Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Los Primeros Días de Franco Valero Del Prado.
Franco Valero Del Prado tenía 7 días y ya era más famoso que su padre en Montalcino.
Desde el 10 de enero que nació, los regalos no dejaban de llegar a la villa Valero. No paraban.
La camioneta del correo subía todos los días por el camino de tierra nevado. La Signora Rossi de la farmacia mandó 20 pañales y una mantita tejida a mano. El alcalde mandó un jamón entero. Los productores de Brunello de todo el valle mandaron botellas que decían "Para cuando Franco tenga 18". Giulia, que no podía tener hijos, llegó con el carro lleno: cuna de madera, ropa de bebé hasta para 2 años, zapatitos de cuero chiquititos hechos en Arezzo.
La cocina de la villa de 4 pisos parecía tienda. Cajas por todos lados. Ositos. Mantas. Botellas de "Luna di Isabella" que Franco grande había guardado para regalar.
Isabella estaba en el sillón grande frente a la chimenea, todo el día, con Franco chiquito en brazos. Con su vestido grande de maternidad todavía, con el pelo rizado más desordenado que nunca porque no dormía, con ojeras pero con sonrisa de madre nueva. No dejaba que nadie lo cargara mucho tiempo. Solo un ratito.
Pietro estaba peor. Peor de celoso y posesivo que nunca, pero ahora de papá.
—Un minuto cada uno — decía en la sala, con Franco chiquito en brazos, caminando de un lado a otro —. Un minuto y me lo devuelven. Tiene frío. Tiene hambre. Tiene sueño. ¿Se lavaron las manos?
Isabella se reía.
—Pietro, es tu hijo, no una barrica de vino de 100 mil euros.
—Es más valioso que todas las barricas — decía él.
El niño era la viva figura de su padre con esos ojos marrones claros, claros como la miel, como los de Pietro cuando tenía 5 años según las fotos de Franco grande. Y el pelo rizado de su madre, negro, mucho pelo, rizado chiquito, pegado a la cabeza, que ya se le paraba para todos lados. Y su piel blanca como la nieve de enero que caía afuera sobre el viñedo. Blanco nieve. Como Isabella cuando llegó a Montalcino con frío en enero del año pasado.
A los 10 días, Franco grande dijo:
—Hay que hacer fiesta. Una gran fiesta. Como se hace con el primer nieto Valero. Invito a todos. Hasta los más cercanos del pueblo. Hasta los que no me caen bien.
Isabella se asustó.
—Franco, papá, el bebé tiene 10 días, hace frío...
—Por eso adentro — dijo Franco —. En la bodega. Con chimenea. Con calefacción. Con vino. Con comida peruana para mi nuera . Fiesta grande.
Y el 20 de enero, a las 5 de la tarde, con nieve todavía, con luna casi llena otra vez, la villa Valero se llenó.
Vinieron 60 personas. Todo Montalcino. La bodega de la villa, que normalmente huele a roble y a vino, olía a pan, a guiso, a bebé.
En el centro, una mesa larga con Franco chiquito en su cuna de madera, envuelto en una manta amarilla que le tejió Giulia, dormido, con su pelo rizado asomando, con su piel blanca como la nieve, con sus ojos cerrados pero ya con pestañas largas como su padre.
Todos pasaban a verlo. Uno por uno. En fila. Como si fuera el Papa.
—Es igualito a Pietro — decía una señora.
—No, el pelo es de Isabella — decía otra —. Mira ese rizo. Es peruano ese rizo.
—Es Valero Del Prado — dijo Franco grande, parado al lado de la cuna con una copa de "Luna di Isabella" en la mano, con la felicidad tatuada en el rostro más que nunca, con lágrimas que no se le iban desde que nació —. Tiene los ojos de mi hijo, el pelo de su madre, la piel de la nieve donde nació y el apellido de los dos. Mi Perú y mi Montalcino juntos. Mi primer nieto.
A las 8 de la noche, Pietro se paró al lado de la cuna, con Isabella al lado, con el bebé en brazos ahora, despierto, mirando todo con ojos marrones claros grandes, sin llorar, tranquilo, como si supiera que esa fiesta era para él.
Pietro levantó la copa. Todos se callaron.
—No soy bueno hablando — dijo Pietro, con voz temblante, con su hijo en un brazo y con Isabella agarrada del otro, posesivo, celoso de que nadie se acerque mucho —. Pero hace un año, en esta misma villa, con nieve, llegó una peruana con una maleta, huyendo, con miedo, pensando que no valía nada. Y yo era un dueño de vino aburrido, serio, que no quería casarse. Y ahora miren. Tenemos un hijo. Con ojos míos, pelo de ella, piel de nieve. Y yo tengo a la mujer que me hizo padre. Y mi padre tiene nieto. Y Giulia tiene sobrino aunque ella no pudo tener. Y mi hermano que no quería hijos ahora manda mensaje todos los días preguntando por Franco chiquito.
Se le quebró la voz.
—Así que gracias — dijo —. Gracias a Isabella por darme familia. Gracias a mi padre por enseñarme a hacer vino y ahora a ser abuelo. Y gracias a Franco chiquito por nacer y hacernos más felices que nunca. Este niño no es solo Valero. Es Valero Del Prado. Y va a crecer entre viñedos, entre ceviches, entre nieve y entre mucho amor protector profundo y apasionado. Como el de su padre y su madre.
Todos brindaron. 60 copas arriba.
Isabella lloró. Pero feliz. Porque hacía un año llegó huyendo, sola, y ahora estaba en una fiesta de 60 personas para su hijo, con un hombre bueno, pero serio con otros, que la amaba, con un abuelo que la llamaba hija, con una cuñada que la quería como hermana.
Franco chiquito, de 10 días, con su piel blanca como la nieve, con su pelo rizado de su madre y sus ojos marrones claros de su padre, se quedó dormido en brazos de su papá, mientras afuera seguía cayendo nieve sobre el viñedo que un día iba a ser suyo.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