Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.
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Capítulo 18
Capítulo 18
Sólo miré un momento la grabación.
No mucho.
Pero fue suficiente.
Adrián estaba sentado en un reservado, con cara de junta ejecutiva, preguntándoles a varias mujeres:
—¿Cómo hago para que mi exnovia vuelva conmigo?
La escena era tan absurda que por un segundo hasta olvidé seguir sospechando.
Le devolví el celular y aparté la cara.
—Si tomaste alcohol, tomaste alcohol. ¿Por qué bañarte?
Adrián antes también bebía de vez en cuando.
Muy poco.
Cinco o seis veces al año, quizá.
Pero nunca se bañaba antes de volver a casa.
Adrián me cargó hasta el comedor y me dejó sobre una silla.
Luego se puso en cuclillas frente a mí y levantó la mirada.
La luz le suavizaba los ojos.
—¿No dijiste que no te gusta el olor a alcohol?
El corazón me dio un golpe.
Yo lo había dicho una vez.
Nada más.
Tal vez hacía muchísimo.
Una frase pequeña.
Una de esas que una suelta sin pensar y luego olvida.
Él la recordaba.
De pronto, todas las preguntas se me atoraron en la garganta.
No supe qué decir.
Adrián notó mi confusión.
No se aprovechó.
Sólo me apretó los dedos con suavidad.
—Ya. Quédate sentada. Voy a lavarme las manos.
Se levantó.
Yo lo detuve.
Adrián se quedó quieto.
—¿Qué pasa?
Me aclaré la garganta.
—Acércate un poco.
No sabía qué iba a hacer yo.
Él tampoco.
Pero obedeció.
Se inclinó hacia mí.
—Cierra los ojos.
Adrián se detuvo.
Cerrar los ojos.
Tan cerca.
Aunque fingiera no entender, su cuerpo ya había entendido.
¿Iba a besarlo?
El corazón se le aceleró.
Obedeció y cerró los ojos.
—Ya. ¿Qué vas a hacer?
Lo miré.
Con los ojos cerrados, Adrián perdía un poco de peligro.
Las pestañas le caían sobre la piel y, por culpa de eso, parecía obediente.
Qué injusticia.
Respiré hondo, me acerqué y le di un beso muy suave en los labios.
Corto.
Ligero.
Como si temiera despertar algo.
Después pregunté con una voz que hasta a mí me dio pena:
—¿Me ayudas a pelarlos?
Adrián abrió los ojos.
La mirada se le oscureció.
Yo sabía que estaba siendo poco digna.
Pero no quería pelar cangrejos.
Y antes él siempre lo hacía por mí.
Adrián me miró.
Mis ojos estaban algo húmedos por los nervios.
Mis labios acababan de tocar los suyos.
Mi voz había salido demasiado suave.
Para él, eso era tortura.
Quería molestarme.
Quería seguir.
Quería convertir ese beso mínimo en algo mucho más peligroso.
El calor le subió por el cuerpo.
Al final, se puso de pie y me acarició la cabeza.
—Aunque no me besaras, iba a ayudarte.
Me quedé tiesa.
¿En serio?
Si lo hubiera sabido, tal vez no lo habría besado.
No.
Tampoco era eso.
No me arrepentía.
Sólo sentía que había pagado de más.
Adrián, en cambio, estaba feliz.
Tanto que empezó a ponerse orgulloso.
—¿Eso fue para consolarme?
Giré la cara de inmediato.
—No.
—¿No?
—No. Sólo quería que me ayudaras.
Encontré una explicación perfecta.
—Cuando le pides algo a alguien, tienes que dar algo a cambio.
Exacto.
Eso era.
No estaba consolándolo.
Adrián hizo una mueca.
Debió saberlo.
No tenía que preguntar.
La boca de Clara Serrano nunca decía lo que él quería escuchar.
Pero algún día.
Algún día iba a lograr que todo lo que saliera de esa boca fuera algo que él quisiera oír.
Adrián fue a lavarse las manos.
Cuando volvió, se sentó a mi lado.
Yo apenas iba a concentrarme en la comida cuando su brazo me rodeó y me atrajo a su regazo.
Fue tan rápido que levanté la cabeza y choqué con sus ojos.
Demasiado profundos.
Demasiado cariñosos.
Muy molestos.
¿Para qué tenía ojos así?
Eran una trampa.
Lo empujé.
—¿Por qué me abrazas?
No había olvidado lo que pasó la última vez en el comedor.
Si él no podía controlarse, lo lógico era reducir contacto.
Gestión de riesgos.
Adrián no me soltó.
Al contrario, hundió el rostro cerca de mi clavícula.
Me obligó a inclinar el cuello.
—Adrián...
Sus labios tocaron mi piel.
Uno.
