Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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LA SONRISA DEL QUE VOLVIÓ
Al día siguiente, caminamos juntos hacia la academia. Las calles aún olían a polvo y a escombros. Los muros agrietados, las verjas dobladas, el edificio que se había derrumbado estaba acordonado, con vigas de hierro retorcidas y montones de ladrillo donde antes estaban las aulas. Todo el mundo hablaba de ello, miraba con temor, se preguntaba qué fuerza había podido hacer eso en un solo lugar, sin tocar el resto de la ciudad. Pero yo caminaba tranquilo, al lado de Marcela, como si nada hubiera pasado.
Y entonces, los vi.
Estaban en la entrada, el mismo grupo de chicos que lo empujaron, que lo arrojaron al vacío desde lo alto de ese edificio que ahora era un montón de ruinas. Se quedaron petrificados al verme. Los ojos se les abrieron desmesuradamente. Tragaron saliva al mismo tiempo, como si tuvieran la garganta seca de golpe.
—Yo lo vi caer… —murmuró uno, con voz temblorosa—. Yo lo vi inconsciente… estaba lleno de sangre. No podía moverse.
—Esto tiene que ser una broma —susurró otro, retrocediendo un paso—. Es imposible. Nadie sobrevive a eso. Y al día siguiente… caminando como si nada. Sin un vendaje, sin una magulladura.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, los miré directamente a los ojos. Y sonreí. No era la sonrisa de Cástor, tímida y apagada. Era mi sonrisa. Lenta, fría, consciente de que ellos sabían lo que habían hecho y de que yo estaba ahí para cobrarlo.
Se detuvieron en seco, aterrorizados ante esa mirada que no era la de un chico débil. Y entonces, despacio, frente a ellos, hice el ademán con los dedos: como un cuchillo que se desliza lentamente por el cuello, cortando el aire, lento, deliberado, para que cada uno lo viera bien. Para que entendieran. Después, mantuve la sonrisa, di un paso más y seguí de largo, sin volverme a mirarlos.
Se quedaron inmóviles, pálidos, temblando.
—Ese maldito acaba de amenazarnos con la muerte —susurró el primero, con la voz quebrada—. ¿Qué se cree que es?
—No lo sé, viejo… pero a mí ya me dio miedo —respondió el otro, frotándose el cuello como si realmente hubiera sentido el filo—. Nosotros lo lanzamos, ¿no? Lo vimos caer. No respiraba. Estaba en un charco de sangre… y viste también que fue justo ese edificio el que colapsó con ese movimiento telúrico. El mismo desde donde lo empujamos.
—No sé qué tiene… ese Cástor es extraño. Muy extraño.
—¿Qué extraño va a ser? —dijo el tercero, intentando recuperar la arrogancia, aunque sus manos seguían temblando—. Es un maldito recogido, que vive de arrimado en la casa de unos extraños. Ya nos lo dijo su hermano Damián: él no es nada. Que podíamos hacer lo que quisiéramos con él. No tiene familia, no tiene quién lo defienda. Vamos. Hay que recordarle su lugar. Para que no se ande de geniecillo. Para que sepa que sigue siendo el mismo perro de siempre.
Pero ninguno dio un paso hacia mí. Se quedaron ahí, con las palabras en la boca y el miedo en los huesos, porque en el fondo… sabían que algo había cambiado. Que el chico que empujaron al vacío no había vuelto solo. Algo más había bajado con él. Y eso… eso les daba más miedo que cualquier caída.