Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 17: La fortaleza de la niebla
El descenso sobre el norte de Italia no tuvo nada del brillo seco del Golfo. Cuando el Falcon 8X perforó la densa capa de nubes al filo del amanecer, la tierra apareció envuelta en un sudario de bruma gris, lagos de aguas oscuras y los perfiles escarpados de los prealpes lombardos cubiertos de pinos húmedos.
No aterrizaron en Milán-Linate. Evitando cualquier aduana comercial, el jet tocó pista en un aeródromo privado entre Varese y Como, resguardado por hangares sin insignias y un perímetro de alambre electrificado.
A pie de pista esperaban dos camionetas blindadas de color grafito y un equipo de escolta de doce hombres vestidos de negro, con las armas automáticas pegadas al pecho bajo abrigos impermeables. Al ver descender a Dante por la escalerilla, los soldados formaron una barrera viva, inclinando la cabeza con una reverencia que rozaba el fervor militar.
—Don Dante. Todo despejado en el cuadrante norte —informó el comandante del convoy en dialecto piamontés cerrado—. La villa está en código negro desde la medianoche. Nadie cruza la puerta exterior sin su huella biométrica.
Dante asintió con un gesto seco de la cabeza. Se giró hacia la escalerilla y extendió la mano hacia Aleksandra, pero ella fingió no verla. Descendió con la espalda rígida, llevando a Dimitri de la mano. El niño vestía una campera abrigada que Lorenzo le había facilitado en el avión; sus grandes ojos grises exploraban el paisaje brumoso, el vaho que salía de sus propios labios al respirar el aire gélido de la mañana y la hilera de hombres armados que lo observaban con una mezcla de sorpresa y temor reverencial.
Nadie se atrevía a fijar la vista demasiado tiempo en el pequeño. El parecido físico era tan demoledor que la comitiva entera comprendió, en una sola mirada compartida en silencio, que la sucesión de la dinastía Moretti acababa de cambiar para siempre.
—Sube, Dimitri —le indicó Aleksandra en ruso, colocándose entre el niño y la puerta abierta de la camioneta para no dejar expuesta su espalda en ningún momento.
El trayecto hacia el lago de Como duró cuarenta minutos por carreteras serpenteantes talladas en la roca viva. Aleksandra no miraba el paisaje de postal; memorizaba cada curva, los desfiladeros donde un vehículo podía quedar encajonado, los puentes estrechos y la distancia respecto a la frontera suiza. Mikhail Volkov le había enseñado que ningún lugar es una trinchera si no conoces de antemano por dónde vas a escapar.
Finalmente, la carretera murió frente a una muralla colosal de piedra gris coronada por concertina invisible y sensores de movimiento. Dos portones monumentales de hierro forjado, grabados con el blasón de los Moretti —un lobo negro cruzado por una espada—, se abrieron con un chirrido hidráulico pesado.
Villa Moretti emergió entre la niebla como un palacio fortificado del siglo XVIII suspendido sobre los acantilados del lago. Columnatas de mármol blanco, jardines aterrazados que descendían hasta un muelle privado con lanchas rápidas y ventanales inmensos que, a simple vista de cirujana, Aleksandra reconoció como cristal laminado antibalas de triple espesor.
El vehículo se detuvo frente a la escalinata principal.
Dante bajó primero, abrió la puerta de Aleksandra y la esperó con los brazos cruzados.
—Bienvenida a casa —dijo él, con esa voz grave que parecía resonar contra la piedra mojada.
Aleksandra bajó del auto, tomó a Dimitri en brazos para no dejarlo pisar la grava fría y barrió la propiedad con una mirada desprovista de asombro.
—Esto no es una casa, señor Moretti —respondió ella, con una frialdad cortante—. Es un búnker con candelabros de cristal. Una jaula dorada para que no te alcancen los fantasmas que tú mismo engendraste.
Dante arqueó una ceja, pero una chispa de admiración peligrosa brilló en el fondo de sus ojos grises.
—Puede ser una jaula para ti, Aleksandra. Pero para nuestro hijo es la única fortaleza en este continente donde no tendrá que agacharse bajo los asientos para esquivar lanzacohetes.
El vestíbulo principal los recibió con el calor de chimeneas de leña encendidas, suelos pulidos de mármol de Carrara y una hilera de sirvientes y guardias encabezados por una mujer mayor, de porte aristocrático y mirada perspicaz, vestida con un estricto traje sastre oscuro: Maria, el ama de llaves que había servido a tres generaciones de Moretti.
Al ver entrar a Dante con la joven cirujana y el niño en brazos, la anciana se llevó una mano al pecho y sus ojos se empañaron por una emoción genuina.
—Signore Dante... —susurró la mujer, inclinando la cabeza con respeto absoluto antes de posar sus ojos en Dimitri—. Es la viva imagen de su padre a esa misma edad. Que la Virgen proteja esta casa.
Dante apoyó una mano en el hombro de la anciana, suavizando su gesto adusto por una milésima de segundo.
—Maria, instala a Aleksandra y a Dimitri en el ala este del primer piso. Las habitaciones que dan al lago, con acceso directo a la terraza privada. Que preparen comida tibia para el niño y que nadie suba sin la autorización expresa de la señora... o la mía.
—Señorita Rossi —corrigió Aleksandra de inmediato, clavándole una mirada helada tanto al ama de llaves como a Dante—. No llevo su apellido ni lo llevaré nunca.
