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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:750
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

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Capítulo 14

Capítulo 14: De diez mil en diez mil

Dulce se escurrió por debajo del brazo de Adrián y no paró hasta el atril de la entrada. Se acomodó la placa, que se le había volteado, y le sonrió a una familia que venía a comer. En el puño del uniforme tenía una manchita de sangre que no era suya.

A las tres y veinte, por el ventanal que daba al estacionamiento de los empleados, vio cómo lo subían a un carro blanco: don Casimiro de un lado y ella del otro, él con la cabeza colgando y la corbata en la bolsa del saco. La mujer le acomodó la cabeza para que no se pegara con el techo del carro, con una mano en la nuca, igual que se hace con alguien que es de uno.

—¿Viste? —Brenda se le paró al lado, fingiendo que buscaba una reservación—. Tan quitada de la pena que te veías, y el licenciado se fue con la exseñora. Esa es Clara Monteverde, mi reina. La esposa. Bueno, la ex. Dicen que ya van a regresar.

Dulce se volteó tan rápido que Brenda dio un brinco para atrás y se pegó con el atril.

—Total —dijo Dulce, y se quitó la placa—. Ya me voy.

Dejó la placa en el atril, boca abajo. En la escalera se encontró a don Casimiro, que venía de regreso, sudado. Detrás de él, en la puerta del elevador, estaba Pepe Barrón con el Chato, los dos con cara de que la fiesta seguía.

—Joven, el elevador es para clientes que van a su mesa. —Don Casimiro se paró en medio con los brazos abiertos—. Y usted ya va de salida.

Pepe dijo algo de su papá. Don Casimiro no se movió. Con la mano de atrás, sin voltear, le metió a Dulce un sobre en la bolsa del uniforme.

—Medio día, mija. Lo que te toca. Cuídate.

—Don Casimiro… —A Dulce se le cerró la garganta. Se la aclaró—. Cuando me haga rica, le doy un sobre así de gordo.

* * *

En el Metro se le acabó la sonrisa. En la estación Chilpancingo una señora le ofreció un kleenex y Dulce le dijo que era alergia.

A las ocho de la noche estaba en el cuartito del café del quinto piso, con el agua hirviendo para el té de manzanilla de su mamá. En la cabeza tenía el carro blanco, la mano en la nuca. Si la ex se lo llevaba a su casa, lo acostaba. Si lo acostaba…

El agua le cayó en los dedos de la mano izquierda, el índice y el de en medio. Soltó la jarra. Se le hicieron dos ampollas en segundos, blancas, brillosas.

—Se me resbaló —le dijo a la enfermera que asomó la cabeza por el ruido, y metió la mano en el chorro del lavabo.

Después se encerró en el baño del cuarto. Se sentó en la tapa del escusado con el celular en la mano derecha. Se sabía el número de memoria desde la noche del poste; aun así lo buscó en la lista, abrió el chat y bajó hasta el final de las opciones. Bloqueó el contacto. Lo eliminó. Borró el chat completo, con todo y el dibujito de la naranja.

La tapa del escusado estaba fría. Se quedó ahí hasta que Chayo tocó la puerta.

—¿Mija? ¿Estás bien?

Chayo estaba sentada en la orilla de la cama cuando salió. Le agarró la mano izquierda y la volteó hacia la luz. Vio las ampollas. Luego volteó la otra y vio las costras de la palma.

—¿Qué te pasó? ¿Y esto? —Le levantó la cara con un dedo—. ¿Y Andrés?

—Andrés tiene otra, ma. —Dulce se sentó a su lado—. En Monterrey.

—Ay, mija. —Chayo le soltó la mano despacio—. Los hombres son como los gatos. —Se quedó callada un rato, viendo la tele apagada—. Pero ese muchacho no tiene cara de eso.

—Nadie tiene cara de eso, ma.

* * *

A las ocho de la mañana del viernes, a la hora en que antes llegaba el buenos días, Dulce abrió la libreta sobre las rodillas. Sacó la pluma de la espiral.

