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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 14

Capítulo 14: Él, a los veinte

El pasillo del piso doce del Hotel Amara olía a lirios y a alfombra nueva. Jenny estaba hecha un ovillo contra la puerta de la 1208, los tacones abandonados a un lado, la mejilla apoyada en la madera fría. El alcohol le zumbaba en los oídos y el mundo se mecía como una hamaca.

Oyó pasos. Unos zapatos deportivos se detuvieron frente a ella.

—Mira nada más cómo te dejaron sola —dijo Lucas.

Se agachó. Con el brazo bueno la sostuvo por la cintura y la levantó del piso como si no pesara nada; el yeso del otro brazo le rozó la espalda apenas. Jenny alzó la cara y ahí estaba él, veinte años recién estrenados, el fleco cayéndole sobre las cejas, los ojos brillándole en la penumbra del pasillo.

—Tenías la mano rota —murmuró ella, arrastrando las sílabas.

—En cuanto supe que iba a ver a Jenny, la mano se me curó al instante. —Sonrió y sacó de la bolsa del pantalón la tarjeta de la habitación. La deslizó en la cerradura; la luz parpadeó en verde—. ¿Ves? Milagro.

La puerta se abrió a una suite en penumbra, con la cortina a medio correr y las luces de la ciudad temblando allá abajo. Lucas la ayudó a entrar, la sentó al borde de la cama enorme y se arrodilló frente a ella para quitarle lo que le quedaba de compostura: le apartó el pelo de la cara, le limpió con el pulgar una lágrima que ni ella había sentido caer.

—Estás helada —dijo, y le frotó los brazos desnudos—. ¿Cuánto llevas ahí tirada, reina?

—No sé. —Jenny miró alrededor, a la habitación cara que había reservado para castigar a un hombre que ni se había enterado—. Un rato. Sebastián no llamó. Dos días y no llamó. —Se le quebró la voz—. Ya ni sé para qué te conté eso.

—Me lo contaste porque yo sí vine.

La frase quedó flotando en el aire tibio de la suite. Era verdad, y esa verdad pesaba más que toda la argumentación del mundo.

—Vine, chavito —dijo Jenny, y se rió de sí misma, de su propio audio, de lo bajo que había caído—. Te dije que vinieras a hacerme feliz.

—Vine. —La voz de él se puso grave, perdió de golpe el tono de juego—. Pero antes quiero que me oigas bien, Jenny. Aunque mañana quieras echarle la culpa al vino.

Le tomó la cara entre las manos. La de yeso, torpe, le sostenía apenas la mandíbula.

—Ya lo pensé bien. No me voy a arrepentir. —Hizo una pausa, buscándole los ojos—. ¿Me oíste? No me voy a arrepentir.

Jenny sintió que la borrachera se le adelgazaba un poco, lo suficiente para asustarse. Por dentro, una voz le gritaba el nombre de Sebastián, le enseñaba la argolla en el dedo, le recordaba la mansión en las Lomas y el "Sal." helado del estudio. No puedo. Estoy casada. Esto no se hace. La voz era clara, tenía razón, y aun así sonaba lejísimos, como una campana bajo el agua.

Porque enfrente de esa voz había otra cosa: un muchacho arrodillado que la miraba como si fuera lo único que existía en la ciudad entera. Hacía cuánto que nadie la miraba así. Hacía cuánto que ella no se sentía elegida en lugar de tolerada.

La flecha, sin embargo, ya estaba en el arco. Y el arco lo tensaba ella misma, con su ubicación enviada, con su audio, con su vestido de lentejuelas arrugado. No podía echarle la culpa al viento.

—¿Estás segura? —volvió a preguntar él, porque era la segunda vez y quería que constara—. Dilo tú.

—Sí —dijo Jenny. Cerró los ojos—. Sí.

Lucas la besó despacio, como quien no quiere romper algo. Después el beso dejó de ser despacio. Jenny le sujetó la camisa con ambas manos y lo acercó hasta borrar el último espacio prudente entre los dos.

