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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:81
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

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Capítulo 21

Bajé el teléfono muy despacio, como si pesara diez kilos.

—Bea. —Dante se había acercado. Ya no bromeaba—. ¿Estás bien?

—Era mi papá. —Me temblaba un poco la voz y odié que me temblara—. Se enteró de lo del divorcio. Por los chismes del pueblo. Dice que si me divorcio, me repudia. Que para él me muero.

No lloré. Ya había llorado bastante en mi vida por cosas que no lo merecían. Pero me subí al auto en silencio y me quedé mirando por la ventanilla las luces de la ciudad pasando, borrosas.

Le conté todo, porque a Dante, no sé por qué, siempre terminaba contándole todo. Que Rodrigo había metido a la amante a mi propia casa. Que el día que los descubrí, cuando le reclamé, mi marido de veinte años me había dado una cachetada —la primera de mi vida, a mano abierta, delante de la otra— y ni así mi papá querría oír razones.

—A tu papá dile una cosa. —Dante manejaba con una mano, la otra apoyada en la palanca, cerca de la mía sin tocarla—. Dile que ya encontraste a otro. Uno más guapo que Rodrigo. Y más rico.

Solté una risa amarga.

—¿Más rico? Ay, Dante. Con lo que ganas de mecánico apenas te alcanza para la renta.

—No subestimes a un joven pobre, profesora. —Sonrió de lado—. Un día voy a ser más rico que ese señor. Mucho más. Ya verás.

—Sí, sí. Y yo voy a ganar el Nobel de Literatura. —Le di una palmadita en el hombro, como a un niño con ilusiones—. Gracias por el ánimo.

Él no dijo más. Pero por el rabillo del ojo lo vi apretar apenas la mandíbula, con una expresión rara, como si supiera algo que yo no.

Esa noche no dormí. La voz de mi papá me retumbaba en la cabeza: para mí te mueres, para mí te mueres. Setenta años, la espalda torcida de tanto agacharse en el campo, y toda una vida creyendo que el honor de una familia se mide por cuántas mujeres aguantan calladas. No lo odiaba. Me dolía. Que es peor.

Al día siguiente tenía clase a primera hora. Apenas entré al aula, el teléfono empezó a vibrar en la bolsa. PAPÁ. Lo silencié. Volvió a vibrar. Lo silencié. A la tercera lo mandé directo a buzón y traté de dar mi clase sobre Rulfo con la voz firme, aunque por dentro tenía a Comala ardiéndome en el pecho.

Salí al pasillo entre clase y clase. Diecisiete llamadas perdidas. Un mensaje de voz. Lo puse, con el pulgar temblándome.

—Beatriz. —La voz de mi papá sonaba distinta. Cansada. Y por eso más peligrosa—. Ya me subí al camión. Tres horas de viaje me estoy echando, con la espalda como la tengo, para venir a arreglar esto en persona. Ya llegué a la ciudad. Al salir de tu trabajo te vas derechito a tu casa, a tu hogar, con tu marido, y ahí hablamos todos como gente decente. Y más te vale estar. Que si no, no sé qué me va a pasar. Se me está parando el corazón con este coraje, hija. Me vas a matar. Tú me vas a matar.

Se me heló la sangre.

"Mano al pecho. Otra vez la mano al pecho."

Lo conocía. Conocía ese numerito desde niña: cuando quería salirse con la suya y se le acababan los argumentos, se llevaba la mano al pecho y anunciaba que le iba a dar algo, que se moría, que nosotros lo íbamos a matar. Nunca le había dado nada. El corazón le funcionaba perfecto para gritar tres horas seguidas. Pero funcionaba también para hacerme sentir, a mis cuarenta años, como una niña culpable.

Y aun sabiéndolo —aun sabiendo que era chantaje puro y duro—, se me hizo un nudo en la garganta. Porque el chantaje de un padre no deja de doler por saber que es chantaje. Duele distinto. Duele porque una quisiera que fuera de otro modo.

Dante me estaba esperando afuera, recargado en el Maybach.

Le enseñé el mensaje. Escuchó la voz de mi papá con la mandíbula tensa.

—No vayas sola —dijo.

—Tengo que ir. Si no voy, es capaz de… —Me apreté las manos—. Es mi papá.

