El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo VIII La palabra de un alfa
Punto de vista of Alexander
Amelia me estaba retando. Podía sentir el calor desafiante de su mirada a escasos centímetros de mí, pero no podía darme el lujo de perder el control con ella. Si usaba mi aura de Alfa o la intimidaba, solo lograría que se alejara más. Por primera vez en mi vida, decidí bajar la guardia y apagar la frialdad con la que solía gobernar.
—Sé que todo esto es absurdo y caótico para ti —expresé con absoluta sinceridad, modulando mi voz a un tono más humano—. Por eso te pido que me des la oportunidad de mostrarte mi mundo antes de juzgarlo.
—Solo quiero volver a mi vida, a mis pacientes —respondió, y por primera vez detecté un quiebre en su compostura. Sus ojos marrones se llenaron de un brillo contenido mientras sofocaba las lágrimas—. Yo no pedí nada de esto. Ustedes fueron los que irrumpieron en mi hospital y pusieron mi mundo al revés.
—Nunca estuvo en mis planes ponerte en peligro... pero tu regreso a la ciudad es imposible por ahora —expliqué con voz pausada y firme—. Esos renegados ya deben estar rastreándote. Si te encuentran desprotegida fuera de mi territorio, no dudarán en acabar con tu vida.
—¿Por qué querrían lastimarme a mí? —preguntó con la voz cortada, apoyando una mano en su pecho—. Yo no soy nadie en su guerra. Mi vida solo se basa en salvar personas.
—Para ellos, cualquiera que conozca la existencia de nuestra especie es un cabo suelto que debe ser eliminado —sentencié—. Pero, sobre todo, porque me salvaste. Supiste cómo intervenir una herida de lobo. Si a eso le suman que descubran la intensidad con la que mi sangre responde a la tuya... no se detendrán ante nada para usarte en mi contra.
La vi soltar un largo suspiro impregnado de impotencia. Una punzada de culpa me atravesó el pecho: ella no merecía estar envuelta en las sangrientas disputas de mi especie. Sin embargo, mi instinto de protección era inquebrantable; jamás permitiría que pusiera un pie fuera de mis fronteras mientras la amenaza de los renegados siguiera con vida.
Fue en ese instante cuando tomé una decisión drástica. Una promesa que casi hizo que mi lobo tomara el control absoluto para silenciarme.
—Hagamos un trato —anuncié, sosteniéndole la mirada—. Una vez que neutralice la amenaza de los renegados y estés completamente a salvo... si aún deseas marcharte, te dejaré ir. No te retendré en la manada en contra de tu voluntad.
Una pequeña luz de esperanza brilló en sus ojos, una chispa que me dominó más de lo que jamás habría imaginado.
—¿Me estás hablando con la verdad, Alexander? —inquirió con cautela.
—Tienes mi palabra de Alfa —aseguré con solemnidad.
Sin esperar una respuesta que pudiera romper el frágil acuerdo, me giré y salí por la ventana por la que había entrado. Volé a través de la noche hacia lo más profundo del bosque. Necesitaba que el aire helado limpiara mis sentidos y quemara la frustración de sentirme rechazado por mi propia mate.
Apenas me adentré entre la espesura de los árboles, una voz cavernosa y potente resonó en mi mente con la fuerza de un trueno.
—¡¿Qué demonios acabas de hacer?! —reclamó Bruno, mi lobo, soltando un rugido furioso que hizo vibrar mis pensamientos—. ¡Le diste la opción de marcharse! ¡Ella es nuestra!
—No voy a obligarla a quedarse como una prisionera, Bruno —le respondí con amargura interna mientras avanzaba a paso firme—. Si la fuerzo, nos odiará para siempre.
—¡Entonces conquístala! —exigió Bruno, enseñando los colmillos en mi conciencia con una ferocidad salvaje—. Un Alfa no se rinde ni entrega a su reina. Demuéstrale quién eres. Haz que desee quedarse por voluntad propia. ¡Usa tu poder, tu cortejo, tu presencia! No voy a permitir que la dejes ir sin haber peleado por ella.
—Sabes bien a lo que nos enfrentamos —le recordé, manteniendo la cabeza fría—. Si ella decide aceptarnos, tendremos que luchar contra la desaprobación del consejo y el rechazo de la manada. No aceptarán fácilmente a una humana como Luna.
—Que intenten oponerse —siseó Bruno con una arrogancia implacable, erizando su pelaje mental—. Ni el consejo ni todas las manadas vecinas juntas pueden ir en contra de los designios de la diosa Luna. Amelia tiene una valentía que sobrepasa a cualquier loba. Ella es nuestra reina. Ahora actúa como el Alfa que eres y haz que se enamore de ti.
Bruno se replegó en la penumbra de mi mente, dejándome a solas con el latido acelerado de mi corazón.
El cazador en mí se despertó con nuevas fuerzas. Bruno tenía razón: aceptar su condición no era una derrota, sino el inicio de una estrategia. Le había prometido la libertad cuando el peligro pasara, pero me aseguraría de que, para cuando ese día llegara, ella no quisiera estar en ningún otro lugar que no fuera a mi lado.
Regresé a la fortaleza principal para descansar y preparar el terreno. Tenía una guerra que ganar afuera, y el corazón de una obstinada cirujana humana que conquistar por dentro.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto