Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 21
A la mañana siguiente, Camila llegó sin avisar, con el motor de su auto todavía rugiendo cuando ya estaba tocando el timbre.
La vi bajar de un compacto —notablemente menos lujoso que el de Renata, algo que no pasé por alto— con un vestido demasiado ajustado para visitar a unos niños de cinco años, tacones que repiqueteaban contra la grava del camino, y una sonrisa que no le llegaba a los ojos, una de esas sonrisas de catálogo que se ensayan frente al espejo antes de salir de casa.
—Vine a ver a mis hijos —anunció, apenas cruzó la puerta, con esa voz que fingía dulzura y sonaba a vidrio roto.
Leo, que estaba conmigo armando un rompecabezas en la sala —una escena de dinosaurios que llevaba tres días sin poder terminar porque siempre faltaba la misma pieza, una que sospechaba se había ido con la aspiradora—, ni siquiera levantó la vista del cartón.
—Tú no eres mi mamá.
Lo dijo sin drama, sin rabia, con la naturalidad brutal de un niño que solo dice lo que ve, la misma naturalidad con la que hubiera anunciado que iba a llover.
—Leo, no seas grosero con tu mamá.
—Ximena es mi mamá de prueba —corrigió Luna, muy seria, desde el sillón, sin apartar los ojos de las cuentas de plástico que ensartaba, la lengua asomando por la comisura de la boca—. Tú eres la señora que viene a veces.
Tuve que morderme el cachete para no reír, un impulso tan fuerte que me dolió la mandíbula del esfuerzo. Camila, en cambio, palideció un segundo antes de recomponer la sonrisa, los dedos apretando la correa de su bolso con una fuerza que le blanqueó los nudillos.
—Qué chistosos están hoy. —Se giró hacia mí, y ahí sí, el veneno salió a flote sin disfraz, la máscara cayéndose por completo—. ¿Tú les enseñas esas cosas?
—Ellos solitos se dan cuenta de quién los cuida y quién solo aparece cuando le conviene.
Fue un golpe bajo, lo supe en cuanto lo dije, en cuanto vi su rostro contraerse. Pero llevaba semanas tragándome comentarios de esta mujer y de su madre, semanas fingiendo cortesía mientras ellas me trataban como un mueble incómodo, y algo en mí ya no tenía espacio para más diplomacia.
Camila se acercó, bajando la voz para que solo yo la oyera, tan cerca que pude oler su perfume, dulzón y excesivo, el mismo que usaba Renata, como si compartieran también eso.
—Disfruta el papel mientras dure, Ximena. Las niñeras van y vienen. Las madres… —dejó la frase colgando, con una sonrisa torcida— las madres se quedan.
—Tú no eres su madre.
—El papel dice lo contrario.
—Los papeles se pueden corregir.
No supe de dónde salió esa frase, ni por qué la dije con tanta certeza, como si algo dentro de mí supiera cosas que mi memoria todavía no me dejaba recordar. Pero algo cruzó por el rostro de Camila entonces, algo que no supe nombrar en ese momento pero que después, mirando hacia atrás, reconocería como miedo. Un miedo pequeño, apenas un parpadeo, igual que si mis palabras hubieran tocado algo que ella prefería mantener enterrado bajo capas de maquillaje y buenos modales.
—¿Y bien? —insistí, envalentonada por esa grieta que había visto—. ¿No vas a saludar a Leo y a Luna como se debe? Viniste hasta aquí, ¿no?
Ella no respondió de inmediato. Miró a los niños con algo que no supe descifrar —¿culpa?, ¿aburrimiento?—, y luego a mí, con un desprecio que ya no se molestaba en disimular.
—Cuídate, Ximena —dijo, ya sin la dulzura fingida, la voz seca de pronto—. De verdad. Hay cosas que se están moviendo y que no te van a gustar.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo. Gratis, porque hoy estoy de buenas.
Se fue sin despedirse de los niños, sin siquiera mirarlos, y por la ventana la vi subir a su auto con las manos temblando visiblemente al buscar las llaves, dejando caer el bolso una vez antes de lograr abrir la puerta. Ni Leo ni Luna levantaron la vista para verla partir. Habían vuelto al rompecabezas como si la visita entera no hubiera dejado más rastro que el aire removido por la puerta al cerrarse.