Lo que pasó en la 1208 esa noche no cabe en palabras que no ofendan la ternura con que ocurrió. Hubo la torpeza dulce del brazo enyesado golpeando la cabecera y haciéndolos reír a media penumbra; la risa se les murió cuando la boca de él encontró el hueco de su cuello y el vestido cedió de un hombro. Hubo el asombro de Jenny ante un hombre de veinte años, firme, cálido, impaciente, y el de Lucas cuando los dedos de ella se atrevieron a recorrerlo sin la excusa del alcohol. Él preguntó más de una vez, en voz ronca, «¿así?» y «¿sigo?», y ella le respondió acercándolo de nuevo, clavándole las manos en la espalda, negándose a dejar que la culpa hablara más alto que su cuerpo. Hubo respiraciones rotas, sábanas revueltas y su nombre repetido contra su piel como un rezo —Jenny, mi Jenny, reina— hasta que las luces de la ciudad se volvieron un borrón y el reloj perdió sentido. Se quedaron dormidos, desnudos y enredados, cuando el cielo ya empezaba a aclarar por la orilla de la cortina.

El sol del mediodía la despertó, o quizá fue el timbre insistente de la limpieza al otro lado de la puerta. Jenny abrió los ojos a un techo que no era el suyo. Un brazo joven la tenía abrazada por la cintura, y una respiración tibia le rozaba la nuca.

—Ahorita no —le gritó Lucas a la puerta, sin soltarla—. Vengan más tarde, por favor.

Los pasos del carrito se alejaron. Jenny se incorporó de golpe, se llevó la sábana al pecho y sintió el cuerpo entero como si la hubiera arrollado un camión de lentejuelas.

—Buenos días —dijo Lucas, apoyado en el codo, el pelo revuelto, insoportablemente contento—. Anoche me pediste muchas veces. Dormimos casi al amanecer.

—No digas eso. —Jenny se tapó la cara con las manos.

—Y te apagué la alarma a propósito, para que durmieras más. —Se estiró como un gato—. De nada.

—¿Que hiciste qué?

—Tenías cara de no dormir bien en semanas. —Se encogió de hombros, sin una pizca de culpa—. Alguien tenía que cuidarte. Y ya que tu marido andaba ocupado...

—No lo metas a él. —Jenny se sentó de golpe, y el mareo la castigó por el movimiento.

—Perdón. —Levantó las manos, el yeso y todo—. Perdón, no lo meto. Hoy solo estamos tú y yo.

Jenny buscó su celular en la mesita, incapaz de mirarlo a los ojos. Necesitaba una salida, un pretexto, una puerta de escape moral.

—Estaba borracha —dijo por fin, con la voz más firme que pudo—. Anoche estaba borracha, Lucas. No estaba... no era yo.

El silencio que siguió fue distinto. Lucas se sentó en la cama, y cuando ella se atrevió a voltear, tenía los ojos enrojecidos y la boca apretada, como un niño al que acaban de quitarle algo.

—Ah. Ya entendí. —Bajó la mirada—. Jenny nomás le puso el ojo a mi cuerpo de veinte. No es en serio. —Se rió sin ganas, una risa lastimada—. Yo, en cambio... yo a ti sí te quiero. Desde que me besaste en el bar no dejo de pensarte. Pero está bien. Soy un cuerpo bonito y ya.

—No dije eso —protestó ella, y en el acto se dio cuenta de que había caído en la trampa.

—Entonces sí soy algo para ti. —Alzó la cara, esperanzado de repente—. ¿O no?

—Yo no... —Jenny sentía cómo iba quedando, palabra a palabra, como la mala del cuento, la mujer casada que se lleva al muchacho y luego lo desecha—. Mira, no es que anoche... —Se puso roja hasta las orejas—. Ay, Lucas, quedé bastante satisfecha, ¿sí? Estás contento. Ya.

Lo dijo y quiso morirse.

Lucas sonrió como amanece un día claro.

—¿Entonces sí va a haber una próxima vez?

—Yo no dije...

—Dijiste que quedaste satisfecha. —Se acercó, le puso un dedo bajo la barbilla—. La gente satisfecha repite, reina.

Jenny abrió la boca para negarlo. Por fuera dijo algo que ni ella entendió, un balbuceo de rendición. Por dentro, mirando esa cara de veinte años que la observaba con una devoción que Sebastián no le daba desde hacía años, se oyó pensar, muy bajito, con miedo y con algo peligrosamente parecido al alivio: supongo que... sí.

Más tarde, mientras ella se vestía frente al espejo, descubrió las marcas. Pequeñas, rojas, escondidas apenas donde el cuello del vestido no alcanzaba a taparlas. Se las quedó mirando un largo rato. Detrás, en el reflejo, Lucas se peinaba con los dedos y sonreía para sí mismo, satisfecho como quien acaba de mover, sin prisa, la primera pieza de una partida muy larga.

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