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FIRMÉ MI LIBERTAD

FIRMÉ MI LIBERTAD

Status: En proceso
Genre:La Vida Después del Adiós / Mujer fuerte/hombre frágil / Pareja destinada / Divorcio
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

FIRMÉ MI LIBERTAD

Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.

Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.

Una noche, Aymara decide desaparecer.

Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.

Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.

Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.

Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La vida que elegí

Bella cumplió un mes en Brumaluna antes de hacer algo que se pareciera a echar raíces.

Durante los primeros días ni siquiera se permitió pensar en eso.

Había llegado de noche, agotada, después de una semana conduciendo sin saber realmente hacia dónde iba. El hotel había sido una solución para dormir unas horas. Brumaluna, una parada. La casa rodante, la garantía de que podía marcharse en cualquier momento.

Sin embargo, una noche se convirtió en dos.

Dos en cinco.

Y después dejó de contar.

Cada mañana, cuando abría los ojos, necesitaba unos segundos para recordar dónde estaba. Al principio aquel instante la asustaba. Después empezó a gustarle.

No había una casa enorme esperando que bajara a desayunar.

No había empleados entrando y saliendo.

No estaba el teléfono de Sam sobre una mesa.

No tenía que calcular qué humor tendría él al despertar ni preguntarse qué versión de sí misma necesitaba interpretar ese día.

Solo estaba ella.

Bella.

Había elegido ese nombre durante la huida y había llegado a Brumaluna usándolo. Al principio le había parecido una frontera improvisada entre la mujer que escapaba y la que todavía no sabía quién sería.

Ahora empezaba a responder a él sin pensarlo.

También había cambiado su aspecto antes de llegar. No cada día. Eso habría llamado mucho más la atención de la que pretendía evitar.

La mujer que Rodrigo había conocido aquella primera noche era la misma que Brumaluna veía ahora.

Ese rostro, ese cabello, aquella manera mucho más sencilla de vestirse perteneciente a Bella Monreal.

Aymara era otra cosa.

Aymara pertenecía a fotografías antiguas, reuniones empresariales, cenas demasiado elegantes y una vida de la que Bella todavía no podía hablar.

Si alguna vez tenía que volver a convertirse en ella, entonces cambiaría.

Pero en Brumaluna no.

Aquí quería tener un rostro.

Uno solo.

Amy se convirtió en la primera persona que comenzó a formar parte de sus días.

Trabajaba en el supermercado y tenía la extraordinaria capacidad de conversar aunque Bella contestara únicamente con monosílabos.

La primera vez que Bella entró a comprar algunas cosas, Amy la trató como a cualquier desconocida.

La tercera ya sabía qué café compraba.

A la quinta le dijo:

—Te estás convirtiendo en cliente habitual.

Bella miró la pequeña canasta que llevaba.

—Eso suena grave.

—Lo es. El siguiente paso es que empieza a preguntarte cosas personales.

—Entonces debería cambiar de supermercado.

Amy señaló hacia las ventanas.

—Buena suerte. Es el único.

Bella se río.

Fue una risa breve, pero auténtica.

Amy la observó durante un segundo y después continuó acomodando productos como si no hubiera ocurrido nada especial.

Bella agradeció que lo hiciera.

Todavía no sabía cómo reaccionar cuando era feliz sin haberlo planeado.

Con Rodrigo sucedió algo diferente.

Lo veía en el hotel casi todos los días porque él era el administrador y Bella seguía alojándose allí. A veces coincidían por la mañana. Otras, cuando ella regresaba después de caminar por el pueblo.

Rodrigo nunca pareció estar tranquilo.

Revisaba reservas, hablaba con proveedores, resolvía problemas con los huéspedes y aparecía detrás del mostrador cuando Lucía necesitaba ayuda.

Lucía era la recepcionista.

Había sido de las primeras personas que Bella había visto al entrar al hotel, además de Rodrigo, y su trato había sido correcto desde el principio.

Nada más.

Bella tampoco buscaba nada más.

Había aprendido a observar antes de confiar.

Rodrigo, en cambio, parecía haber aprendido exactamente lo contrario: dejaba que las personas estuvieran acercándose sin interrogarlas.

Una tarde la encontré sentada en una de las terrazas del hotel con la computadora abierta.

—¿Trabajando?

Bella levantó la mirada.

—Intentándolo.

