Una noche, su amiga la arrastra a un exclusivo club nocturno en Italia. En el área VIP, rodeado de hombres trajeados como si fuera el dueño del lugar, un desconocido de ojos abrasadores la mira como si pudiera devorarla. Su voz ronca, su acento extranjero y sus manos tatuadas desatan algo que Lara nunca había sentido. Esa noche se entrega a él por primera y única vez.
A la mañana siguiente, él desapareció. Solo dejó un fajo de billetes y una nota que la hizo arder de rabia.
Lo que Lara no sabe es que ese hombre es Nikolai Pushkin, el Don de la Bratva rusa: un líder despiadado al que su propio imperio le prohíbe amar a una mujer fuera de su mundo. Y lo que Nikolai no sabe es que aquella noche dejó mucho más que dinero sobre la mesa.
Tres años después, cuando un giro del destino los vuelve a cruzar, Nikolai descubre que tiene un hijo. Y que la mujer que lo atormenta cada noche en sus sueños pasó por el infierno para sacar adelante sola a su bebé.
Ahora Nikolai está dispuesto a enfrentar a su familia, a sus aliados y a sus enemigos para recuperar lo que es suyo. Pero en el mundo de la mafia, reclamar a tu mujer y a tu heredero tiene un precio que puede cobrarse en sangre.
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Capítulo 23
Nikolai
—Déjame sola, por favor.
—¿Por qué me quieres lejos? ¿Me odias? ¿No me quieres? ¿Es eso?
—Te odio, Nikolai. Te odio.
La prensé contra la pared y la cargué. Intentó gritar.
—Estoy seguro de que no vas a querer despertar a nuestro hijo.
Se quedó en silencio. La llevé a mi cuarto y la bajé al piso.
—Ahora dime.
Respiró hondo.
—Creo que es mejor que rente un lugar para quedarme con Gael. Cuando termines tu compromiso, hablamos.
—Llegamos hoy, Lara. No seas injusta conmigo. No tuve tiempo de prohibirle la entrada. No tuve tiempo de ir a hablar con su padre. Te prometo que mañana mismo cancelo todo. Solo no me pidas que me aleje de ti y de mi hijo.
—Nikolai, solo resuelve esto pronto, pero lejos de nuestro hijo.
—Te juro que este error no se va a repetir.
Descruzó los brazos y se volteó.
—Estoy confiando en tu palabra.
—No respondiste mi pregunta.
—No voy a responder nada.
—¿Me odias?
Me acerqué y ella retrocedió hasta que su espalda quedó pegada a la pared.
—¡Respóndeme! ¿Me odias?
Le sujeté el rostro y la obligué a mirarme.
—¿Me odias?
Jadeó. Sus manos fueron a mi rostro y su boca se pegó a la mía en un beso desesperado. La sujeté por los muslos y la levanté; Lara me rodeó la cintura con las piernas y la prensé contra la pared.
—Te odio.
Volvió a besarme. La llevé hasta mi cama y la deposité sobre las sábanas.
—Me odias.
Le quité el vestido, dejándola solo en ropa interior.
—Sí, te odio.
Lo dijo en un susurro. Fui bajando con besos hasta llegar a su coño. Le quité la pantaleta y me la guardé en el bolsillo. La abrí bien y contemplé mi paraíso. Pasé la lengua sintiendo cómo se estremecía. Seguí chupando el nervio duro y penetré con dos dedos. Se retorció en la cama, pero le sostuve las piernas. Encontré su punto G y la sentí explotar en mi cara. Seguí tomando cada gota de placer de mi mujer. Me levanté y me quité la ropa mientras ella devoraba cada parte de mi cuerpo con la mirada.
—Eres hermoso.
—Hermosa eres tú, mi ángel.
Me recosté sobre ella y la penetré. Me arañó la espalda.
—Coño delicioso.
Embestí con fuerza haciéndola gemir alto. Besé sus labios mientras la cogía duro. Llevé mis manos hasta las suyas y las subí por encima de su cabeza, sujetándolas con una sola mano.
—Mira, mi ángel, cómo tu coño me ama.
Miró mi verga entrando en ella y apretó las manos. Me incliné y le lamí el pezón, succionándolo.
—Dilo, Lara. Di que me amas.
—Te odio.
—¡Mentirosa! Sé que en estos tres años no fui el único atormentado por nuestra noche. Recuerda que nuestro hijo es la confirmación.
—Yo... yo...
—¿Tú?
Me detuve y la miré.
—¡Eso es golpe bajo! Déjame acabar, estaba cerca.
—Si dices la verdad, tal vez te deje acabar.
—¡Sé darme placer muy bien! No te necesito para eso.
—¿Ah, sí? ¿Acaso vas a acabar rico sin mi verga dentro de tu coño?
—Puedes estar seguro de que sí.
Salí de ella. Lara abrió los ojos enormes. Antes de que pudiera salirse de la cama, me derribó, se montó encima de mí, se la metió sola y empezó a cabalgar.
—Creí que preferías acabar con tus propios dedos.
Dije, y un gemido se me escapó de los labios.
—Pero eso no significa que quiera acabar en ellos. Quiero acabar en tu verga grande y gruesa. Quiero sentir tu verga cogiéndome. ¿No es eso lo que quieres oír? Pues te lo estoy diciendo.
Gruñí. Movió las caderas delicioso sobre mi verga haciéndome soltar gemidos. Lara alcanzó su placer y me apretó con fuerza. No pude controlarme y me vine rugiendo dentro del coño de mi mujer.