Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 3: Maletas y verdades ocultas
El trayecto en el auto de Daniel había sido un borrón de calles y semáforos, pero el sonido de las llaves tintineando en la mano de Alex lo devolvió a la cruda realidad. Estaban parados frente a la puerta del departamento. Su hogar. O lo que quedaba de él.
A Alex le temblaba la mano de una manera humillante. No era capaz de encajar la llave en la cerradura. De repente, una mano cálida y firme se posó sobre la suya, deteniendo el temblor. Alex alzó la vista y se encontró con los ojos verdes de Daniel, fijos en él, transmitiéndole una calma silenciosa que no venía acompañada de ningún chiste esta vez.
—Tranquilo. Estoy justo detrás de ti —susurró Daniel.
Alex asintió, tomó aire y finalmente abrió la puerta.
El departamento estaba en un silencio sepulcral. Camila no estaba, lo cual supuso un alivio inmenso para Alex, aunque el vacío del lugar solo hacía que los recuerdos de la traición flotaran con más fuerza en el aire. Cada rincón le recordaba lo que había perdido. Sin perder tiempo, caminó hacia la habitación principal y sacó una maleta grande del armario. Empezó a meter su ropa a puñados, con una desesperación ciega, queriendo huir de allí lo antes posible
—Oye, calma, vaquero. Si doblas las camisas te va a caber el doble de cosas —escuchó la voz de Daniel desde el umbral.
Daniel entró al cuarto y, con una naturalidad asombrosa, comenzó a ordenar el desastre que Alex estaba haciendo dentro de la maleta. Se movía con tranquilidad, tarareando una melodía bajita, actuando como si desmantelar la vida de su mejor amigo fuera la tarea más cotidiana del mundo.
Alex se detuvo a mirarlo, con una camiseta entre las manos. Llevaba puesta una sudadera de Daniel que le quedaba un poco grande, y el aroma a limpio de su amigo lo envolvía por completo. Observó cómo las manos de Daniel acomodaban con cuidado sus pertenencias. En ese momento, una oleada de lucidez golpeó a Alex
Daniel siempre estaba ahí. Cuando se mudó, Daniel cargó las cajas más pesadas. Cuando discutía con Camila, Daniel lo escuchaba durante horas en el teléfono. Y ahora, cuando su vida se caía a pedazos, Daniel se ponía un escudo de bromas y se convertía en su guardaespaldas sin pedir nada a cambio.
—Dani... —dijo Alex, con la voz apenas en un susurro.
—¿Qué pasa? ¿Te diste cuenta de que tus gustos de moda son un crimen y por eso me miras con cara de tragedia? —bromeó Daniel sin levantar la vista de la maleta, aunque Alex notó que sus hombros se tensaban un poco.
—Hablo en serio —Alex dio un paso hacia él, obligando a Daniel a dejar lo que estaba haciendo y a mirarlo—. ¿Por qué haces tanto por mí? Sé que eres mi amigo, pero... anoche me sostuviste toda la madrugada. Hoy me cocinaste, me hiciste reír cuando quería morirme y ahora estás aquí, empacando mi ropa. Nadie haría todo esto.
Daniel se quedó completamente inmóvil. La distancia entre los dos se redujo a nada. Alex pudo ver cómo los ojos de Daniel brillaban con una intensidad oculta, una mezcla de dolor, frustración y algo mucho más profundo que nunca antes había sido capaz de descifrar. La respiración de Daniel se volvió un poco más pesada, y por primera vez en todo el día, no tenía ninguna respuesta rápida ni ningún chiste malo bajo la manga.
Alex sintió un latido violento en su propio pecho. Al estar tan cerca, con la tensión del ambiente flotando entre ellos, una sospecha que jamás se había atrevido a formular comenzó a cobrar sentido en su mente. La forma en que Daniel lo miraba no era la de un simple amigo.