—No dije que no fueras. Dije que no fueras sola. —Me abrió la puerta—. Te llevo. Espero afuera, en la puerta. Tú entras y hablas. Pero si algo se pone feo, si oigo que algo se pone feo, entro. ¿De acuerdo?

Asentí. Extrañamente, esa promesa me tranquilizó más que cualquier otra cosa en dos días.

El Fraccionamiento Los Tulipanes estaba igual que siempre: las jardineras podadas, los coches lavados, las cortinas moviéndose apenas cuando los vecinos veían pasar el auto negro que no encajaba con el paisaje. Mi casa. La casa donde había vivido veinte años y donde ya no quería dormir ni una noche más.

Dante estacionó frente al edificio.

—Aquí estoy —dijo—. No me muevo.

Subí sola. La puerta del departamento estaba entreabierta. Empujé.

En la sala, sentados los tres como un tribunal, me esperaban: mi papá en el sillón grande, con su gabardina de pueblo puesta a pesar de estar bajo techo; doña Herminia, mi suegra, en la orilla del sofá, con el pañuelo ya listo; y Rodrigo, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y esa cara de superioridad que había aprendido a odiar.

—Miren nada más quién se dignó a llegar —soltó Rodrigo—. La señora que nunca está en su casa. Andas todo el día en la calle, ¿verdad? ¿Con quién? Ah, sí, con tu mantenido, ese que baja de un cochezote a dejarte. Muy digna la profesora. Resulta que la infiel eres tú, Beatriz, y todavía tienes el descaro de venir a hablar de divorcio.

—No voltees las cosas —dije, quieta en el umbral—. El que metió a otra a esta casa fuiste tú. El que me pegó fuiste tú.

—¡Beatriz! —Mi papá se puso de pie—. ¡Cómo le hablas así a tu marido! ¡En mi presencia! —Se acercó, y por un momento pensé que iba a abrazarme; pero solo me tomó del brazo con fuerza—. Se acabó. Tú te regresas a esta casa. Le pides perdón a Rodrigo, te pones a atender tu hogar como Dios manda, a lavar, a cocinar, a cuidar a tu marido y a tu hijo, y se acabó la tontería del divorcio.

—Papá, no puedo vivir con un hombre que me engañó.

—¡Claro que puedes! ¡Todas pueden! ¿Qué te crees, mejor que tu madre?

—Doña Herminia —intervino mi suegra, poniéndose de pie, arrastrando las palabras con lástima fingida—, óigame, mija. Los hombres son así. Se equivocan. Pero la familia es la familia. Piense en Sebastián. ¿Lo va a dejar sin su papá por un capricho?

—El capricho fue de su hijo, doña Herminia. No mío.

Vi cómo se miraron los tres. Un cruce de ojos rápido, entendido. Y algo cambió en el aire.

—Miren —dijo Rodrigo, acercándose—, ya me cansé de rogar. Contigo por las buenas no se puede. —Y se dirigió a mi papá y a su madre—: Yo digo que la encerremos unos días. Sin teléfono, sin salir. Un par de días encerrada y sola, se le baja la locura y entra en razón. Es por su bien.

—Me parece muy bien —dijo mi papá, con una frialdad que me heló—. Te lo mereces, Beatriz. Por rebelde. Por deshonrar a la familia.

Y antes de que pudiera reaccionar, doña Herminia me agarró de un brazo y Rodrigo del otro. Los dos apretando, jalándome hacia el pasillo, hacia la recámara del fondo.

—¡Suéltenme! —Me revolví—. ¡Están locos! ¡Esto es un delito! ¡Suéltenme!

—Cállate —siseó Rodrigo—. Vas a despertar a los vecinos.

—Es por tu bien, mija —repetía doña Herminia, jalándome—, es por tu bien.

El corazón se me salía. La puerta de la recámara cada vez más cerca. Las manos de los dos como tenazas. Y mi papá mirando, sin mover un dedo, con los brazos cruzados, dándoles la razón.

Entonces me acordé.

Junté todo el aire que me quedaba en los pulmones y grité hacia la puerta con todas mis fuerzas:

—¡DANTE! ¡Entra rápido! ¡Ayúdame! ¡Me quieren encerrar!

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