Traicionada por las dos personas que más amaba, Mía Beaumont murió escuchando cómo su prometido, Alexander Rivelli, y su mejor amiga, Isabella, confesaban entre risas cada una de sus mentiras. Humillada, manipulada y utilizada como un simple peón dentro de su propia vida, creyó que todo había terminado… hasta que despertó nuevamente en el pasado.
Pero esta vez, Mía ya no será la mujer ingenua y sumisa que todos podían controlar.
Con los recuerdos de su vida anterior intactos, decide recuperar el poder que alguna vez le arrebataron: tomará las riendas de la empresa familiar, destruirá la reputación de Alexander y hará pagar a Isabella por cada traición. Ya no llorará por amor. Ya no permitirá que nadie vuelva a pisotearla.
Sin embargo, sus planes cambian cuando Dante Morelli entra nuevamente en su vida.
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Capitulo 5
Mi padre me observó como si estuviera intentando decidir si debía enfadarse o simplemente esperar a que “la rabieta” se me pasara. Y honestamente, eso fue lo que más me molestó. No importaba cuántas veces hablara, cuántas veces intentara expresar lo que sentía, ellos seguían viéndome como una niña emocional incapaz de pensar por sí misma, como alguien manipulable, controlable, exactamente igual que Alexander.
La diferencia era que esta vez yo podía verlo y una vez que abres los ojos… ya no puedes volver a cegarte sola.
—¿Terminaste? —preguntó mi padre finalmente con una calma tensa.
Solté una pequeña risa incrédula.
—¿Eso es todo lo que tienes para decir?
—Lo que tengo para decir es que estás actuando de manera ridícula.
Ahí estaba otra vez, ridícula, exagerada, emocional. Era impresionante cómo las personas encontraban mil maneras distintas de invalidar a una mujer cuando dejaba de obedecer.
Mi madre volvió a sentarse lentamente mientras masajeaba sus sienes como si yo fuera el problema más agotador del mundo.
—Mía, sinceramente no entiendo qué te sucede hoy. Hasta ayer estabas emocionada por el compromiso.
Sentí algo retorcerse dolorosamente dentro de mi pecho, porque era cierto. Hasta ayer la antigua yo seguía desesperada intentando convencer a Alexander de amarla. Y aunque ahora entendía que nada de eso fue culpa mía, seguía sintiendo vergüenza al recordar cuánto me humillé por alguien que me despreciaba, pero no iba a odiarme por eso.
No.
Yo no era débil por haber amado sinceramente, los miserables eran ellos por aprovecharse de eso, respiré profundo antes de responder.
—No estaba emocionada. Estaba resignada. Que ustedes nunca hayan querido notar la diferencia no es mi problema.
Mi madre abrió la boca para hablar, pero continué antes de que pudiera interrumpirme.
—¿Quieren saber algo realmente triste? Pasé años convenciéndome de que si era lo suficientemente buena, elegante, paciente y comprensiva, algún día Alexander iba a amarme de verdad. Pasé años culpándome cada vez que él me ignoraba. Creyendo que yo era insuficiente. ¿Y ustedes qué hicieron? Decirme que debía esforzarme más.
Vi cómo mi madre desviaba ligeramente la mirada y eso me hizo sonreír con amargura, porque sabía perfectamente que recordaba todas esas conversaciones.
“Los hombres importantes son fríos.”,“Debes ser más comprensiva.”,“Una mujer inteligente sabe mantener a su prometido interesado.”
Dios, cuánto daño hicieron disfrazándolo de consejos.
—Mía… —comenzó mi madre con un tono más suave.
Pero negué lentamente con la cabeza.
—No. Ya estoy cansada de suavizar lo que siento para hacerlos sentir cómodos.
El comedor quedó en silencio nuevamente.
Mi padre me observaba fijamente y por primera vez parecía realmente incómodo, tal vez porque finalmente estaba hablando, de verdad hablando, no pidiendo, no suplicando, no intentando evitar conflictos, simplemente diciendo la verdad.
Y la verdad rara vez es agradable.
—¿Entonces qué quieres hacer? —preguntó él finalmente—. ¿Cancelar el compromiso de la nada? ¿Arruinar años de negociaciones por un capricho emocional?
Ahí estaba nuevamente la pala, negocios, siempre negocios, nunca yo.
