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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

NovelToon tiene autorización de Senja para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16. Preocupado por su esposa

Poco después, sus pasos se detuvieron frente a una galería inmobiliaria exclusiva que exhibía maquetas de mansiones de altísimo nivel. Solo el diseño interior de la galería ya gritaba la palabra "caro".

Un asesor de ventas las recibió de inmediato. Al principio, sus ojos dudaron un poco al ver a dos mujeres con las manos llenas de bolsas de compras, pero aun así sonrió con amabilidad.

—Buenas tardes, señorita. ¿En qué puedo ayudarlas? ¿Buscan referencias de vivienda?

—No busco referencias. Quiero ver una casa lista para habitar. Disponible hoy mismo —dijo Renata.

El asesor se sorprendió un poco.

—Ah, muy bien, señorita. ¿En qué rango de presupuesto está buscando?

Vanesa intervino enseguida desde atrás, sintiéndose un poco cohibida.

—Eh, disculpe, en realidad solo queremos ver los modelos primero...

Antes de que Vanesa terminara la frase, se oyó un leve golpe sobre la mesa de vidrio.

Renata se adelantó y sacó una tarjeta de crédito exclusiva, de esas que solo poseen un puñado de magnates, y la colocó con elegancia sobre la mesa.

—No me gusta perder mi tiempo. Muéstreme la mejor casa que tengan. Considere que el presupuesto es ilimitado —dijo Renata con calma.

Los ojos del asesor de ventas se abrieron por completo al ver aquella tarjeta de élite frente a él. Su actitud cambió al instante ciento ochenta grados, volviéndose mucho más respetuosa y un poco temblorosa.

—¡C-claro, señorita! Por favor, pasen a la sala VIP. ¡Les traigo nuestro catálogo premium y algo de tomar!

En apenas unos minutos, varios folletos gruesos con mansiones deslumbrantes llenaron la mesa de vidrio frente a Renata.

A diferencia de los nuevos ricos que suelen señalar sin más la casa más cara y más grande, Renata lo revisó todo con muchísimo detalle. No se fijaba solo en el precio. Pasaba las páginas de un lado a otro, analizando con mirada aguda.

Vanesa, sentada a su lado, bebía a sorbos su té de manzanilla mientras observaba a su amiga con una admiración que no se molestó en ocultar.

—De verdad cambiaste, Rena. Ahora pareces toda una directora ejecutiva —la elogió Vanesa con sinceridad.

Renata asintió despacio, sin apartar la mirada del folleto.

—Antes usaba el cerebro solo para pensar cómo dejar impecable la ropa de Adrián, qué darle de desayunar y cómo hacerlo feliz.

Pasó una página más.

—Ahora me di cuenta. Tengo que usar mi cabeza para asegurar que mi propio futuro esté a salvo.

De pronto, su mirada se congeló. El dedo se le detuvo sobre el papel. Los ojos se le clavaron en la foto de una casa de estilo tropical moderno, con un amplio jardín de césped.

No era una casa demasiado grande ni arrogante como la residencia de la familia de Adrián. Pero, aun en la foto, aquella casa irradiaba un aura cálida. Y lo más importante: quedaba a decenas de kilómetros, lejísimos del alcance de la familia de Adrián.

—Esta.

Renata señaló el folleto con la punta del índice. Su voz sonó rotunda, sin el menor asomo de duda.

—Es preciosa —murmuró Renata. Los ojos se le suavizaron al mirar la imagen de la casa—. Cuando de verdad tenga que irme de esa casa...

Renata tragó saliva, imaginándose sentada en la terraza de esta nueva casa, tomando té a solas.

—Quiero empezar una vida nueva en un lugar como este.

En ese mismo instante, por enésima vez, el celular dentro de su bolso volvió a vibrar sin parar. La vibración hasta se oía sobre la mesa. El nombre de Adrián llenaba de nuevo la pantalla, exigiendo su atención.

Renata apenas le echó un vistazo a la pantalla. Ya no había pánico. Ya no había un corazón desbocado de miedo. Entonces, con una sonrisa fina y letal, tomó el celular y presionó un solo botón.

Bloqueo temporal.

La pantalla se apagó al instante. La vibración cesó de golpe. Silencio. Paz.

Renata dejó el celular boca abajo y miró alternativamente a Vanesa y al asesor con una sonrisa de triunfo.

—A partir de hoy, quien decida mi vida, mi felicidad o mi tristeza, mi casa o la calle, ya no va a ser Adrián —murmuró en voz baja.

