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EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

Status: Terminada
Genre:Romance / Apocalipsis / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA RED DE AIRE Y LAS VOCES EN LA CHAPA

En la penumbra asfixiante del conducto de extracción de aire del piso 4, Sofía avanzaba a gatas sobre una lámina de lata galvanizada que crujía con un eco aterrador a cada movimiento de sus rodillas.

​El conducto era una arteria técnica estrecha, de apenas sesenta centímetros de ancho por cincuenta de alto, diseñada originalmente para hacer circular el flujo de aire filtrado entre la zona de mantenimiento de la torre residencial y las salas de aislamiento del hospital. El aire dentro del ducto estaba cargado de un polvo blanco muy fino —residuos de yeso y asbestos desprendidos por las vibraciones del colapso de los pisos inferiores— que le quemaba las fosas nasales y le hacía picar los ojos.

​Sofía llevaba un pañuelo de algodón atado firmemente sobre la nariz y la boca. Aunque ignoraba en ese momento los detalles del informe epidemiológico que Mateo había descubierto en el taller, su instinto de conservación y su agudo sentido analítico la habían llevado a proteger sus vías respiratorias desde que percibió el nauseabundo olor de la zona de triaje.

​A medida que se arrastraba, el calor dentro del conducto se volvía insoportable. Las tuberías de vapor de la caldera central del hospital corrían paralelas al ducto de lata, irradiando una temperatura que superaba los cuarenta grados. El sudor le corría por las sienes, pegándole los mechones de cabello castaño al rostro y cegándole la visión.

​De repente, un chasquido metálico resonó justo debajo de la lámina donde apoyaba las manos.

​Sofía se congeló de inmediato. Apretó los dientes y contuvo el aliento.

​Debajo de ella, a través de una pequeña rejilla de ventilación con ranuras orientables, se abría el pasillo secundario del piso 4: el corredor de distribución médica que conducía a las habitaciones de descanso del personal de enfermería.

​Al pegar el ojo a la rejilla de lata, Sofía pudo ver el pasillo iluminado por un tubo fluorescente que parpadeaba agonizante. El suelo estaba inundado por una capa de dos centímetros de agua sucia combinada con medicamentos derramados de un carro de curaciones volcado.

​En medio del pasillo, tres figuras se desplazaban en una danza macabra y lenta.

​Eran tres enfermeras con sus uniformes azucarados en sangre seca. Una de ellas tenía el brazo derecho roto, colgando inerte solo por jirones de músculo y piel, pero no daba muestras de sentir dolor. Lo que más le heló la sangre a Sofía fue el comportamiento de las criaturas: no vagaban a la azar. Seguían un patrón de búsqueda metódico, olfateando las juntas de las puertas de madera de los dormitorios y arañando la pintura de las paredes donde quedaban vestigios de sudor humano fresco.

​Una de las enfermeras infectadas se detuvo justo debajo de la rejilla donde estaba Sofía. Levantó lentamente la cabeza.

​Su rostro estaba desfigurado por desgarros severos en las mejillas, revelando la dentadura completa en una sonrisa grotesca y sangrienta. La criatura comenzó a olfatear el aire que descendía por la rejilla del conducto. Su nariz se contraía con rapidez, absorbiendo los aerosoles del ambiente.

​Sofía retrocedió lentamente un centímetro hacia atrás, cuidando de no rozar las uniones de remache de la lata.

​En ese preciso segundo, el walkie-talkie que llevaba guardado en el bolsillo interior de su chaqueta emitió un silbido de alta frecuencia, seguido por la voz distorsionada de Mateo que rompió el silencio de la tubería:

​—...Sofía... ¿me escuchas?... Cambio... Sofía, si estás ahí, responde con cuidado...

​El sonido metálico del altavoz del radio, aunque bajo, retumbó dentro del conducto de lata como una corneta de amplificación.

​La enfermera infectada que estaba debajo dio un salto inhumano, clavando las uñas de sus manos directamente en las ranuras de la rejilla de plástico del techo.

​¡CRACK!

​La rejilla de plástico se rompió bajo la fuerza bruta de las manos de la criatura. Los dedos largos, manchados de fluido biológico oscuro y viscoso, se colaron por el agujero, quedando a escasos cinco centímetros de la zapatilla de Sofía.

​—¡MATEO! —gritó Sofía, abandonando todo intento de sigilo.

​La criatura abajo comenzó a impulsarse usando el marco de la puerta contigua, intentando meter la cabeza por el hueco del techo para alcanzarla. Las otras dos enfermeras infectadas en el pasillo respondieron al alboroto de inmediato, corriendo con una ferocidad descontrolada hacia la zona del colapso y saltando sobre el carro de curaciones para alcanzar el ducto de aire.

​Sofía giró sobre su abdomen dentro del espacio reducido de sesenta centímetros y comenzó a gatear a una velocidad frenética hacia adelante, impulsándose con los codos y las rodillas contra las paredes de metal quemante.

​Detrás de ella, las láminas de lata galvanizada comenzaban a ceder bajo el peso de las criaturas que intentaban trepar al conducto, doblando el marco de soporte de hierro con chasquidos ensordecedores.

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