Luego otro beso.
Muy suave.
Pero suficiente para desordenarme la respiración.
—Suéltame.
—No.
Su voz me rozó la piel, baja y caliente.
—Dame algo dulce.
Apreté los dientes.
—Tengo hambre.
Eso era verdad.
Muy verdad.
Adrián por fin se apartó.
Su mirada cayó sobre la marca rosada que había dejado en mi clavícula.
Sonrió.
—Yo también.
Y volvió a acercarme un poco.
De verdad no sabía cómo describirlo.
Por fuera, traje caro, modales limpios, cara de hombre serio.
Por dentro, un descarado.
—Pélalos ya.
Lo miré mal.
—En serio tengo hambre.
Adrián había conseguido su recompensa y estaba de excelente humor.
Asintió.
—Está bien.
Y empezó a pelar los cangrejos de río picantes con una dedicación casi religiosa.
Pelaba uno.
Me lo daba.
Pelaba otro.
Me lo llevaba a la boca.
La carne venía cubierta de salsa picante y olía delicioso.
Yo seguí sentada sobre sus piernas.
Dos veces intenté bajarme.
Dos veces me sujetó con firmeza.
Miré al techo.
Este hombre era imposible.
Pero pelaba rápido.
Y limpio.
Así que podía soportarlo.
Cuando por fin terminé de comer, quise bajar.
Adrián me detuvo otra vez.
Su mirada cayó sobre mis pies.
—No traes zapatos. ¿A dónde vas?
Lo miré sin expresión.
—Entonces póngamelos, señor.
¿Quién me había cargado apenas entró?
¿En qué momento iba a ponerme zapatos?
Miré la hora.
Casi la una de la mañana.
El sueño me cayó encima de golpe.
Bostecé.
—Rápido. Tengo sueño.
Adrián hizo un sonido bajo.
Luego preguntó:
—¿Ya te bañaste?
—Sí.
En sus ojos apareció una decepción mínima.
Qué rápido.
Pero esa decepción duró poco.
Adrián me miró como si acabara de encontrar otra puerta.
—Entonces acompáñame tú.
Me quedé quieta.
—¿A dónde?
—A bañarme.
Lo miré como si estuviera loco.
—Ya te bañaste.
—Me ensucié contigo.
—¿Perdón?
Su mirada bajó a la marca que había dejado en mi clavícula.
—Y quiero hacerlo bien.
El calor se me subió a la cara.
—No.
Adrián apoyó la frente contra mi hombro.
Su voz cambió.
De descarada pasó a suave.
—Clara, por favor.
Me tensé.
Otra vez esa voz.
—No uses ese tono.
—Entonces dime que no quieres.
Levantó la cara para mirarme.
—Sin hablar de dinero. Sin contrato. Sin villas.
La pregunta me dejó sin defensa.
Porque si decía que no quería, mentía.
Y mi cuerpo, todavía tibio por sus besos y por la manera en que me había tenido en sus piernas toda la cena, no estaba dispuesto a ayudarme.
Tragué saliva.
—No quiero que uses eso para comprarme.
Adrián entendió.
La expresión se le volvió seria de inmediato.
—Entonces no compro nada.
Me soltó un poco.
—Sólo te lo pido. Si quieres, vienes conmigo. Si no, te llevo a dormir.
Qué injusto.
Cuando se ponía así, era peor.
Más difícil de rechazar.
Porque ya no parecía un CEO negociando.
Parecía el hombre que me extrañaba.
El que se bañaba para no molestarme con olor a alcohol.
El que pelaba comida aunque yo no le diera nada a cambio.
Suspiré.
—Sólo bañarnos.
Los ojos de Adrián se encendieron.
—Sólo lo que tú quieras.
—Y no hagas esa cara.
—¿Cuál?
—La de que ya ganaste.
Intentó esconder la sonrisa.
No pudo.
Me levantó en brazos y caminó hacia el baño.
El vapor empezó a llenar el espacio mientras él abría la regadera.
Yo me arrepentí un poco en cuanto vi el agua caer.
No porque no quisiera.
Sino porque todo se volvió demasiado real.
Adrián cerró la puerta.
El sonido del mundo quedó afuera.
Sólo estábamos nosotros.
El agua.
La respiración.
Las miradas que ninguno de los dos sostenía demasiado tiempo sin quemarse.
—Puedes irte todavía —dijo.
Lo odié un poco por decir eso.
Me acerqué y le desabotoné la camisa.
—Cállate y báñate.
Adrián me obedeció.
Pero al segundo botón su paciencia murió.
Me tomó la cara y me besó contra la pared tibia del baño.
No fue un beso bonito.
Fue profundo.
Húmedo.
De esos que hacen que una se olvide de por qué estaba enojada.
