Un amor de adolescentes que a pesar de los años sigue pendiente
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Dos mundos que vuelven a encontrarse
La mañana siguiente llegó demasiado rápido para Valeria.
Había pasado gran parte de la noche pensando en el encuentro con Mateo. Intentaba convencerse de que solo había sido una coincidencia, un momento extraño provocado por tantos recuerdos acumulados durante años.
Pero no podía engañarse.
Había reconocido sus ojos.
La misma mirada que tantas veces había buscado entre los estudiantes de aquella escuela.
La misma mirada que había visto por última vez el día de su despedida.
Mateo había cambiado. Ya no era el adolescente delgado que caminaba con ella hasta el río después de clases. Ahora tenía el rostro de un hombre adulto, algunas líneas alrededor de los ojos y una expresión más seria.
Pero seguía siendo Mateo.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
—Mamá.
La voz de Samuel la sacó de sus pensamientos.
—¿Sí?
—¿Ya estás despierta?
Valeria miró el reloj.
—Hace rato.
—Tengo que prepararme.
—Lo sé.
Samuel se levantó de la cama y comenzó a buscar su uniforme.
—Estoy nervioso.
Valeria sonrió.
—Es normal.
—¿Tú también estabas nerviosa cuando comenzaste en esta escuela?
Valeria se quedó unos segundos en silencio.
—Mucho.
—¿Y conociste a alguien?
Una sonrisa involuntaria apareció en su rostro.
—Sí.
—¿A Mateo?
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes?
—Ayer dijiste que era alguien de tu pasado.
—Eres demasiado curioso.
Samuel se rio.
—¿Era tu amigo?
Valeria respiró profundamente.
—Sí. Éramos muy amigos.
No quiso contarle más.
Todavía no.
No sabía cómo explicar que Mateo había sido mucho más que un amigo.
Había sido su primer amor.
Su primer gran sueño.
Y también la primera persona que le había enseñado que perder a alguien podía doler incluso cuando todavía estaba vivo.
***
Cuando llegaron a la escuela, Samuel miraba todo con atención.
Valeria lo acompañó hasta la entrada.
—¿Quieres que te espere?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Samuel hizo una pausa.
—Bueno... quizá cinco minutos.
Valeria sonrió.
—Está bien.
Caminaron juntos hasta el salón.
La profesora recibió a Samuel y le indicó dónde sentarse.
Había varios estudiantes conversando.
Uno de ellos levantó la mirada.
Era un niño de la misma edad de Samuel.
—¿Eres nuevo?
Samuel asintió.
—Sí.
—Yo soy Nicolás.
—Samuel.
—¿De dónde vienes?
—De otra ciudad.
Nicolás sonrió.
—Entonces siéntate conmigo.
Samuel miró a la profesora.
Ella asintió.
—Puedes sentarte allí.
Valeria observó a su hijo desde la puerta.
Algo en aquella escena le produjo tranquilidad.
Samuel estaba haciendo su primer amigo.
Lo que no sabía era que Nicolás era hijo de Mateo.
***
Mateo llegó a la escuela poco después.
Había llevado a Nicolás porque Elena tenía que hacer algunas cosas en casa.
Entró al patio y vio a su hijo conversando con Samuel.
No le prestó demasiada atención al principio.
Hasta que escuchó su nombre.
—Samuel.
Mateo se detuvo.
Miró hacia el niño.
Era el hijo de Valeria.
Sintió algo extraño en el pecho.
Se acercó.
—Nicolás.
Su hijo levantó la cabeza.
—Papá.
Mateo sonrió.
—¿Ya hiciste un amigo?
—Sí. Él es Samuel.
Mateo miró al niño.
—Hola, Samuel.
—Hola.
Mateo le estrechó la mano.
Después miró hacia la puerta del salón.
Y allí estaba Valeria.
Ella también lo estaba observando.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Hola —dijo finalmente Mateo.
—Hola.
La voz de Valeria era tranquila, pero sus manos estaban temblando ligeramente.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Me alegra.
Valeria asintió.
—¿Y tú?
—Bien también.
Era extraño.
Después de tantos años, después de tantas palabras que habían quedado sin decir, solo podían preguntarse cómo estaban.
Como si fueran dos antiguos conocidos.
Como si nunca hubieran compartido una adolescencia.
Como si no hubieran prometido encontrarse algún día.
—Mamá —dijo Samuel—, Nicolás me estaba contando que hay una cancha detrás de la escuela.
Valeria sonrió.
—Qué bueno.
Nicolás miró a su padre.
—¿Podemos jugar después de clases?
—Sí.
Samuel sonrió.
Mateo observó a su hijo y después a Valeria.
Una coincidencia.
Eso era todo.
Al menos eso intentaba creer.
***
Durante las siguientes semanas, Samuel y Nicolás se volvieron inseparables.
Regresaban juntos de la escuela.
Hacían las tareas.
Jugaban en la plaza.
Y algunos fines de semana se visitaban.
Valeria conocía cada vez más a Elena.
La relación entre ambas era cordial.
Nunca había hablado con ella de su pasado con Mateo.
No quería hacerlo.
Sabía que Elena era su esposa.
Y respetaba aquello.
Aunque cada vez que veía a Mateo sentía que una parte de su pasado despertaba.
Mateo tampoco hablaba de lo ocurrido.
En casa, sin embargo, había comenzado a pensar más en Valeria.
Una noche, Elena estaba preparando la cena cuando Mateo dijo:
—Samuel está contento con su nuevo amigo.