—Llevás diez minutos mirando la misma página.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Me estás vigilando?

—Estoy administrando un hotel.

—Desde allá.

—Tengo excelente visión periférica.

Bella cerró la computadora.

—No sé qué hacer.

Lo dijo antes de decidir si quería decirlo.

Rodrigo no respondió inmediatamente.

—¿Hoy?

—Con mi vida.

—Ah.

Ella esperaba alguna frase tranquilizadora.

No llegó.

—Eso es bastante más complicado —dijo él.

Bella soltó una pequeña carcajada.

—Gracias. Muy útil.

—Podrías inventarte una respuesta bonita.

—Por favor, no.

—Entonces no sé.

Y aquello, extrañamente, la tranquilizó.

Rodrigo señaló la silla vacía frente a ella.

—¿Me siento?

Bella bautizada.

Él tomó asiento.

—¿Tenés que decidirlo ahora?

Bella miró la pantalla apagada de la computadora.

Durante años había vivido rodeado de decisiones que parecían urgentes porque otras personas decidían cuándo debían ser tomadas.

—No —admitió.

—Entonces hoy podrías empezar por algo más pequeño.

—¿Como qué?

Rodrigo señaló hacia la calle.

—Conocer el lugar donde llevas casi un mes viviendo.

Bella levantó una ceja.

—Conozco el supermercado.

—Eso explica por qué Amy cree que ya sos ciudadana honorarios.

—También conozco este hotel.

—Eso te convierte en huésped, no en habitante.

Ella sonrió.

—¿Y qué hace un habitante de Brumaluna?

—Se queja del clima, sabe dónde venden el mejor pan y tiene una opinión exageradamente fuerte sobre qué lado del lago es más bonito.

—Parece una vida agotada.

—No es para cualquiera.

Rodrigo regresó al trabajo poco después.

No le ofreció llevarla.

No organizó una excursión.

No se convirtió aquella conversación en una oportunidad para acercarse.

Simplemente la dejó con una idea.

Bella salió sola.

Así comenzó a conocer a Brumaluna.

Caminando.

Descubrió una panadería pequeña que cerraba demasiado temprano, una farmacia cuyo dueño parecía conocer a todo el pueblo, una calle desde la que podía verse el lago entre dos edificios y un sendero que terminaba en una zona donde el ruido del centro desaparecía casi por completo.

Volvió allí varias veces.

El lago empezó a gustarle precisamente porque no le pedía nada.

Podía sentarse durante una hora y nadie esperaba una explicación.

Algunas tardes llevaba café.

Otras, la computadora.

Casi nunca trabajaba.

Todavía podía atender a distancia determinados asuntos cuando era imprescindible, pero había decidido que Brumaluna no sería simplemente otra oficina desde la que continuar viviendo como antes.

No sabía qué iba a ser.

Por primera vez, podía permitirse no saberlo.

El día treinta y dos, Amy volvió a hablarle del local.

Ya lo había mencionado dos veces.

Bella había cambiado de tema las dos.

Aquella tarde estaban saliendo del supermercado cuando Amy señaló hacia una calle lateral.

—Ahora sí.

—¿Ahora sí qué?

—Podés verlo.

Bella siguió caminando.

—No necesito un local.

—No dije que lo necesites.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Dije que podés verlo.

Bella se detuvo.

Amy sorprendida con demasiada satisfacción.

—Odio cuando hizo esa cara.

—¿Cuál?

—La de persona que cree que ya ganó una discusión.

—Porque generalmente ya la gané.

El local estaba a dos calles del supermercado.

Era más pequeño de lo que Bella había imaginado. Tenía dos ventanas hacia la calle, una puerta sencilla y un espacio interior prácticamente vacío.

No había nada extraordinario en él.

Precisamente por eso se quedó mirándolo.

— ¿Qué había aquí? —preguntó.

—Una tienda. Cerró hace meses.

Bella observar el interior a través del vidrio.

—No sé qué pondría.

—No tenés que saberlo hoy.

—Amy, la gente normalmente alquila un local porque tiene un negocio.

—La gente normalmente tampoco llega a Brumaluna en mitad de la noche en una casa rodante y se queda un mes sin admitir que le gusta el lugar.

Bella volvió la cabeza.

—No dije que me gustara.

—Claro.

Amy siguió caminando.

Bella permaneció frente al vidrio unos segundos más.