Quinientos mil del primer día. Diecisiete de veinte mil. Ochocientos cuarenta mil pesos en total, que él le había mandado.

Los quinientos mil se habían ido completos al hospital; ese era el depósito de la operación y ese no tenía regreso. De los veinte mil diarios había usado dieciocho mil para las tres apps de préstamos, seis mil para pagarle a Mari y catorce mil en medicinas, empapadores para la cama, taxis y el refrigerador del cuarto. Treinta y ocho mil.

Trescientos cuarenta menos treinta y ocho. Lo hizo en la calculadora del celular y luego a mano, para estar segura. Trescientos dos mil pesos que no había tocado.

Abrió la app del banco. Buscó en los movimientos la primera transferencia, la de Por tu mamá, y copió de ahí la cuenta de origen. Escribió la cantidad con cuidado, contando los ceros en voz baja: trescientos dos mil. En el concepto escribió: Abono 1. Lo demás, de 10 mil en 10 mil.

Le puso la huella. La transferencia se fue.

Luego volvió a la libreta, pasó a una hoja nueva y escribió arriba, con letra de molde: Le debo 538,000. Hizo la división abajo, chiquita. A diez mil por mes, cincuenta y cuatro meses. Cuatro años y medio. Lo subrayó dos veces, igual que había subrayado lo otro.

—¿Qué tanto escribes? —preguntó Chayo desde la cama.

—Nada, ma. Cuentas.

* * *

El sábado Chayo se la quedó viendo por encima del plato de gelatina, sin comérsela, medio minuto completo. Dulce lo sintió en la nuca antes de levantar la cara.

—Dulce Olvera Molina. —Chayo dejó la cuchara—. ¿Qué pasó de verdad?

Dulce abrió la boca para decir lo de la fábrica y no le salió. Se sentó en la silla junto a la cama, la de plástico, y le contó desde el poste.

Le contó del anuncio entre el de los tamales y el de los amarres, del número mojado, del seis que parecía ocho. De la llamada. De lo que dijo en la llamada, aunque eso lo dijo mirando el piso. Del vestido de ciento noventa y nueve, de la casa en Bosques, de que no era viudo ni tenía cincuenta años, de que se llamaba Adrián Valdés y era el dueño de Grupo Valdés, del jardín del hospital y de lo que le dijo a Yesenia para que no subiera. Chayo no la interrumpió. Nada más le fue apretando la mano cada vez más fuerte.

Cuando terminó, Dulce esperó el grito. Chayo le soltó la mano, se la volvió a agarrar con las dos y se la llevó a la boca.

—Ese dinero me salvó, mija. —Tenía los ojos mojados y la voz firme—. Y ese muchacho no te vio como mercancía. Yo lo vi cómo te veía, aquí sentado. Te vio.

—Ya no importa, ma. —Dulce se limpió la cara con la manga.

—Ajá —dijo Chayo, y no le soltó la mano en toda la tarde.

* * *

El domingo en la noche, a las diez y media, Dulce estaba en el sillón cama del cuarto con la luz apagada y la tele sin volumen. Le vibró el celular. Era Mari, saliendo del turno de la tarde.

Ya voy para mi casa. Pasé por el Metro Constitución y mira nomás.

Venía una foto. El poste de la esquina, con el foco que parpadeaba. Abajo, un hombre de pelo al rape, grandote, estaba raspando algo del metal con un cortaúñas, muy despacio, agachado. A su lado, un señor de pelo blanco le alumbraba con la linterna del celular.

¿No es el chofer de tu señor?

Dulce se enderezó. Hizo zoom con dos dedos hasta que la foto se puso granulosa. El señor del pelo blanco era don Lupe. El grandote era Sam. Lo que Sam estaba raspando, pegado al metal, era el anuncio.

Escribió con el pulgar, rápido: ¿Y eso para qué? ¿Para borrar la prueba?

Mari tardó un minuto en contestar. Dulce vio los tres puntitos aparecer, desaparecer y volver a aparecer.

¿Y si es para creerte?

1
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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