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A Daniel se le congeló la sangre en las venas. Las palabras de Alex se quedaron flotando en el aire de la habitación, pesadas, directas, derribando de un solo golpe la distancia de seguridad que él tanto se había esmerado en construir.
Al mirar a Alex a los ojos, Daniel sintió un pánico ciego. Por un segundo terrible, pensó que estaba completamente expuesto. ¿Se le notaba tanto? ¿Acaso sus manos habían sido demasiado ansiosas al abrazarlo anoche, o sus ojos demasiado obvios al mirarlo en la cocina? El corazón le martilleaba el pecho con tanta fuerza que estaba seguro de que Alex podía escucharlo. La tentación de dejar caer la maleta, tomar a Alex por los hombros y confesarle que llevaba años muriéndose por él estuvo a punto de ganarle la batalla.
Pero entonces, vio la sudadera que Alex llevaba puesta. Su propia sudadera, que le quedaba enorme y acentuaba lo frágil que se encontraba en ese momento.
«No seas egoísta, Daniel», se abofeteó mentalmente. «Tiene el corazón roto, acaba de descubrir una infidelidad. Lo último que necesita es que su mejor amigo le confiese un amor secreto y le arruine la única zona segura que le queda»
Daniel obligó a sus músculos a relajarse. Forzó una de sus típicas risotadas ligeras y dio un paso atrás, rompiendo la intensa cercanía física antes de que el aire se volviera demasiado espeso para respirar.
—Vaya, Al, no sabía que veníamos a empacar ropa y a ponernos filosóficos —dijo Daniel, agitando una mano en el aire como si le restara importancia al asunto—. ¿Por qué lo hago? Por favor, la respuesta es obvia. Lo hago porque somos amigos. Mejores amigos, de hecho. Y los mejores amigos hacen estas cosas, ¿no? Además, si no te cuido yo, ¿quién va a asegurarse de que no combines camisas de rayas con pantalones de cuadros? Alguien tiene que proteger al mundo de tus crímenes de moda.
Alex lo miró, parpadeando, un poco desconcertado por el repentino cambio de energía, pero Daniel no le dio tiempo de replicar. Dio un paso adelante y le dio un empujón amistoso en el hombro, manteniendo la sonrisa perfectamente ensayada en su rostro.
—Aparte, no te hagas el santo. Estoy completamente seguro de que si la situación fuera al revés, tú harías exactamente lo mismo por mí —continuó Daniel, cruzándose de brazos con aire desafiante—. Si a mí me rompieran el corazón —lo cual es imposible, porque soy irresistible—, sé que me dejarías llorar en tu cuarto, me prepararías panqueques quemados y vendrías a rescatar mis preciosas pertenencias de las garras de mi ex. ¿O me equivoco? ¿Me vas a decir ahora que me dejarías tirado en la calle?
Alex guardó silencio por un instante, procesando las palabras de Daniel. Poco a poco, la sospecha que había comenzado a formarse en sus ojos se fue disipando, reemplazada por la familiar comodidad de siempre. Alex soltó un suspiro largo, y la tensión abandonó sus hombros por completo.
—No, claro que no te dejaría tirado —respondió Alex con una sonrisa pequeña pero sincera—. Tienes razón. Haría lo mismo por ti.
—¡Exacto! —exclamó Daniel, dando una palmada exagerada mientras daba la vuelta para seguir acomodando la ropa en la maleta, ocultando el doloroso suspiro de alivio que amenazaba con escapársele—. Así que deja de mirarme como si fuera un héroe de película dramática y pásame esos zapatos de ahí. El servicio de guardaespaldas VIP no trabaja todo el día gratis, y ya tengo hambre otra vez.
Daniel siguió empacando, sintiendo un sabor agridulce en la boca. Había salvado la situación. Su secreto seguía a salvo, oculto detrás de la etiqueta de "mejores amigos". Había logrado calmar a Alex, pero a cambio, se había condenado a sí mismo a seguir encerrado en esa hermosa y dolorosa mentira.