Dimitri miró el techo abovedado, decorado con frescos renacentistas de batallas y ángeles, y luego miró a Dante, que se había desabrochado el abrigo largo.
—¿Aquí duermen los soldados? —preguntó el pequeño, señalando a los dos guardias con fusiles que custodiaban el arco interior.
Dante se detuvo. Por un instante, la maquinaria implacable del Don pareció descolocarse frente a la inocencia solemne de la pregunta. Se inclinó ligeramente hacia el niño, manteniendo una distancia prudente para no provocar la furia de Aleksandra.
—Aquí duermo yo, Dimitri —respondió Dante con un tono que, sin proponérselo, bajó a un murmullo pausado y paciente—. Y esos hombres cuidan que nadie interrumpa tus juegos ni los de tu madre.
—Mamá dice que las armas no son juguetes —replicó Dimitri con seriedad imperturbable—. Dice que rompen cosas que después ningún médico puede coser.
Un silencio denso cayó sobre el gran vestíbulo. Lorenzo carraspeó detrás de Dante para ocultar una sonrisa tensa; los guardias bajaron la vista al suelo. Nadie en los últimos diez años se había atrevido a hablarle al Don de Milán con semejante desfachatez.
Dante alzó los ojos hacia Aleksandra. El reproche del niño era un dardo directo a su mundo, un eco exacto de la moral inquebrantable de la cirujana. Sin embargo, lejos de irritarse, sintió una punzada profunda y caliente en el pecho: el orgullo salvaje de saber que su sangre estaba siendo moldeada por una mujer que no se doblegaba ante nadie.
—Tu madre tiene razón, muchacho —dijo Dante, sosteniendo la mirada desafiante de Aleksandra—. Las armas rompen cosas. Pero a veces, son lo único que evita que te rompan a ti.
Aleksandra no esperó a que continuara el sermón. Se giró hacia el ama de llaves con un movimiento seco.
—Muéstreme la habitación, por favor. Mi hijo necesita descansar lejos de esta gente.
Subieron por la amplia escalinata de caracol flanqueada por balaustradas de hierro dorado. El ala este era un departamento independiente dentro de la mansión: una suite monumental con chimenea de mármol, ventanales con vista panorámica al lago gris y brumoso, una habitación infantil contigua decorada con sobriedad y un baño de proporciones descomunales revestido en travertino.
Apenas Maria cerró la puerta de doble hoja tras de sí, Aleksandra bajó a Dimitri al suelo, revisó cada pestillo de las ventanas comprobando el grosor del vidrio blindado y examinó los accesos a la terraza.
No había balcones ciegos; toda la cornisa estaba a la vista de los guardias del jardín.
Se dejó caer en el borde de la inmensa cama, llevándose las manos al rostro para frenar el temblor de sus dedos. Dimitri se acercó despacio, trepó al colchón y apoyó su pequeña cabeza sobre el regazo de su madre, enroscando sus dedos en la tela de su suéter.
—Mami... ¿nos van a dejar volver al desierto? —preguntó el niño en un susurro cansado.
Aleksandra le acarició el cabello suave, tragándose las lágrimas de rabia y miedo que amenazaban con quebrar su compostura.
—No lo sé, mi amor —respondió ella en ruso, con una devoción feroz en la voz—. Pero te prometo que mientras yo respire, nadie va a obligarte a convertirte en lo que hay detrás de esas puertas. Nadie.
Un golpe seco en la puerta interrumpió la penumbra.
Sin esperar respuesta, la puerta se abrió. Dante entró a la estancia, sosteniendo en una mano una bandeja de plata con un tazón de leche caliente y galletas para el niño, y en la otra, un maletín de cuero negro que depositó con cuidado sobre la mesa ratona.
—Lorenzo mandó a buscar esto a tu departamento de Dubái antes de que los hombres de Valerio lo quemaran —dijo Dante, abriendo el maletín.
Aleksandra contuvo el aliento.
Dentro descansaban sus títulos médicos originales de Milán, sus libros de neuroanatomía vascular, el cuaderno de tapas de cuero de su padre y, en una esquina, su instrumental quirúrgico de titanio esterilizado.
—Sé que para ti soy el diablo, Aleksandra —dijo Dante, mirándola desde la penumbra con una intensidad que hizo que el aire en la habitación se volviera pesado y eléctrico—. Pero no destruyo lo que tiene valor. Tu carrera no se termina aquí. Nadie te va a quitar el bisturí de las manos mientras estés bajo mi techo.
Aleksandra se puso de pie, interponiéndose entre Dante y el niño que comenzaba a quedarse dormido sobre las almohadas.
—Tú no decides qué tiene valor en mi vida, Don Moretti —susurró ella, con una voz cargada de veneno y desafío—. Me trajiste aquí a la fuerza. Me encerraste con tus matones. Pero ten mucho cuidado: los cirujanos conocemos el cuerpo humano por dentro. Sabemos exactamente cuánto dolor puede soportar un hombre antes de que el corazón se le detenga en seco.
Dante dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que su aliento cálido le rozó los labios.
—Pruébame cuando quieras, dottoressa —murmuró él, con una sonrisa oscura ardiendo en sus ojos grises—. Ya me abriste una vez y sobreviví a tu filo. Estoy deseando ver qué más puedes hacerme.