Aurelia Rose Everhart lo tenía todo: sangre imperial, belleza y un futuro prometedor. Sin embargo, detrás de las paredes del palacio se escondían conspiraciones, traiciones y personas que deseaban verla desaparecer.
A los diecinueve años, Aurelia es acusada de traición y condenada a muerte. Pero cuando abre los ojos después de morir, descubre que ha regresado al pasado, al momento en que tenía apenas ocho años.
Con todos los recuerdos de su primera vida intactos, Aurelia decide que esta vez no será una princesa manipulada por los demás.
Esta vez cambiará su destino.
Aprenderá magia, construirá alianzas, descubrirá los secretos de su familia y se enfrentará a aquellos que algún día la traicionarán.
Porque Aurelia ya no quiere simplemente sobrevivir.
Quiere convertirse en la mujer que gobierne el Imperio de Elarion.
Pero cambiar el destino tiene un precio...
Y quizá, entre conspiraciones, magia y una peligrosa historia de amor, Aurelia descubra que su primera vida escondía secretos mucho
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Capítulo 8 — El muerto que regresó
Aurelia no podía apartar los ojos de aquella persona.
Durante unos segundos, su mente se negó a aceptar lo que estaba viendo.
—No...
La figura permaneció inmóvil frente a ella.
Era imposible.
Aurelia conocía aquel rostro.
Lo había visto cientos de veces en su primera vida.
Había confiado en aquella persona.
Había compartido secretos con ella.
Y, sobre todo, había llorado cuando recibió la noticia de su muerte.
—¿Cómo es posible...? —susurró Aurelia.
Kael se colocó delante de ella.
—¿Quién eres?
La figura observó al muchacho.
—No tienes por qué saberlo.
—Entonces no esperes que baje la espada.
Aurelia levantó una mano.
—Kael, espera.
El hombre volvió a mirar a Aurelia.
—Sigues siendo igual de curiosa.
Aurelia dio un paso hacia adelante.
—Sir Rowan.
Kael abrió los ojos.
—¿Sir Rowan?
Aurelia asintió lentamente.
—Era uno de los caballeros personales de mi hermano.
Rowan había servido a la Familia Imperial desde que Aurelia era pequeña.
En su primera vida, había sido uno de sus protectores más leales.
O eso había creído.
Había muerto durante una batalla cuando Aurelia tenía catorce años.
Ella misma había recibido la noticia.
Incluso había asistido a su funeral.
—Te vi morir —dijo Aurelia.
Rowan sonrió tristemente.
—No.
—¿Qué?
—Viste cómo fingí mi muerte.
Aurelia sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque descubrí algo que no debía.
—¿Qué descubriste?
Rowan miró alrededor.
—Que la Orden del Eclipse está mucho más cerca de la Familia Imperial de lo que imaginas.
Aurelia apretó los puños.
—Eso ya lo sé.
—No sabes cuánto.
Rowan se acercó a una mesa cubierta de polvo.
Colocó un pequeño pergamino sobre ella.
—Esto es una lista.
Aurelia lo abrió.
Había nombres.
Nobles.
Caballeros.
Funcionarios.
Magos.
Sirvientes.
Y algunos nombres que Aurelia reconocía perfectamente.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
—Todos ellos...
—Son miembros de la Orden.
Kael observó el documento.
—¿Cómo obtuviste esto?
—Llevo años investigándolos.
Aurelia recorrió la lista.
Entonces se detuvo.
Había un nombre que no esperaba encontrar.
Duque Valmont.
—Lo sabía...
Kael frunció el ceño.
—¿Qué?
Aurelia no respondió.
Continuó leyendo.
Entonces vio otro nombre.
Uno mucho más peligroso.
Lady Seraphine Everhart.
Aurelia dejó caer el pergamino.
El silencio fue absoluto.
Kael la miró.
—Aurelia...
Ella respiró lentamente.
Toda su vida había sospechado de Seraphine.
Pero una cosa era sospechar.
Otra muy diferente era verlo escrito.
—¿Estás seguro? —preguntó Aurelia.
Rowan asintió.
—Completamente.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de mi falsa muerte.
Aurelia apretó los dientes.
—¿Y mi padre?
Rowan negó con la cabeza.
—No pertenece a la Orden.
Aurelia soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Adrian?
—Tampoco.
—¿Celestia?
Rowan guardó silencio.
Aurelia sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurre?
—No puedo asegurarlo.
Aquella respuesta le dolió más de lo que esperaba.
Celestia.
Su hermana.
La persona que en su primera vida había traicionado su confianza.
Aurelia ya no sabía qué creer.
---
De pronto, una flecha atravesó una de las ventanas.
—¡Agáchense!
Kael empujó a Aurelia al suelo.
La flecha se clavó en la pared.
Rowan desenvainó su espada.
—Nos encontraron.
Aurelia se levantó.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
Varias sombras aparecieron alrededor del invernadero.
Una voz gritó desde afuera:
—¡Entreguen a la princesa!
Aurelia sintió que su magia despertaba.
Sus ojos brillaron dorados.
—No.
Kael la miró.
—Aurelia, no uses tu magia sin control.
—Puedo hacerlo.
—Todavía no sabes cómo.
Aurelia cerró los ojos.
La energía astral recorrió su cuerpo.
Por un instante, volvió a ver el Árbol del Destino.
Las seis estrellas.
La corona.
Y una voz.
«No luches contra ellos.»
Aurelia abrió los ojos.
—Kael.
—¿Qué?
—No quieren matarnos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si quisieran hacerlo, ya habrían disparado otra flecha.
Kael observó las sombras.
Aurelia continuó:
—Quieren capturarnos.
Rowan asintió.
