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Entre Sombras Y Piel

Entre Sombras Y Piel

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor prohibido / Suspenso / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elara es una arquitecta brillante, reservada, que ha vivido siempre bajo reglas y control. Todo cambia cuando acepta restaurar la antigua mansión de la familia Varela y conoce a Dante Varela: un hombre misterioso, intenso, que despierta en ella un fuego que creyó no tener. Entre paredes que guardan secretos, noches de pasión arrolladora y un pasado que amenaza con separarlos, descubrirán que el deseo no se puede controlar… y que a veces, amar es el único riesgo que vale la pena correr.

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Capítulo 14 — El amanecer y la decisión

La luz grisácea del amanecer se filtraba débilmente por las rendijas de la cabaña cuando Elara abrió los ojos. Por un instante, no supo dónde estaba: el olor a madera vieja, el frío que calaba los huesos, el peso cálido del brazo de Dante sobre su cintura… todo le volvió a la mente de golpe. No era un sueño: la huida, la persecución, la noche pasada escondidos entre los árboles… todo había sido real. Se levantó despacio, con cuidado de no despertarlo, y se acercó a la ventanilla, cubierta de polvo y telarañas. Al limpiar el vidrio con la mano, vio el bosque despertar: árboles altos y sombríos, la niebla arrastrándose entre los troncos como un fantasma, y un silencio tan profundo que parecía no haber rastro de seres humanos en kilómetros a la redonda. Pero sabía que no era así. Julián estaba ahí fuera, buscándolos, y no se detendría.

—No duermes —dijo una voz ronca y suave a su espalda.

Se giró y vio a Dante sentado en el borde de la cama, con el cabello revuelto y la mirada pesada, pero fija en ella.

—No pude dormir más —respondió ella, acercándose y sentándose a su lado—. Estaba pensando… en lo que haremos cuando salgamos de aquí. Si es que podemos salir.

—Podemos —afirmó él, tomándole la mano con firmeza—. Pero no podemos quedarnos. Cuanto más tiempo pasamos aquí, más fácil es que nos encuentren. Debemos seguir caminando, cruzar el bosque hasta llegar al pueblo de la otra ladera. Allí podremos conseguir un coche, llamar a Salinas, ponernos a salvo.

—¿Y si nos esperan en el camino? —preguntó ella, y el miedo se le escapó en un susurro—. Julián sabe que tenemos que salir de alguna forma. Puede tener vigiladas todas las rutas.

—Lo sé —dijo él, apretando los dientes—. Por eso no tomaremos el camino principal. Hay un sendero antiguo, casi olvidado, que mi padre me enseñó cuando era niño. Cruza la montaña y sale al pueblo por detrás. Nadie lo usa. Nadie lo conoce. Solo nosotros.

Se levantaron y prepararon todo con rapidez. La caja de metal volvió a esconderse en el fondo de la mochila, bien protegida. Comieron un poco de pan y agua que encontraron en la cabaña, sin hablar mucho, sabiendo que cada minuto contaba. Antes de salir, Dante se detuvo junto a la puerta y miró a su alrededor, como si se despidiera del único refugio que habían encontrado.

—Mi padre venía aquí cuando necesitaba pensar —dijo en voz baja—. Decía que el bosque escucha mejor que las personas. Espero que nos haya escuchado también.

Salieron al exterior. El aire era frío, cortante, y la humedad les caló hasta los huesos en cuanto dieron unos pasos. El sendero era estrecho, lleno de maleza y piedras resbaladizas, apenas visible entre la vegetación. Dante iba delante, abriendo camino con un palo grueso que había recogido, apartando ramas y espinas, siempre atento, escaneando cada sombra, cada sonido. Elara caminaba pegada a él, con la mano libre agarrada a su camisa, sin soltarlo ni un instante.

Caminaron durante horas, sin detenerse, sin hablar, solo el sonido de sus pasos sobre la hojarasca y el canto de algunos pájaros que rompían la calma. A media mañana, llegaron a un punto alto desde donde se veía el valle: abajo, muy lejos, se divisaba el pueblo, y más allá, la carretera principal por la que habrían debido ir. Y entonces, ambos se detuvieron de golpe, con el corazón en un puño.

