El amor que nunca olvidó
Un encuentro en la infancia bastó para que Elara Bauman se convirtiera en el recuerdo que Alessandro Vescari jamás pudo abandonar, año tras año la observo de lejos.
Pero años después, el destino vuelve a ponerla en su camino. Él es un hombre poderoso, acostumbrado a conseguir todo lo que desea; ella, una joven independiente que no está dispuesta a dejarse dominar por nadie.
Alessandro está decidido a conquistarla, pero detrás de su mirada intensa y su necesidad de tenerla cerca se esconde un pasado que nunca logró superar. Elara desafiará sus límites, pondrá a prueba su paciencia y despertará sentimientos que él creía imposibles de controlar.
Entre secretos, tensión, celos y una atracción difícil de ignorar, ambos descubrirán que reencontrarse no significa tener una segunda oportunidad garantizada.
Él llevaba años esperándola. Ella jamás imaginó ser el centro de su mundo. Pero ¿podrá el hombre que siempre quiso tenerlo todo aprender a amar sin poseer, y la mujer que teme perder su libertad atreverse a entregarle el corazón.
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La noticia
Alessandro llevaba casi una hora intentando comunicarse con Elara. Había enviado dos mensajes y realizado una llamada que terminó directamente en el buzón de voz. No era la primera vez que ella tardaba en responderle, pero aquella mañana la ausencia de noticias le resultaba especialmente irritante. Desde hacía semanas percibía una distancia que no conseguía comprender y, aunque había intentado convencerse de que solo necesitaba tiempo, la posibilidad de que Elara estuviera tomando una decisión sin incluirlo comenzaba a inquietarlo más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Decidió visitar a sus padres. Necesitaba hablar con alguien que conociera a Elara desde antes de que él se atreviera a acercarse, aunque no pensaba admitir que buscaba orientación. Encontró a su madre en la sala, revisando unos documentos, mientras su padre conversaba por teléfono en el despacho. Alessandro apenas había cruzado el vestíbulo cuando escuchó el nombre de Elara en una conversación que su madre mantenía con una conocida. No pretendía escuchar a escondidas, pero una frase lo detuvo en seco.
—Sí, ya se fue. Su vuelo salió esta mañana. Es una excelente oportunidad para ella, y estoy segura de que le irá muy bien durante este año.
Alessandro se quedó inmóvil. Por un instante, creyó haber entendido mal. Entró en la sala con el rostro endurecido y esperó a que su madre terminara la llamada. Cuando ella dejó el teléfono sobre la mesa, él preguntó dónde estaba Elara. Su madre lo miró en silencio, y esa pausa fue suficiente para confirmar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué significa que se fue?
—Aceptaron su solicitud para un intercambio académico. Se marchó esta mañana.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Un año, Alessandro.
La respuesta le provocó una mezcla de incredulidad y enojo. Un año era demasiado tiempo para alguien que apenas había conseguido recuperar un lugar en la vida de Elara. Quiso saber cuándo se había enterado su madre, por qué no se lo había contado y cómo había podido permitir que la joven se marchara sin siquiera avisarle. Su madre escuchó cada pregunta sin interrumpirlo, hasta que él terminó caminando de un extremo a otro de la sala.
—No me correspondía anunciar una decisión que era suya —respondió finalmente—. Elara decidió hacerlo de esta forma, la esposa del rector de la Universidad me dio la noticia, sabes que Clarissa y yo somos buenas amigas, no quería que te enteraras de esta forma hijo.
—No lo entiendo madre, pudo haber hablado conmigo.
—Pudo haberlo hecho, pero eligió no hacerlo. Necesitas preguntarte por qué.
Alessandro apretó la mandíbula. Aquellas palabras le parecieron injustas, aunque una parte de él sabía que no podía exigirle una explicación sin reconocer primero todo lo que había hecho para inquietarla. Había confundido protegerla con decidir por ella, y su necesidad de mantenerla cerca había terminado convirtiéndose en otra razón para alejarla.
Su padre apareció en la puerta del despacho, atraído por el tono de la conversación. Al conocer la noticia, no pareció sorprendido. Le dijo a Alessandro que Elara merecía construir su propio futuro y que, si realmente deseaba formar parte de él, tendría que aprender a respetar las decisiones que no pudiera controlar.
—¿Y se supone que debo quedarme aquí esperando? —preguntó Alessandro.
—Se supone que debes decidir qué clase de hombre quieres ser cuando vuelva —contestó su madre.
Alessandro no respondió. Sacó el teléfono y abrió la conversación con Elara. Su último mensaje seguía sin respuesta. Por primera vez, comprendió que no estaba enfrentándose a una rival ni a una intriga ajena: ella simplemente había elegido marcharse.
Y él acababa de descubrir que podía perderla sin que nadie se la arrebatara.