Le tiembla el pulso. A la mujer que se supone es su madre. Me pregunté, no por primera vez, qué tan profundo llegaba la mentira que sostenía a esa familia, y qué precio estaba pagando Camila por sostenerla, a juzgar por esas manos que no dejaban de temblar.
Esa noche, mientras recogía los platos de la cena —Leo había insistido en "ayudar", lo que significó lavar tres platos y mojar media cocina, incluyéndome a mí en el proceso—, encontré a Dante en el jardín trasero, fumando un cigarro que apagó en cuanto me vio acercarme, aplastándolo contra el borde de piedra con un gesto casi automático. Sabía que a mí me molestaba el humo cerca de los niños, y aunque estuviéramos solos, sin ningún gemelo a la vista, lo apagó igual, como si el hábito de cuidarme ya se le hubiera pegado sin que ninguno de los dos lo notara.
—Pensé que lo habías dejado.
—Y lo dejé. Casi siempre. —Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más de lo que ya estaba—. Camila vino hoy.
—Lo sé. Simón me avisó apenas cruzó el portón.
—Dijo algo raro. Que "hay cosas que se están moviendo".
Dante se quedó callado un momento, mirando hacia la oscuridad del jardín igual que si pudiera ver algo que yo no, algo que se movía entre las sombras de los rosales, el viento agitando apenas las ramas más altas.
—Mi abuela llega mañana con una invitada.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Todo, probablemente. —Su voz sonó cansada, casi resignada, con un peso que rara vez le escuchaba, un peso que parecía llevar arrastrando desde hacía años—. Se llama Valeria Robledo. Y mi abuela lleva años empeñada en que nos casemos.
El aire se me quedó atorado en el pecho, aunque me negué a analizar por qué, aunque me repetí que no tenía ningún derecho a sentir ese vacío repentino en el estómago, esa sensación de haber perdido algo que ni siquiera sabía que había empezado a considerar mío.
—Ah —fue lo único que logré decir, la palabra saliendo más pequeña de lo que hubiera querido.
Dante me miró entonces, directo, con una intensidad que me hizo sostenerle la mirada aunque cada célula de mi cuerpo quería apartar los ojos, como si esperara otra reacción, algo más que ese "ah" tan pobre.
—No va a pasar, Ximena.
—No es asunto mío si pasa o no.
—Ya sé que no lo es.
Pero por la forma en que lo dijo, con esa mezcla de frustración y algo más que no me atreví a nombrar —¿decepción?, ¿esperanza?—, supe que ninguno de los dos se creyó del todo esa mentira. Se quedó un instante más, como si buscara las palabras para decir algo distinto, algo que finalmente decidió tragarse.
—¿Y cómo es ella? —pregunté, más por llenar el silencio que porque quisiera de verdad la respuesta.
—Perfecta, en el papel. —Dante soltó un suspiro que sonó más a fastidio que a nostalgia—. Perfecta familia, perfecta educación, perfecta sonrisa para las fotos del periódico. Mi abuela cree que eso basta para hacer un matrimonio.
—¿Y tú qué crees?
No respondió. Se limitó a desearme buenas noches con una voz demasiado formal, y subió a la casa dejándome sola bajo un cielo sin luna, con el nombre de Valeria Robledo repitiéndose en mi cabeza como una advertencia, y con la certeza incómoda de que, fuera quien fuera esa mujer, mañana llegaría dispuesta a reclamar un lugar que —me sorprendió descubrirlo— yo ya había empezado a sentir mío.
Me quedé un rato más en el jardín, sola, con el olor del cigarro apagado todavía flotando entre las rosas y el frío de la noche colándose bajo mi suéter. Pensé en Leo diciéndole a Camila "tú no eres mi mamá" con esa naturalidad de quien no necesita convencer a nadie, y me pregunté si algún día alguien diría lo mismo de mí, con la misma certeza tranquila, o si yo también terminaría siendo solo una visitante más en la vida de estos niños, una parada temporal antes de la mujer perfecta que su abuela ya tenía elegida. Subí a mi cuarto sin encontrar respuesta, y me dormí tarde, con el nombre de Valeria dándome vueltas como una piedra en un zapato que no lograba sacudirme.