El agua cayó sobre sus hombros, bajó por su pecho y mojó mi vestido de dormir hasta pegarlo a mi piel.
Adrián se apartó apenas para mirarme.
Su respiración se volvió dura.
—Así no voy a poder ser bueno.
—Nadie te pidió ser santo.
La frase salió sola.
Y fue el final de su autocontrol.
Sus manos bajaron por mi cintura, me levantaron y me sentaron sobre el borde ancho de mármol junto a la regadera.
El vestido empapado subió por mis muslos.
Yo me aferré a sus hombros.
Su boca bajó por mi cuello, por la clavícula, por donde el agua volvía mi piel más sensible.
—Adrián...
—Dime si paro.
No paré.
Al contrario, mis piernas lo rodearon.
Eso fue respuesta suficiente.
Él buscó protección en el cajón del baño con una rapidez que me hizo reír sin aire.
—¿También aquí?
—Después de perderte un año, aprendí a no confiarme.
—Eres imposible.
—Y tú sigues aquí.
El agua nos cubría a medias cuando volvió entre mis piernas.
La entrada fue lenta, más cuidadosa que su mirada.
Me mordí el labio para no hacer ruido.
Adrián lo vio y negó.
—No te guardes todo.
—Estamos en un baño.
—Mi baño.
Me besó para tragarse la protesta y empezó a moverse.
Primero despacio.
Luego con ese ritmo que mi cuerpo reconocía demasiado bien.
El mármol estaba frío bajo mis muslos.
Él estaba ardiendo.
El contraste me hizo temblar.
Adrián me sujetó por la cintura, firme, sin lastimarme, pero con esa posesividad que siempre había logrado romperme la cabeza.
Cada embestida empujaba un sonido contra mi garganta.
Cada beso lo volvía más torpe.
Más desesperado.
Menos CEO.
Más mío.
—Dijiste que sólo era dinero —murmuró, respirando contra mi boca.
—No arruines el momento.
—Entonces dime que esto también lo puedes comprar.
Quise contestar.
No pude.
El placer me cerró los ojos.
Él encontró el punto exacto, cambió apenas el ángulo y mi cuerpo se rindió antes que mi orgullo.
Me aferré a su espalda.
—Ahí...
Adrián se quedó con esa palabra.
Como si fuera una orden.
Como si fuera un premio.
Repitió el movimiento hasta que todo en mí se tensó.
El agua seguía cayendo.
Mi respiración se rompía contra su cuello.
Cuando llegué, le mordí el hombro para no gritar.
Adrián soltó un sonido bajo, casi una queja, y me abrazó más fuerte mientras terminaba conmigo.
Durante unos segundos no hablamos.
Sólo respiramos.
El vapor empañaba el espejo.
Mi cuerpo seguía temblando.
Adrián apoyó la frente en la mía.
—¿Estás bien?
—No preguntes eso con esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre satisfecho.
Sonrió.
No lo negó.
Me limpió con cuidado, me ayudó a enjuagarme y me envolvió en una toalla como si no acabara de desordenarme la vida sobre el mármol.
Después me cargó hasta el cuarto.
Yo estaba agotada.
Casi eran las dos.
Me dejó en la cama y se acostó conmigo.
Como la noche anterior, me acomodó contra su pecho.
Mi cabeza quedó sobre él.
—Adrián.
—¿Sí?
—No presumas mañana.
—¿Con quién?
—Contigo mismo. Se te nota.
Su risa me vibró bajo la mejilla.
—Voy a intentarlo.
No le creí.
Aun así, me quedé donde estaba.
Me dormí con el sonido de su corazón bajo el oído.
A la mañana siguiente desperté medio dormida.
El lugar junto a mí ya estaba vacío.
Busqué el celular con la mano y vi un mensaje de Adrián, enviado quince minutos antes:
Voy primero al Grupo Fuentes. En la noche vuelvo para acompañarte.
Hice una mueca.
¿Quién necesitaba que me acompañara?
Intenté levantarme.
Las piernas me recordaron la noche anterior.
Me dejé caer otra vez sobre la almohada.
Maldito Adrián Fuentes.
Y maldita yo por haber dicho que sí.
En el Grupo Fuentes, Adrián acababa de entrar a su oficina cuando vio a Regina esperándolo.
Ella giró la cabeza.
Lo miró de arriba abajo y frunció el ceño.
—¿No dormiste anoche?
Las ojeras eran imposibles de ignorar.
Adrián recordó la tortura nocturna.
No.
Definitivamente no había dormido bien.
Pero no iba a decirle eso a su madre.
Asintió con expresión pesada.
—Claro que no.
Regina se quedó alerta.
Adrián se tocó el pecho con aire abatido.
—Ayer perdí un contrato. Estuve de malas toda la noche.
