El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 10 — El Primer Beso Prohibido
El silencio del despacho se llenó de algo más que palabras. Christine acababa de decir que sí, no por obligación ni por miedo, sino por elección, y entre ellos dos se abrió un abismo de emociones contenidas, de deseos reprimidos, de todo lo que habían callado durante meses. Damon la sostenía entre sus brazos con una mezcla de ternura y desesperación, como si temiera que, al soltarla, ella desapareciera, como si su cuerpo necesitara el contacto de ella para saber que era real. Su respiración estaba acelerada, su corazón golpeaba contra el pecho de ella con fuerza, y Christine, con las manos apoyadas en su pecho, podía sentirlo todo: el latido desbocado, el calor de su piel, la tensión que recorría cada músculo suyo.
—¿Estás segura? —le preguntó él, su voz ronca y baja, casi un susurro contra su oído—Dime que estás segura, porque si lo estás, no podré volver atrás. No podré dejarte ir.
—Estoy segura —respondió ella, levantando la vista para mirarlo a los ojos, y en ellos no había duda, no había miedo, solo esa certeza que la había llevado a decir que sí—Te elijo, Damon. Con todo lo que eres, con todo lo que conlleva. No quiero volver atrás, solo quiero avanzar Contigo.
Él la miró un instante más, como si quisiera memorizar ese momento, cada detalle de su rostro, cada brillo en sus ojos, y luego, lentamente, bajó la mirada hacia sus labios. Christine contuvo el aliento, sintiendo cómo el mundo desaparecía a su alrededor, cómo solo quedaban ellos dos, el calor de sus cuerpos, la cercanía de sus respiraciones. Habían compartido miradas, roces, confesiones, pero nunca un beso. Nunca ese momento en que todo se rompe y se vuelve a construir de nuevo. Y ahora, al fin, estaba ahí, al alcance de los labios, esperando.
—Te he deseado desde el primer momento en que te vi —murmuró él, acercándose poco a poco, sin dejar de mirarla—Cada día, cada hora, cada segundo que pasaba sin tocarte era una tortura. Pero esperé. Quería que fueras tú quien decidiera acercarse. Quería que este beso fuera tuyo tanto como mío.
—Es mío —susurró ella, alzándose ligeramente sobre las puntas de los pies, acortando la distancia que aún los separaba—Y es tuyo. Completamente tuyo.
Cuando sus labios se encontraron, no fue un roce suave y tímido. Fue el estallido de todo lo que habían reprimido durante meses: el odio transformado en pasión, el miedo convertido en anhelo, el deseo que había crecido entre ellos como un incendio sin que ninguno de los dos se atreviera a nombrarlo. Damon la besó con hambre, con una necesidad desesperada que la hizo temblar de los pies a la cabeza, pero también con una ternura infinita, como si tuviera miedo de romperla, como si cada movimiento suyo fuera sagrado. Sus manos la rodearon con fuerza por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo, y Christine, con los dedos entrelazados en su cabello, respondió con la misma intensidad, olvidando el pasado, olvidando el peligro, olvidando todo excepto el hombre que la sostenía y la hacía sentir más viva que nunca.
El beso fue largo, profundo, devorador, y a la vez tierno, respetuoso, como si ambos estuvieran aprendiendo el sabor del otro por primera vez. Damon la besó como si quisiera grabarse para siempre el sabor de su boca, la suavidad de sus labios, el sonido de su respiración entrecortada cuando se separaban un instante para volver a besarse. Christine sintió que se derretía en sus brazos, que las piernas no le respondían, que el aire le faltaba, pero no quería que se detuviera. No quería que terminara. Porque en ese beso, todo encajó. Lo que antes era confusión ahora era claro: lo que sentían no era capricho, ni obligación, ni lástima. Era amor. Un amor que había nacido entre el dolor y el miedo, pero que ahora ardía con una fuerza que nada podría apagar.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento, con los labios hinchados, las mejillas sonrosadas, mirándose como si acabaran de descubrir el secreto más grande del universo. Damon apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos, con una expresión de alivio y felicidad que Christine nunca había visto en él.
—Eres mi mujer —susurró, y esas palabras sonaron no como una posesión, sino como una promesa sagrada—Mi mujer, mi compañera, mi todo. Y nadie, nadie, podrá separarnos.
—Y tú eres mi hombre —respondió ella, rozando con suavidad los labios de él con los suyos—Mi refugio, mi fuerza, mi hogar. Y no me importa lo que venga. Mientras estemos juntos, podré con todo.
Ese beso, que durante tanto tiempo había sido prohibido, imposible, se convirtió en el inicio de todo lo que vendría después. No fue solo un beso. Fue la confirmación de que el destino no se equivocó al unirlos, de que lo que empezó como una prisión se había transformado en libertad, de que el monstruo y la prisionera habían dejado de existir para dar paso a dos almas que se encontraron y decidieron no soltarse nunca más.
...El beso que no se atrevieron a dar… fue el que los liberó a ambos....
...CONTINUARÁ...
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