Rhyne es un guía omega de fuego, Rango F, descartado por el Imperio Aethelgard que teme su llama. Zarek Thorne es el centinela de hielo más poderoso —y más condenado— de su generación. Cuando un frenesí los enfrenta, el Sistema NEXUS-7 sella entre ellos una resonancia del 100%. Un lazo imposible. Un mariscal que nunca se arrodilla. Un guía que el mundo quiso apagar. Y una llama que, una vez encendida, no pide permiso para arder.
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EPISODIO 1: EL OMEGA QUE NO CALMA
EL OMEGA QUE NO CALMA
Rhyne llevaba tres años aprendiendo a no existir.
Tres años de entrenar en el ala de descarte, la sección del Instituto Aethelgard donde enviaban a los omegas defectuosos. Los que no podían calmar. Los que, en lugar de serenar la tormenta de un centinela, la empeoraban.
Los como él.
—Resonancia: 12% —anunció el evaluador, sin ni siquiera mirarlo a los ojos—. Inaceptable.
Rhyne apretó los puños. Sus feromonas, en lugar de disiparse como debían, chisporrotear en el aire. Un olor a humo negro, a madera quemándose, a fuego. Los otros omegas en la sala de observación retrocedieron instintivamente.
Siempre hacían lo mismo.
—Rango F confirmado —continuó el evaluador, marcando algo en su tableta—. Queda usted descartado del programa de emparejamiento activo. Será reasignado a…
—No necesito que me lean el informe —cortó Rhyne, la voz ronca por el esfuerzo de contenerse—. Lo conozco de memoria.
El evaluador finalmente lo miró. Con desprecio.
—Entonces sabrá que su presencia aquí es un desperdicio de recursos. Lárguese.
Rhyne no se movió. No podía. Porque si se movía, si respiraba demasiado profundo, el fuego que llevaba dentro podría escaparse. Y si se escapaba…
Quema. Siempre quema.
Salió de la sala con la espalda recta, ignorando las miradas de los otros omegas. Los válidos. Los que sí podían calmar a sus centinelas, los que tendrían asignaciones, protección, un propósito.
Él no tenía nada de eso.
Tenía un apartamento diminuto en el Sector Bajo, una ración de comida que apenas alcanzaba, y una sola regla que lo mantenía vivo:
Nunca encenderse.
—
Dos semanas después.
Rhyne trabajaba en los archivos subterráneos del Distrito 7, clasificando expedientes de centinelas caídos. Era un trabajo fantasma: nadie lo veía, nadie le hablaba, nadie recordaba que existía.
Perfecto.
Esa tarde, mientras archivaba el informe de un centinela Rango C que había entrado en frenesí durante una misión de rutina, escuchó las sirenas.
No eran las sirenas comunes. Eran esas sirenas. Las que solo sonaban cuando un centinela de alto rango perdía el control en zona poblada.
Rhyne se congeló. Su primer instinto fue esconderse. Meterse bajo el escritorio, taparse los oídos, esperar a que pasara.
Pero entonces sintió algo
No era un sonido. Era una vibración. Como si el aire mismo estuviera gritando. Y entre ese grito, un eco negro, viscoso, que se arrastraba por su piel como dedos fríos.
Corrupción.
La palabra surgió en su mente sin que la llamara. La había leído en los expedientes: "La corrupción es un parásito psíquico que consume la mente del centinela hasta el frenesí". Pero nunca la había sentido
Era como si algo dentro de él —algo antiguo, algo que no entendía— reconociera a su especie. Como si el fuego y la corrupción fueran… enemigos naturales.
—No —murmuró, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. No es tu problema. Tú no calmas. Tú no…
Otra sirena. Más cerca.
Y entonces, el estruendo.
Algo —alguien— había impactado contra el edificio de enfrente. Rhyne corrió hacia la ventana, contra todo juicio, contra toda lógica.
Y lo vio.
Zarek Thorne no entró en frenesí. Estalló.
El Mariscal del Norte, Rango SSS, atributo hielo, acababa de regresar de una misión en la Frontera Oscura. Siete horas de combate continuo. Tres emboscadas. Y la corrupción había tenido tiempo de infiltrarse.
Tiempo suficiente.
Ahora, en medio de la Plaza del Distrito 7, Zarek se retorcía en el suelo mientras el hielo lo consumía.
No era un hielo normal. Era negro, agrietado, lleno de venas oscuras que le subían por el cuello como raíces malditas. Sus ojos, normalmente de un gris glacial, estaban completamente negros. Sus feromonas —que deberían ser frías, limpias, como nieve recién caída— olían a tormenta, a sangre congelada, a peligro mortal
Los guardias intentaban contenerlo. Cinco hombres, todos Rango B o superior, con inhibidores de feromonas y redes de contención.
Zarek los destrozó en doce segundos.
No los mató. Los lanzó contra los edificios con una fuerza brutal, rompiendo huesos, ventanas, todo a su paso. El hielo negro se expandía, cubriendo el pavimento, trepando por las paredes, congelando el aire mismo.
La gente huía. Los comercios cerraban. Las sirenas aullaban.
Y Rhyne, desde su ventana en el tercer piso del archivo, no podía dejar de mirarlo.
Porque sentía algo
No era empatía. No era compasión. Era… reconocimiento. Como si el fuego dentro de él supiera que ese hielo negro era su opuesto perfecto. Su…
No.
Rhyne se alejó de la ventana. Se obligó a respirar. A calmarse. A recordar quién era:
Un omega Rango F. Un defecto. Un guía que no calmaba, que quemaba
Si salía ahí, si se acercaba a ese centinela en frenesí, solo haría una cosa:
Empeorarlo.
Pero el cuerpo no siempre obedece a la razón.
Rhyne no recordó haber bajado las escaleras. No recuerdo haber salido del edificio. Solo recordó el calor.
Un calor que le subía desde el pecho, que le quemaba la garganta, que le hacía arder los ojos. Sus feromonas, normalmente contenidas, se escaparon en oleadas. Humo negro. Fuego silencioso.
La gente lo miró al pasar. Algunos retrocedieron. Otros simplemente huyeron.
Nadie intentó detenerlo.
Cada paso que daba hacia la plaza, el calor aumentaba. El hielo negro de Zarek lo llamaba, y algo dentro de Rhyne respondía.
Llegó al borde de la plaza. El espectáculo era dantesco.
Zarek Thorne estaba de rodillas, pero no se rendía. El hielo negro le cubría ya la mitad del rostro, y sus manos —esas manos que deberían empuñar espadas o disparar rifles— se clavaban en el pavimento congelado como si quisiera arrancarlo.
Los guardias restantes mantenían una distancia de seguridad. Nadie se atrevía a acercarse.
Nadie excepto Rhyne.
—¡Alto! —gritó uno de los guardias al verlo—. ¡Omega, aléjese! ¡Es un Rango SSS en frenesí! ¡Morirá si se acerca!
Rhyne se detuvo. Por un segundo, dudó.
Luego, sus ojos brillaron con un resplandor anaranjado.
El fuego despertó.