—Tiene razón.
—Entonces debemos escapar.
Kael sonrió.
—Eso sí puedo hacerlo.
El muchacho levantó la mano.
Una enorme llama apareció.
El fuego iluminó el invernadero.
Los enemigos retrocedieron.
—¡Ahora!
Los tres corrieron hacia una puerta trasera.
Pero antes de salir, Aurelia se detuvo.
Había visto algo.
Una de las figuras llevaba un anillo negro.
El mismo símbolo.
Aurelia recordó su primera vida.
El hombre junto al carruaje de Adrian.
El anillo.
La muerte.
—¡Espera!
Kael se detuvo.
—¿Qué pasa?
Aurelia señaló al hombre.
—Ese.
La figura intentó escapar.
Rowan corrió tras él.
Después de unos segundos regresó sujetándolo.
—¿Lo conoces?
Aurelia se acercó.
El hombre temblaba.
—Tú...
Ella lo reconoció.
No era exactamente el mismo rostro que recordaba.
Pero era uno de los sirvientes que había trabajado en los establos del palacio.
En su primera vida, había desaparecido poco después de la muerte de Adrian.
Aurelia se acercó.
—¿Quién te ordenó sabotear el carruaje del príncipe?
El hombre guardó silencio.
Kael puso una mano sobre su espada.
—Habla.
—¡No puedo!
Aurelia lo miró fijamente.
—¿Por qué?
El hombre comenzó a temblar.
—Porque si hablo, ellos matarán a mi familia.
Aurelia se quedó callada.
Entonces recordó algo.
En su primera vida, jamás había investigado a los familiares de los sirvientes acusados.
Había aceptado las versiones oficiales.
Ahora entendía por qué.
La Orden no obligaba a las personas únicamente mediante dinero.
También utilizaba amenazas.
—Si me dices la verdad —dijo Aurelia—, protegeré a tu familia.
El hombre levantó la cabeza.
—¿Puede hacerlo?
—Soy una princesa imperial.
El hombre soltó una risa amarga.
—Una princesa no puede proteger a nadie dentro de este palacio.
Aurelia se acercó.
Sus ojos azules brillaron.
—Todavía no.
El hombre la miró.
—Pero algún día seré emperatriz.
Kael sonrió.
Rowan también.
El hombre permaneció en silencio durante unos segundos.
Finalmente susurró:
—El carruaje fue saboteado por orden de...
No terminó la frase.
Una pequeña aguja salió disparada desde la oscuridad.
El hombre cayó.
—¡No!
Aurelia corrió hacia él.
Demasiado tarde.
Había muerto.
Kael miró hacia el lugar de donde había salido la aguja.
—Escaparon.
Rowan apretó los dientes.
—Están dispuestos a matar a sus propios hombres para evitar que hablemos.
Aurelia miró el cuerpo.
En su primera vida, había pasado años pensando que la muerte de Adrian había sido un misterio.
Ahora sabía que no lo era.
La conspiración existía.
Y había comenzado mucho antes de su propia caída.
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Al regresar al palacio, Aurelia encontró a su padre esperándola.
El emperador estaba furioso.
—¿Dónde estabas?
Aurelia guardó silencio.
Lucien miró a Kael y luego a Rowan.
Sus ojos se detuvieron en el caballero.
—Tú...
Rowan hizo una reverencia.
—Majestad.
El emperador se quedó inmóvil.
—Creí que estabas muerto.
—Era necesario que lo pareciera.
Lucien miró a Aurelia.
—¿Qué has descubierto?
Aurelia sostuvo su mirada.
Por primera vez, decidió contarle una parte de la verdad.
—La Orden del Eclipse existe.
El emperador cerró los ojos.
—Lo sé.
Aurelia sintió un escalofrío.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que tú nacieras.
—¿Y sabes quién está detrás?
Lucien permaneció en silencio.
Aurelia dio un paso adelante.
—Padre.
El emperador finalmente habló.
—Sí.
—¿Quién?
Lucien levantó la mirada.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque si te digo la verdad...
Su voz se quebró ligeramente.
—No llegarás viva a tu próximo cumpleaños.
Aurelia sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Entonces el emperador añadió algo que la dejó completamente paralizada.
—Y, Aurelia...
—¿Sí?
—No confíes en nadie de nuestra familia.
Aurelia abrió los ojos.
—¿Ni siquiera en Adrian?
Lucien negó lentamente.
—En nadie.
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Esa noche, Aurelia no pudo dormir.
Las palabras de su padre se repetían en su cabeza.
No confíes en nadie de nuestra familia.
Pero entonces recordó algo.
En su primera vida, Lucien había sido asesinado poco antes de que Aurelia fuera acusada de traición.
Ella siempre había pensado que había muerto por enfermedad.
Ahora comenzaba a sospechar que también había sido asesinado.
Aurelia se levantó.
Se acercó al espejo.
Su reflejo la observó.
Cabello rosa.
Ojos azules.
Una pequeña niña de diez años.
Pero dentro de ella vivía una princesa de diecinueve años que había muerto una vez.
—Si quieren jugar con el destino...
Aurelia sonrió.
—Entonces jugaré mejor que ellos.
Detrás de ella, sobre la mesa, el libro negro comenzó a brillar.
Una nueva frase apareció en sus páginas:
«La primera muerte fue para enseñarte quiénes eran tus enemigos.»
Aurelia se acercó.
Otra línea apareció debajo.
«La segunda muerte decidirá quién merece la corona.»
Aurelia sintió un escalofrío.
Porque comprendió que la frase no hablaba de su primera vida.
Hablaba del futuro.
Y quizá...
Aurelia tendría que morir una segunda vez para convertirse en emperatriz.