.
—Podría empezar a creérselo.
Adrian sonrió.
—Quizás quiero que lo crea.
Circe sintió aquella pequeña tensión nuevamente.
No era incómoda.
Todo lo contrario.
Era divertida.
Ambos sabían lo que estaban haciendo.
Cada palabra podía interpretarse de dos maneras.
Cada mirada duraba un segundo más de lo necesario.
Cada sonrisa parecía esconder algo.
Y, sin embargo, ninguno cruzaba la línea.
Era como una batalla.
Una batalla silenciosa.
[¿Quién va a ceder primero?]
Circe no pensaba hacerlo.
Y Adrian tampoco parecía dispuesto.
Continuaron recorriendo el ducado.
Hablaron de magia.
De libros.
De negocios.
De política.
De las dificultades de administrar un territorio.
Circe hizo preguntas cuidadosamente escogidas.
Adrian respondió algunas.
Otras las esquivó con una sonrisa.
Ella lo notó.
Él también notó cuándo ella hacía lo mismo.
Eran dos personas intentando descubrirse sin revelar demasiado.
Y eso hacía que la atracción creciera.
Al caer la tarde, Circe se dio cuenta de que había pasado prácticamente todo el día junto a él.
Y no había entrenado.
Ni una sola vez.
Miró al duque.
Después sonrió.
[Está bien.]
[Le concederé este día.]
Por una vez no quería pensar en los Root.
Ni en la venganza.
Ni en cuánto debía fortalecerse.
Quería disfrutar.
Y eso también era parte de estar viva.
Así que continuó caminando junto a Adrian.
Conversando.
Riéndose.
Coqueteando.
Disfrutando de aquella pequeña batalla entre ambos.
Y cuando finalmente terminó el día, Circe comprendió algo.
Había llegado al ducado buscando poder e información.
Pero quizás...
[Disfrutar de un guapo duque tampoco está nada mal.]
Sonrió para sí misma.
Después de todo, podía permitirse un día de placer antes de volver a convertirse en la mujer que entrenaba hasta quedar exhausta.
Y aquel día...
Había decidido disfrutarlo por completo.