* * *

—¿Me bloqueó? —Adrián miraba la pantalla de su celular con los ojos desorbitados, como si aquel sofisticado aparatito lo acabara de traicionar.

Presionó el botón de llamada una vez más y se pegó el celular a la oreja con la respiración agitada. Pero, en lugar del tono de espera, volvió a oír la fría voz del operador.

—¡Maldita sea! —maldijo Adrián con la mandíbula tensa.

Con la rabia ya desbordada hasta la coronilla, lanzó el celular carísimo contra el sofá con brusquedad.

Luego, el hombre se dejó caer, apoyando la espalda rígida mientras se masajeaba la sien, que le latía con fuerza. Un día entero en la oficina y no había logrado concentrarse en nada. No solo por la ráfaga incesante de notificaciones de cargos en la tarjeta de crédito, con montos descomunales, sino también por la actitud de Renata, que escapaba por completo a toda lógica.

La mujer que durante tres años siempre había agachado la cabeza sumisa ante él, hoy se atrevía a ignorarlo.

¡Es más, se atrevía a bloquearle el número!

—Amor... —una voz suave y melosa interrumpió los pensamientos de Adrián.

Priscila, con un camisón que marcaba las curvas de su cuerpo, se acercó caminando. El dulce aroma de su perfume de rosas se esparció cuando la mujer se paró justo detrás del sofá. Con sus dedos finos y bien cuidados, Priscila empezó a masajearle despacio los hombros tensos a Adrián.

—¿Qué te pasa? Recién llegas del trabajo y ya estás furioso y azotando el celular.

Adrián soltó un largo suspiro, tratando de calmar la rabia. Su mirada recorrió toda la sala vacía.

—¿Renata todavía no llega? —preguntó con frialdad.

Aquella pregunta breve hizo que la mano de Priscila se detuviera al instante. La dulce sonrisa de su rostro se borró de golpe, reemplazada por la decepción. El pecho se le apretó de repente y le ardió.

Desde que Adrián había cruzado la puerta de la casa, no era un abrazo ni un beso para Priscila lo que el hombre buscaba. Sino la presencia de Renata.

—Todavía no, amor —respondió Priscila en voz baja. Rodeó el sofá y se sentó al lado de Adrián, mirándolo con una expresión herida—. Además, ¿tan preocupado estás por Renata como para ponerte así de irritable?

Adrián se pasó la mano por la cara con brusquedad y se revolvió el cabello, que empezaba a desordenarse.

—Sí. Muy preocupado.

Priscila se mordió con fuerza el labio inferior, conteniendo el sollozo. La respuesta honesta de Adrián se le clavó como un puñal invisible directo en la boca del estómago.

La preocupación de Adrián no tenía nada que ver con el miedo a perder a su esposa. Sino con su tarjeta de crédito, que en manos de Renata a saber cuántos miles más se habría gastado por ahí.

—¡Bah! ¿Preocupado de qué? —soltó Sara desde el comedor. La mujer entrada en años se acercó a ellos con una taza de té caliente en la mano.

—Deja en paz a esa desagradecida. No es más que una pueblerina que de repente tiene mucho dinero en las manos. Si anda por ahí divirtiéndose y despilfarrando tu fortuna, seguro se le olvida el camino de vuelta a casa y hasta se olvida de su marido.

Sara se sentó en el sillón individual frente a Adrián, cruzando los brazos sobre el pecho con arrogancia.

—Ya te lo he dicho un montón de veces, Adrián. ¡Divórciate de Renata de una vez! ¿Para qué sigues manteniendo en esta casa a una parásita como ella?

Adrián levantó la cabeza, que sentía pesada.

—El divorcio no es tan fácil como voltear la palma de la mano, mamá.

—¿¡Por qué no!? ¡Esa mujer cambió por completo! Una malcriada. Se atreve a plantarles cara a sus mayores. Y hoy hasta se atreve a dejarte sin plata. ¿Y todavía defiendes a una mujer así?

Adrián negó despacio con la cabeza.

—No estoy defendiendo a Renata.

—¡¿Y entonces cómo se llama eso si no es defenderla?!

Adrián miró alternativamente a su madre y a Priscila.

—La verdad es que no tengo la menor intención de divorciarme de Renata.

Aquella declaración cayó como un rayo en pleno día. Priscila abrió los ojos de par en par, con el cuerpo temblando.

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