Volvió sola dos días después.

Esta vez pidió verlo por dentro.

El propietario le explicó las condiciones y Bella escuchó con atención. No necesitaba financiar nada ni calcular si podía permitírselo.

El dinero no era el problema.

Ese era precisamente uno de los aspectos más extraños de su nueva vida.

Helena ya le había explicado qué recursos podía utilizar legalmente bajo su identidad protegida de Bella Monreal. Podía tener una cuenta operativa, firmar un alquiler, contratar servicios y hacer una vida normal sin que cada movimiento cotidiano expusiera públicamente la vinculación reservada con Aymara.

Bella Monreal no era un nombre escrito apresuradamente en un formulario.

Existencia.

Legalmente.

Y cada vez que Bella utilizaba esa identidad para algo tan sencillo como pagar una factura, sentía algo que todavía no sabía nombrar.

No estaba robándole una vida a Aymara.

Estaba construyendo otra parte de la suya.

Firmó un contrato corto, renovable.

Nada definitivo.

Todavía necesitaba saber que podía marcharse.

Pero por primera vez también estaba haciendo algo que suponía que quizás no lo haría.

Rodrigo apareció la tarde en que recibió las llaves.

Bella estaba sentada en el suelo porque aún no había comprado una silla.

—No preguntas.

Rodrigo se quedó en la puerta.

—No iba a hacerlo.

Llevaba una caja pequeña.

—¿Qué es eso?

—Focos.

—Tengo electricidad.

—Eso espero.

—También tengo focos.

Rodrigo levantó la vista hacia uno que parpadeaba.

Bella hizo lo mismo.

—Ese es decorativo.

—Claro.

Ella terminó riéndose.

Rodrigo dejó la caja sobre el suelo.

—Amy me dijo que estabas aquí.

—Amy necesita un pasatiempo.

—Creo que vos sos su pasatiempo.

—Eso me preocupa.

Rodrigo revisó una de las ventanas y después la cerradura de la puerta.

Bella lo observó.

—¿Siempre haces esto?

—¿Qué cosa?

—Aparecer con soluciones para problemas que nadie te pidió resolver.

Rodrigo dejó de tocar la cerradura.

—Puedo irme.

No había ofensa en su voz.

Simplemente lo decía.

Bella sintió inmediatamente la diferencia.

Sam habría convertido aquella frase en un castigo.

Después no digás que no quise ayudarte.

Rodrigo solo esperaba una respuesta.

—No —dijo Bella—. Podés quedarte.

Él.

Nada más.

Cambió el foco defectuoso.

Le enseñó que una de las ventanas necesitaba un pequeño ajuste y anotó el número de alguien que podía hacerlo.

No decidí dónde debía poner las cosas.

No preguntó cuánto había pagado.

No quiso saber de dónde provenía el dinero.

Cuando terminó, reconoció la caja vacía.

—¿Y qué va a ser esto?

Bella miró alrededor.

Una mesa.

Una computadora.

Dos ventanas.

Un montón de espacio vacío.

—No tengo idea.

Rodrigo sonrió.

—Me gusta.

—¿Qué cosa?

—Que no tengás idea.

Bella lo miró.

—Sos un administrador extraño.

—Administrar un hotel me obliga a saber qué pasa mañana. Fuera del hotel intento no hacerlo.

Se marchó unos minutos después.

Bella cerró la puerta y permaneció en medio del local.

No había comprado mercancía suficiente para llamarlo negocio.

No había inventado una profesión.

No tenía un plan comercial.

Y no necesitaba tenerlo todavía.

Se acercó al ventanal.

Desde allí podía ver una pequeña parte de Brumaluna.

Un mes atrás habría mirado aquella calle calculando cuánto tardaría en llegar hasta la casa rodante.

Cuánto combustible tenía.

Qué carretera tomaría.

Dónde podría dormir la siguiente noche.

Ahora pensé en una mesa.

Quizás dos sillas.

Una lámpara.

Cortinas.

Cosas pequeñas.

Cosas que una persona compra cuando supone que mañana seguirá en el mismo sitio.

Bella apoyó la llave nueva sobre la palma de su mano.

No era la llave de una casa.

Ni siquiera sabía si conservaría aquel local más de unos meses.

Pero era la primera llave que había elegido tener desde que huyó.

Y eso bastaba.

Por ahora.

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