NovelToon NovelToon
La Esposa Rechazada El Amor No Sobrevive a la Humillación

La Esposa Rechazada El Amor No Sobrevive a la Humillación

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:370
Nilai: 5
nombre de autor: Kassyane Santos

Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.

Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.

Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.

NovelToon tiene autorización de Kassyane Santos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: La Cena Fría y el Olor de Ella

Priscila no recordaba cómo había logrado salir del edificio de la Vance Holdings. La imagen de Mariano y Eleonora se le grabó en la mente como una herida marcada a hierro candente. Había recogido a Killian en la recepción bajo las miradas de reproche de los empleados, se había subido a un taxi y había pasado el resto de la tarde en una clínica pública. Estuvo horas sentada en una silla de plástico duro, esperando que atendieran a su hijo mientras la fiebre le subía y le bajaba.

A las nueve de la noche por fin estaba de vuelta en el departamento. Killian se había dormido en la cuna después de tomar el medicamento que le recetó el médico.

A Priscila le dolía todo el cuerpo. Tenía los ojos rojos e hinchados, pero no podía darse el lujo de derrumbarse. En la cocina impecable preparaba la cena. No porque quisiera complacer a Mariano —la esperanza de ganarse su amor había muerto en aquella sala de reuniones—, sino porque le aterraban las peleas que él armaba cuando encontraba la casa fuera del orden que exigía.

La puerta principal del departamento se abrió a las diez y media.

Mariano entró. Traía el saco echado sobre el brazo y la corbata algo floja. No parecía culpable. Ni siquiera parecía tenso. Su rostro lucía la calma arrogante de quien había tenido una tarde sumamente placentera.

Priscila salió de la cocina con las manos temblorosas metidas en los bolsillos del delantal.

Mariano se detuvo en el recibidor, quitándose los zapatos de marca. Al levantar la vista y ver a Priscila, no hubo ni una pizca de vacilación en su mirada. Solo un hastío profundo.

—¿Está lista la cena? —preguntó, dirigiéndose a la mesa del comedor como si nada hubiera pasado.

Priscila se detuvo a dos pasos de él. El olor le invadió las fosas nasales de inmediato. No era su perfume. Era el perfume dulce, empalagoso e inconfundible de Eleonora, impregnado en el cuello de su camisa blanca.

—¿Ni siquiera te molestaste en darte una ducha antes de volver a casa? —la voz de Priscila salió en un susurro tembloroso, cargado de asco.

Mariano se detuvo. Se giró despacio y la miró de arriba abajo con el mismo desprecio de aquella tarde.

—No empieces, Priscila. Tuve un día largo y agotador en el trabajo. No tengo paciencia para tus ataques de celos.

—¿Ataques de celos? —Priscila soltó una risa amarga, con las lágrimas volviendo a arderle en los ojos—. Mariano, ¡te vi teniendo sexo con Eleonora sobre tu escritorio! ¡Acabaste delante de mí mientras me mandabas callar! ¿Y ahora llegas a la casa donde duerme tu hijo apestando a su perfume?

—¿Y qué esperabas? —Mariano dio un paso intimidante hacia ella y bajó la voz a un tono frío y peligroso—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que te pidiera perdón? ¿Que prometiera que no volvería a pasar?

Se acercó tanto que Priscila pudo ver la línea dura de su mandíbula.

—Vamos a enfrentar la realidad de una vez por todas, Priscila —continuó, apuntándole con el dedo a la cara—. Nunca te amé. Nunca quise casarme contigo. Fuiste un accidente en mi camino. Una noche estúpida en la que bebí de más y tú te aprovechaste para atraparme.

—¡Yo no te atrapé con nada! —gritó ella, con el pecho agitado—. ¡Sabes que siempre te amé! ¡Era tu amiga!

—¿Amiga? —se burló Mariano con una risa seca y sin gracia—. Eras la muchacha patética que me grababa las clases de la escuela. La que me miraba con ojos de perrito abandonado mientras yo intentaba reconquistar a Eleonora. Sabías perfectamente lo que hacías esa noche. ¡Te embarazaste a propósito para amarrarme a ti!

—¡Eso es mentira!

—No es mentira, ¡es la verdad que te niegas a aceptar! —bramó Mariano, con la voz resonando por la amplia sala—. Estoy atado a ti por culpa de Killian. Te doy una vida de lujo, te pago las cuentas, te doy un techo que jamás tendrías trabajando en tu empleo mediocre. Pero no me pidas que te desee como mujer. Eleonora es la mujer de mi vida. Es a ella a quien amo, es a ella a quien deseé esta tarde y es a ella a quien voy a seguir viendo.

Sus palabras eran como cuchillos clavados en el pecho de Priscila, pero lo peor estaba aún por llegar.

Mariano caminó hasta la mesa del comedor, apartó la silla de la cabecera y se sentó. Miró los platos tapados y luego a ella.

—Ahora sírveme la comida —ordenó, con la voz despojada de toda humanidad—. Y deja de lloriquear. Si Killian se despierta por tu escándalo, te juro que mañana mismo te saco de este departamento y dejo al niño al cuidado de una niñera de verdad.

Priscila se quedó inmóvil, sintiendo la mayor humillación de su vida. Miró al hombre que había amado por más de diez años y comprendió que, para él, no era más que una sirvienta. Una intrusa indeseada a la que mantenía encerrada bajo el mismo techo solo para castigarla por existir.

Con las manos temblando sin control y las lágrimas resbalándole silenciosas por el rostro, Priscila fue a la cocina a buscar la fuente de comida.

Mientras servía el plato del marido que olía a su amante, Priscila sintió morir la última chispa de esperanza en su pecho.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play