—Sí.
—Se llevan bien.
—Eso es bueno.
Elena sonrió.
—La madre del niño parece agradable.
Mateo se quedó callado.
—¿La conoces?
—Un poco.
—¿Es la misma mujer que conocías antes?
Mateo levantó la mirada.
—Sí.
Elena lo observó.
—¿Era importante para ti?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—Hace muchos años.
—¿Muchos?
—Éramos compañeros de escuela.
Elena sonrió.
—Entonces es una historia antigua.
Mateo bajó la mirada.
—Sí.
Pero no dijo toda la verdad.
No era simplemente una compañera.
Había sido su primer amor.
***
Valeria también tuvo una conversación similar con Samuel.
Una tarde, mientras hacían la tarea, él preguntó:
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Mateo era tu novio?
Valeria dejó de escribir.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque cuando lo ves, cambias.
Ella sonrió nerviosamente.
—No cambio.
—Sí cambias.
Valeria suspiró.
—Éramos muy jóvenes.
—Entonces sí era tu novio.
—Algo así.
Samuel sonrió.
—¿Y por qué dejaron de hablarse?
Valeria lo miró.
Había llegado el momento de contarle una parte de la verdad.
—Porque mi familia se mudó.
—¿Y nunca lo volviste a ver?
—No durante muchos años.
—¿Lo extrañabas?
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Sí.
—¿Mucho?
—Muchísimo.
Samuel guardó silencio.
—¿Todavía lo quieres?
Valeria se quedó inmóvil.
Era una pregunta que ella misma había evitado durante años.
—No lo sé.
Y esa era la verdad.
No sabía qué sentía.
Sabía que lo había amado.
Sabía que verlo nuevamente había despertado emociones que creía enterradas.
Pero también sabía que ambos tenían vidas diferentes.
Mateo tenía esposa.
Ella había sido esposa de Daniel.
Ahora era viuda.
Tenían hijos.
Había demasiadas cosas que podían salir lastimadas.
—Mamá.
—¿Sí?
—Creo que todavía te importa.
Valeria sonrió con tristeza.
—Tal vez.
Samuel tomó su mano.
—No quiero que estés triste.
Ella lo abrazó.
—No estoy triste.
Pero sabía que algo estaba cambiando.
***
Un sábado, Samuel fue invitado a la casa de Nicolás.
Valeria lo llevó.
Cuando llegó, Elena abrió la puerta.
—Hola, Valeria.
—Hola.
—Pasa.
Valeria entró.
Mateo estaba en la sala ayudando a sus hijos con una tarea.
Cuando la vio, se puso de pie.
—Hola.
—Hola.
Samuel corrió hacia Nicolás.
Los dos comenzaron a jugar.
Valeria y Mateo quedaron unos segundos frente a frente.
Elena se dirigió a la cocina.
—Voy a preparar algo para los niños.
Valeria asintió.
Mateo la miró.
—¿Cómo te has sentido desde que regresaste?
—Bien.
—¿Y Samuel?
—Muy bien.
—Se ha adaptado rápido.
—Sí.
Hubo un silencio.
—Te ves diferente —dijo Mateo.
Valeria sonrió.
—Tú también.
—Han pasado muchos años.
—Demasiados.
Mateo bajó la mirada.
—A veces no puedo creer que estés aquí.
—Yo tampoco.
—Pensé muchas veces en buscarte.
Valeria sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Por qué nunca lo hiciste?
Mateo suspiró.
—No sabía dónde estabas.
—Podías haber preguntado.
—Lo intenté.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí.
—Nunca lo supe.
Mateo quiso decir algo más.
Pero en ese momento escucharon las risas de los niños.
Los dos miraron hacia ellos.
Samuel y Nicolás estaban jugando juntos como si se conocieran desde siempre.
Mateo sonrió.
—Es extraño.
—¿Qué?
—Nuestros hijos se hicieron amigos.
Valeria también sonrió.
—Parece que heredaron nuestra historia.
Mateo la miró.
—Quizá el destino tiene sentido del humor.
Valeria bajó la mirada.
No quería pensar en el destino.
Porque el destino ya los había separado una vez.
Y no estaba segura de poder soportar otra despedida.
***
Esa noche, cuando Valeria regresó a casa, Samuel habló durante todo el camino sobre Nicolás.
—Es muy divertido.
—Me alegra.
—Y su papá es amable.
Valeria permaneció en silencio.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Te gustaría volver a ser amiga de Mateo?
Valeria miró la carretera.
—No sé.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas pertenecen al pasado.
Samuel pensó unos segundos.
—Pero él está aquí.
Valeria no respondió.
Tenía razón.
Mateo ya no era un recuerdo lejano.
Estaba nuevamente en su vida.
Sus hijos eran amigos.
Vivían en el mismo pueblo.
Sus caminos se cruzaban constantemente.
Y, por primera vez en muchos años, Valeria tuvo que aceptar una posibilidad que la asustaba:
quizá su historia con Mateo nunca había terminado.
Quizá solamente había quedado suspendida.
Y ahora la vida estaba intentando escribir una segunda parte.
Pero había algo que ninguno de los dos podía ignorar.
Mateo seguía casado.
Y Valeria acababa de quedar viuda.
Entre ellos existía un pasado lleno de sentimientos, pero también una realidad presente que no podían borrar.
El destino los había vuelto a encontrar.
Ahora tendrían que decidir qué hacer con todo aquello que todavía sentían.