Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 17
Cap 17: El Encuentro Bajo El Cerezo de Luna
El vestido que Val eligió no era el más fino que tenía. Era sencillo, de un azul profundo casi negro bajo la luz de la noche, sin joyas ni bordados que llamaran la atención. No se vistió para agradar a nadie. Se vistió como quería que la vieran: tranquila, firme y sin adornos.
Las afueras de Ciudad Capital se abrían en un claro donde crecía un cerezo de luna enorme, con las ramas cargadas de flores blancas. Val se detuvo a unos pasos del árbol. El aroma dulce y frío le llenó los pulmones.
Damián ya estaba ahí.
Llevaba un abrigo oscuro de corte formal, el tipo de prenda que Val jamás había visto en él durante sus encuentros anteriores, todos casuales, todos a distancia. Marco y Emilio esperaban lejos, apenas siluetas entre los árboles, dándoles una privacidad que sorprendió a Val más que el abrigo mismo.
—Rey Alfa. —Val inclinó la cabeza, el tratamiento formal deslizándose con facilidad entre ellos, aunque algo en su pecho se resistiera a la distancia de esas dos palabras.
—Luna Valentina. —La voz de Damián era fría, medida, pero sus ojos dorados tenían una calidez que él intentaba ocultar.
Se quedaron así un momento, bajo la luna y las ramas del cerezo.
Val fue la primera en romperlo. No tenía sentido rodear lo que ya sabía.
—¿Fue usted quien envió las flores de luna? —Dio un paso hacia él, la voz firme, sin temblor—. ¿Quien dejó el antídoto de acónito en mi ventana? ¿Su lobo, en la colina, observándome noche tras noche?
Damián guardó silencio unos segundos.
—No sé de qué habla, Luna Valentina.
La mentira fue limpia. Pero sus pupilas se dilataron un instante. Val lo vio.
Val no insistió. No necesitaba una confesión para saberlo. Cambió de tema.
—Tengo información sobre Catalina Vega.
El cambio en Damián fue inmediato. La tensión de su mandíbula, antes rígida por la mentira recién dicha, se transformó en la concentración aguda de un estratega.
—Hable.
—Usa un aroma para cubrir su olor real, algo elaborado con una planta que solo crece en el bosque negro del Reino Lobo Oscuro. No conoce las hierbas más básicas de una curandera, aunque se presenta como tal ante toda la manada. Y su sirvienta, Sombra, se mueve como una guerrera entrenada, no como una doncella. —Val enumeró cada punto con precisión, sin adornos—. No es lo que dice ser.
—¿Desde cuándo lo sospecha?
—Desde hace semanas. La prueba con acacia de luna confirmó que es licántropo. Pero el olor de cobertura y la falta de conocimiento herbolario apuntan a algo más grande que una simple espía de poca monta.
Damián la escuchó sin interrumpir.
—¿Ha notado algún patrón en sus movimientos? ¿Horarios, ausencias?
—Sale de noche. No la he seguido personalmente, pero los sirvientes hablan de ausencias que coinciden con las noches sin luna.
—Eso coincide con lo que mi gente ha reportado en la frontera este. —Damián cruzó los brazos, la mirada perdida un momento en la distancia, calculando—. Necesito que anote cada ausencia, cada visitante, cada detalle de esa mujer y su sirvienta. Sin excepción.
—Ya lo hago.
Damián pareció aprobarlo. Val lo notó. Hablaban con facilidad, sin tener que explicarlo todo. Eso la sorprendió más de lo que quiso admitir.
—Tendré a mi gente investigando. —Damián dio un paso atrás y volvió a ponerse serio—. Mientras tanto... tenga cuidado.
Se giró para marcharse. Val lo dejó dar dos pasos antes de que las palabras le salieran solas, sin planearlas.
—Rey Alfa.
Él se detuvo. No se giró, pero sus hombros se tensaron.
—Gracias.
Damián vaciló apenas. Luego siguió adelante, sin mirar atrás, hasta perderse entre los árboles junto a Marco y Emilio.
Val se quedó sola bajo el cerezo, con el corazón acelerado. Cuando finalmente se dio la vuelta para marcharse, algo llamó su atención en una rama baja: una pequeña bolsa de cuero, atada con un cordón sencillo.
La abrió con cuidado. Dentro, un frasco de antídoto de acónito, de una concentración mucho mayor a la que había recibido antes. Suficiente, calculó de inmediato, para tres meses enteros.
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En el camino de regreso a Hacienda Ríos, montada en el caballo que Marco había dispuesto para ella, la voz de la loba de Val se alzó, clara como nunca antes, sin la vacilación de las semanas anteriores.
"Mintió. Las flores sí son de él. El antídoto sí es de él. El lobo en la colina... es él."
Val no lo negó esta vez. Dejó que las palabras se asentaran en su pecho.
Una sonrisa leve le curvó los labios.
—Lo sé.
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Muy lejos de ahí, en Palacio Montero, Damián se sentó frente a su escritorio con una taza de té que ya se había enfriado. Miraba la superficie oscura sin verla realmente.
Marco entró sin llamar, un reporte sobre la investigación de Catalina Vega bajo el brazo.
—Alfa, los primeros hallazgos sobre la mujer Vega...
Damián no respondió. No parecía estar escuchando en absoluto.
Marco se detuvo a media frase, observando a su Alfa con una ceja levantada. Reconocía esa expresión. La había visto antes, brevemente, en el funeral de la Abuela de Val, y de nuevo cada vez que llegaba noticia de Hacienda Ríos.
Damián pensaba en Val bajo la luz de la luna, y en la forma en que ella había dicho "gracias".
Se puso de pie de golpe, la silla raspando contra el piso de piedra.
—Voy a patrullar.
Marco no dijo nada. No necesitaba preguntar hacia dónde. "Patrullar", en boca de su Alfa, llevaba semanas significando una sola cosa: convertirse en lobo y correr hasta la colina frente a Hacienda Ríos, donde se quedaría mirando la ventana de Val.
se jodió esto
por fin ya era hora