La cara de Regina se tensó.
Otra vez.
¿Ese tema nunca iba a morir?
Le dio vergüenza.
Ella no había querido causar tantos problemas.
¿Quién iba a imaginar que su hijo estaba tan perdido por una mujer como para girar el coche y volver a casa?
Después de un largo silencio, Regina dijo:
—Perdón.
Adrián hizo como si no oyera.
Dio dos pasos hacia ella.
—¿Qué dijiste? No escuché.
Regina apretó los dientes.
—Perdón.
Esta vez lo dijo más fuerte.
—No debí ir ayer a buscar a Clara Serrano.
Adrián suspiró por dentro.
¿El problema era que fue ayer?
No.
El problema era que fue.
Se sentó detrás del escritorio.
—¿No habíamos acordado que no ibas a buscarla por ahora?
Regina se veía incómoda.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué rompiste el acuerdo?
Porque no pudo contenerse.
Porque pensar en esa muchacha le removía la rabia.
Porque un año atrás casi perdió a su hijo.
La emoción de Regina subió.
—¿Qué te dio esa mujer para que estés así?
Adrián no respondió.
Regina endureció la voz:
—No olvides que por ella terminaste como terminaste hace un año.
Sus ojos se humedecieron.
—Casi no te levantas de esa cama. ¿También olvidaste eso?
Adrián no lo había olvidado.
El choque.
El hospital.
El dolor.
La rehabilitación interminable.
Todo estaba ahí.
Pero eso no era culpa de Clara.
Él se alteró al leer el mensaje.
Él no controló el volante.
Clara sólo le mandó un mensaje de ruptura.
Un mensaje no podía cargar con su vida.
Adrián sabía que Regina actuaba desde el miedo.
Sabía que había puesto todo el resentimiento sobre Clara porque necesitaba a quién culpar.
Pero estaba equivocada.
Levantó la mirada.
—Mamá, ¿puedes dejar de verla con prejuicio?
Regina apretó los labios.
Él continuó:
—Es como ir a un centro comercial, caerte por no mirar dónde pisas y luego culpar al centro comercial.
—Adrián...
—Mi accidente no fue culpa de ella.
Su voz se mantuvo firme.
—Quiero que puedan convivir en paz. Te lo estoy pidiendo.
Estaba harto.
Las madres de otros hombres ayudaban a sus hijos.
La suya parecía empeñada en quitarle lo poco que había conseguido.
Regina no cedió.
—Aunque me lo pidas, no va a servir.
Su rostro se enfrió.
—No me va a gustar.
No sólo por el accidente.
También por el día anterior.
Esa muchacha tenía una boca afilada y hablaba de dinero sin pudor.
¿Cómo iba a aprobarla?
Adrián ya sabía que no la convencería tan rápido.
Tendría que hacerlo poco a poco.
—Entonces, al menos respeta nuestro acuerdo. No la busques por ahora.
Apenas había logrado suavizar un poco la relación con Clara.
Muy poco.
No podía permitir otra interferencia.
Entonces añadió:
—Si vuelves a buscarla, si le dices cosas hirientes y haces que se aleje de mí...
Regina lo miró con cautela.
Adrián habló con calma:
—Me voy de monje.
Regina inhaló profundo.
Otra vez lo mismo.
Siempre la amenazaba con eso.
Y lo peor era que sí funcionaba.
Porque en esa familia ya había un hombre que había tomado ese camino.
Ella no soportaría otro.
Regina contuvo el enojo.
—Hay tantas muchachas buenas afuera. ¿Por qué no miras a ninguna?
Probó de nuevo:
—La que te mandé la otra vez es excelente.
Adrián no mostró interés.
—Además de Clara, no voy a querer a nadie.
—No digas eso con tanta seguridad.
—Lo sé muy bien.
La miró.
—Mamá, deja de intentarlo.
Regina sintió que el pecho le ardía.
—¿Qué tiene Clara Serrano de bueno? Ella ni siquiera te quiere.
La frase dio justo en el blanco.
El corazón de Adrián dolió.
¿Tenía que recordárselo?
Después de un segundo de silencio, respondió:
—Voy a hacer que me quiera.
—Así que no te preocupes por eso.
Regina no quería rendirse.
—Si buscaras a alguien que también te quisiera, yo no me opondría. Pero ella claramente sólo quiere dinero. ¿Qué puede gustarte de alguien así?
Quiso seguir hablando.
Adrián la interrumpió.
—Debería estar agradecido.
Regina se quedó inmóvil.
La expresión de Adrián era muy seria.
—Por lo menos tengo algo que le gusta.
Sonrió apenas, con una tristeza que no pudo ocultar.
—Si no, tu hijo se quedaría solo toda la vida. ¿De verdad quieres eso?