Solté una pequeña sonrisa fría.
—¿Sabes qué es lo más impresionante? Que incluso ahora sigues creyendo que esto gira alrededor de ustedes.
Mi padre frunció el ceño.
—¿ahora de que estás hablando?
Lo miré directamente a los ojos.
—No estoy cancelando nada para perjudicarlos. Lo estoy haciendo porque yo también importo.
Mi propia voz me sorprendió un poco, porque sonaba firme, segura y durante tantos años pensé que jamás podría hablar así.
Mi madre soltó un suspiro largo antes de cruzarse de brazos.
—Estás siendo egoísta.
Eso dolió, joder, dolió muchísimo, porque toda mi vida intenté ser exactamente lo contrario.
Cedí sueños, tiempo, dignidad, todo para complacer a otros y aun así, el primer día que me elegía a mí misma… me llamaban egoísta.
Sentí los ojos arder apenas, pero no por debilidad, por rabia, porque era injusto, tan injusto que dolía respirar, pero me negaba a romperme frente a ellos otra vez.
—No —respondí finalmente—. Egoísta fue obligarme a vivir una vida que ustedes eligieron por mí.
Mi padre comenzó a perder la paciencia, lo noté inmediatamente en la manera en que tensó la mandíbula.
—Basta, Mía.
—No, apenas estoy empezando.
Sus ojos se endurecieron y aunque antes eso me habría aterrorizado, ahora no, porque ya había vivido lo peor que podían hacerme.
Morí y aun así sobreviví. ¿Qué más podían quitarme?
Mi padre caminó lentamente hacia mí.
—Voy a decir esto una sola vez. Ese compromiso no va a cancelarse porque hayas decidido tener una crisis emocional.
Crisis emocional, sentí ganas de reír otra vez, de verdad era increíble.
—¿Sabes qué? Tienes razón.
Él pareció sorprendido, mi madre también, continué hablando antes de que alguno pudiera reaccionar.
—No es una crisis emocional. Es claridad.
Los observé a ambos lentamente.
—Y por primera vez en mi vida veo perfectamente el tipo de personas que son.
Mi madre abrió los ojos apenas.
—¿Cómo te atreves…?
—¿A decir la verdad? Bastante fácil, en realidad.
Ella se levantó abruptamente de la silla.
—¡Somos tus padres!
Sentí un dolor horrible atravesarme el pecho, porque sí, eran mis padres y aun así nunca me protegieron, nunca me escucharon, nunca se preocuparon realmente por mi felicidad, pero esta vez no iba a fingir que eso no me afectaba, porque ser fuerte no significaba dejar de sentir. Significaba dejar de permitir que el dolor te destruya.
Mi voz bajó un poco cuando respondí.
—Lo sé. Y precisamente por eso duele más.
Mi madre guardó silencio inmediatamente, pude ver algo extraño cruzar por su rostro, culpa, fue pequeña, leve, pero ahí estaba, sin embargo, mi padre no retrocedió.
Nunca lo hacía.
—Tendrás tiempo para tranquilizarte —dijo con frialdad—. Pero mientras vivas bajo este techo vas a cumplir con tus responsabilidades.
Lo observé unos segundos y luego sonreí apenas.
—Entonces quizás debería dejar este techo.
El silencio fue inmediato, mi madre pareció genuinamente impactada.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo escuchaste perfectamente.
Mi corazón latía rápido, muy rápido, porque aunque hablaba con seguridad… seguía siendo difícil. Seguía doliendo enfrentarlos así. Seguía sintiendo esa vieja necesidad de ser aprobada por ellos intentando arrastrarme hacia atrás, pero no iba a rendirme, no otra vez.
Mi padre soltó una risa seca.
—No durarías ni una semana sola.
Ahí estaba el verdadero problema, nunca han creído que yo sea capaz de algo y sinceramente, eso me llenó de una satisfacción oscura, porque no tenían idea de quién era ahora.
Me acerqué lentamente hasta quedar frente a él.
—Entonces será divertido demostrarte que estás equivocado.
Mi padre me sostuvo la mirada con dureza.
—Estás hablando como una desconocida.
Y por primera vez en toda la mañana… Sonreí de verdad, no con tristeza, no con amargura, con seguridad.
—Porque la hija obediente que conocían ya no existe.