En la carretera, justo donde el camino del bosque desembocaba, había dos coches negros aparcados. Varios hombres estaban de pie junto a ellos, mirando hacia todos lados, con posturas rígidas y vigilantes. Julián no había dejado nada al azar. Había cerrado todas las salidas. Sabía que tendrían que bajar del bosque tarde o temprano, y los estaba esperando.

—Nos ha cortado el paso —susurró Elara, sintiendo cómo la desesperación la invadía—. No podemos bajar ahí. Nos verán en cuanto salgamos.

Dante se quedó mirando abajo, con el ceño fruncido, pensando rápido.

—No podemos bajar por ahí… pero tampoco podemos quedarnos aquí. Pronto se hará de noche de nuevo, y si no llegamos con Salinas pronto, todo habrá sido en vano. Las pruebas no sirven si no se las entregamos a alguien que pueda hacer algo con ellas.

—¿Qué otra opción tenemos? —preguntó ella, sintiendo que las lágrimas le subían a los ojos—. Estamos rodeados. No tenemos coche, no tenemos teléfono, no tenemos ayuda.

Dante se giró hacia ella y la tomó de los hombros, mirándola a los ojos con una determinación que la hizo callar de inmediato.

—Tenemos esto. Tenemos la verdad. Tenemos el valor de quienes no se rinden. Y tenemos algo más: conozco una casa, no muy lejos de aquí. De una vieja amiga de mi madre. Se llama Elvira. Vive sola, lejos de todo. Si seguimos por este sendero hacia el oeste, llegamos en dos horas. Ella tiene teléfono, tiene coche… y odia a Julián Montero con toda su alma. Si alguien nos puede ayudar, es ella.

—¿Estás seguro? —preguntó Elara, necesitando creerlo—. ¿Podemos confiar en ella?

—Le confiaría mi vida —respondió él con firmeza—. Y la tuya también. Pero debemos movernos rápido. Si nos ven desde la carretera, si alguno de esos hombres sube a investigar… no tendremos dónde escondernos.

Retomaron la marcha, ahora con más urgencia, empujándose mutuamente hacia adelante. El cansancio empezaba a pesarles: las piernas les dolían, los pulmones les ardían con cada respiración entrecortada, pero ninguno dijo de detenerse. Cada paso que daban era un paso más lejos de la mansión, más cerca de la justicia, más cerca de poder vivir libres algún día.

Mientras caminaban, Elara pensó en todo lo que había pasado: el encuentro en la puerta de la mansión, los besos robados entre sombras, las cartas de Valeria, la caja bajo el roble, la huida en la oscuridad. Nunca imaginó que su vida cambiaría tanto, tan rápido, por amor y por verdad. Y ahora, caminando de la mano de un hombre que lo había arriesgado todo, comprendió que no habría cambiado nada. Ni el miedo, ni el frío, ni el peligro. Porque lo que había encontrado con Dante valía cada segundo de lucha.

—Ya casi llegamos —dijo Dante, apretándole la mano—. Solo un poco más. Confía en mí.

—Siempre —respondió ella, con la certeza más profunda que había sentido en su vida—. Siempre.

Y entre los árboles, bajo un sol que empezaba a descender hacia el horizonte, siguieron caminando, sin saber que no estaban solos. Que entre las sombras del bosque, muy cerca, unos ojos los observaban. Y que la siguiente parada, la casa de Elvira, sería el lugar donde todo cambiaría para siempre.

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Eliana Angulo
interesante
Eliana Angulo
desde que se conocieron hubo una química entre los protagonistas, que me gustó 🤭
Eliana Angulo
el paso de deja quieto, por estar de hosiosa que les pasara
Eliana Angulo
yo no recostruiria nada, dejaría esa casa asi
Eliana Angulo
yo no recostruiria nada, dejaría esa casa asi
Eliana Angulo
esa Clara guarda algo
Eliana Angulo
jajaja es Dante no era que se reprimia🤣🤣
Eliana Angulo
interesante tu obra
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: me alegra que te guste, te invito a seguir leyendo la y a qué le mis otras historias, te encantarán ☺️
total 3 replies
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